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EL DÍA DESPUÉS

A Pedro Delgado le robaron el 'maillot' amarillo en la fiesta del Tour, en el Lido de París

Pedro Delgado perdió definitivamente su maillot amarillo en París, pero no en los Campos Elíseos, sino un poco después, en el popular Lido, una de las salas de variedades clásicas de París. Alguien no identificado se quedó con el maillot tras posar el corredor español para los fotógrafos junto a las escultarales vedettes. Delgado terminó su celebración a muy altas horas de la madrugada. Fue una jornada festiva y fundamentalmente tumultuosa. Algunos miembros del equipo Reynolds terminaron indignados por el robo. "Ha sido el maitre", concluyó convencido un mecánico del equipo. Pero el asunto no adquirió mayor gravedad.

La fiesta empezó con un desfile en los Campos Elíseos, con el corredor portando una bandera española, y acompañado a su derecha por el director del Reynolds, José Miguel Echávarri, quien decidió desfilar también en bicicleta. Luego algunas visitas protocolarias, entre ellas una a la Alcaldía de París. Terminó todo con menos tumulto, en una pequeña desbandada hacia las tres de la madrugada en el Lido de París, con Delgado visiblemente cansado de tanto agasajo y los miembros del Reynolds intentando averiguar quién se había quedado el maillot amarillo. Todos estaban convencidos de que había sido el maitre, y ante la mera insinuación de que algún empleado del Lido hubiera hurtado el objeto, un bailarín de la compañía salió en airada defensa: "¿Y para qué queremos nosotros un maillot?. Para bailar desde luego no, porque es horrible. ¿Para ir por la calle?, ¿es que vamos a ir por la calle con un maillot?". "Es increíble", decía Juan Barberana, patrón del Reynolds, al que Delgado le había dado el maillot en cuestión, uno de los regalos que más valor podía tener.El día, de todas formas, resultó tumultuoso, con exceso de improvisación. La embajada española en París había anunciado una recepción en su sede y había comunicado al equipo Reynolds que no se preocupara de nada, que se ocupaban de todo. Los canapés se agotaron enseguida, entre otras cosas porque la recepción resultó abierta a todo el mundo y, entre los aficionados segovianos y los empleados de TVE, la embajada se convirtió en un estudio televisivo donde Delgado era el protagonista principal y la multitud hacía el papel de decorado, aplaudía cuando había que aplaudir. Las cámaras de televisión, los fotógrafos, los focos, provocaron una confusión no exenta de tensión en algunos instantes, cuando los aficionados, que inicialmente permanecían en el jardín de la embajada, protestaron porque los de TVE se llevaban al corredor. Hubo algún que otro grito, insultos, alguna llamada a la correción. "Señores, aquí hay ministros, hay altas personalidades...".

'Souvenir'

Pero el control se fue diluyendo en cuanto los aficionados pasaron del jardín al interior del edificio, en cuanto se acabó la cerveza, el vino y el zumo de naranja. Los aficionados, ante la imposibilidad de tocar a Perico Delgado, optaron por llevarse recuerdos. Algunos estaban más o menos contentos; querían fotos con los demás corredores del Reynolds, fotos con el ministro Solana -"oiga, que yo soy del partido", advirtió un forofo delgadista-. Fotos, también, con el señor embajador, Durán Lóriga. Y fotos, una foto por favor, con la hija del embajador, tan escultural como las vedettes del Lido. "Queremos una foto con la hija del embajador", dijeron unos jóvenes. "Es un souvenir". Y la hija del embajador posó para el souvenir. Un empleado de la embajada estaba visiblemente preocupado ante lo que estaba sucediendo "...las alfombras, los tresillos...", había vasos por todas partes, colillas, restos de canapé; había un montón de cables de los de televisión, que llegaron a provocar varias pérdidas de equilibrio. En una de esas, un cámara cayó fulminado al suelo, víctima de una zancadilla. Y Delgado que no se enteraba de nada.

TVE había preparado una tarta para celebrar en directo el acontecimiento. El protagonista, Delgado, era el encargado de partirla. "Estamos en directo. Delgado va a partir la tarta". Pero Delgado no podía. Nadie encontraba el cuchillo. No había cuchillo. Así que se improvisó una servilleta para tapar la mano del corredor y que pareciese ante las cámaras que estaba cortando la tarta. El tumulto se apoderó del acontecimiento.

Tanto, que, con los canapés agotados y el personal buscando ministros o sucedáneos para hacerse fotos -hasta los periodistas de televisión firmaban también autógrafos, derecho tienen a ello-, los corredores empezaron a sentir hambre. "Bueno, hay cena o no hay cena", dijo el más nervioso. "Espérate a ver", contestaba un mecánico cumpliendo con su oficio, estando pendiente de la intendencia, "me voy a enterar de si dan cena o no". Pero, no, en la embajada no daban cena y el Reynolds no había encargado cena. Así que fueron organizando al pelotón, como si estuvieran en plena etapa, para ir a cenar. Parece ser que encontraron un local próximo a la embajada.

El Lido

Las mujeres de los corredores asistieron al acto, presenciaron el tumulto. Pero no parecían estar preocupadas por la gente sino por lo flacos que se habían quedado sus maridos, que llevaban por cierto, el traje que usaron en la presentación del equipo, allá por el mes de diciembre. Quedaba claro que el traje se les había quedado muy grande a todos: la temporada dejaba sus secuelas de esa forma tan singular. La mujer de Javier Lukín parecía preocupada: "Fíjate como se me ha quedado el pobre". Lukín es el único corredor del mundo que en 1988 ha corrido las tres grandes carreras, la Vuelta, el Giro y el Tour. "Aquí está, éste es Super-Lukin", decían sus compañeros.

Tras la cena, el Lido, espectáculo incluido. Delgado llegó tarde, tan tarde que frustró los planes de la televisión francesa la TF1, que quería transmitir en directo, aprovechando el Telediario, la llegada del líder a su tradicional cita con el Lido.

A su llegada, algún invitado comentó un detalle estético Hace un año, el irlandés Stepehn Roche dio realce al asunto vistiendo smoking para la ocasión. Delgado no lo hizo; llevaba un pantalón y un polo color blanco Estaba claro que el protocolo había fallado. Luego vinieron las fotos, las vedettes y el robo del maillot amarillo. Al final, ganó el tumulto.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 26 de julio de 1988

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