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Retrato de un médico judío

DOMINGO GARCIA-SABELL

Conocí al doctor Hermann Zondek hace muchos años, en Berlín, en mi época de estudiante. Era un profesor joven, jovencísimo, ágil, inquieto y lúcido, que explicaba los problemas de la endocrinología con brillantez, entusiasmo e infinita claridad. Por la década de los treinta perdí su huella. Vino la guerra mundial. Como era judío, y judío notable, pensé que había sido sacrificado por los nazis. Hasta que hace poco, y merced a los buenos oficios del profesor Natanel Lorch, pude hacerme con su libro de memorias, rareza bibliográfica, joya bibliográfica, cuya lectura removió en mí muchos recuerdos y muy positivas emociones. Con ello, mi admiración y mi respeto hacia la gran figura -fue médico, entre otras muchas personalidades, de Einstein, Furtwängler, Stresemann, Schleider y el canciller del Reich, Hermann Müller- creció considerablemente.Despojado de su puesto hospitalario, huyó al extranjero y sentó sus reales en Manchester. Seguía siendo el clínico excepcional y triunfador, como ya lo fuera en su patria, Alemania. Mas de pronto sintió la llamada de la tierra de sus antepasados y en 1934 emigró a Israel. Allí, en Jerusalén, dirigió otro hospital. Pero ahora ya no en medio de las comodidades y las facilidades propias de su trabajo, sino entre miserias, peligros y dolencias sin cuento. Pero era su tierra-madre. Era la magna mater, la Grossmutter, siempre añorada y siempre, quizá, olvidada. "Por fin estoy en casa". Esto es lo que, a mi modo de ver, define de manera radical el impulso que dirigió sus pasos en el último avatar de su existencia. "En casa", esto es, en el hogar de los mayores, en el hogar de la memoria colectiva. En el ansia oída una y otra vez: "¡El año próximo, en Jerusalén!".

Porque lo notable de este sabio, de este fervoroso practicante de la medicina científico-natural, de la medicina positiva, en la que llevó a cabo algunos descubrimientos sensacionales, lo notable fue, digo, su inquietud metafísica, su ansia de explicaciones totalizadoras, su aceptación de realidades no positivas, no objetivables. En una palabra, su profunda veta religiosa. La ciencia le llevó a la metafísica, y ésta, a la vivencia trascendente. Así, una tarde, le es dado asistir a una experiencia de His, en la que se observaban los movimientos de un trozo de miocardio embrionario de gallina que no poseía ningún elemento neural capaz de explicar las espontáneas y rítmicas contracciones y relajaciones. El investigador hacía ver cómo aquellas fibrillas musculares no necesitaban de ningún estímulo externo para entrar en actividad natural y bien acompasada. Todo lo que ocurre en la Naturaleza acontece cuando le llega su tiempo. Sí, sin duda. Pero, apostilla Zondek: "¿Quién coloca el reloj?".

Aquí asoma ese deseo de explicación radical, de entendimiento en profundidad, que, según yo pienso, es tan típico de la mentalidad judía. Y que puede resultar genial en la cabeza de un Einstein, o que puede resultar problemático, dramáticamente problemático, en la mente de un Freud. O que puede, incluso, derivar hacia absolutismos absurdos si, como suele acontecer, se intenta explicar todo el universo mundo, y todos sus secretos, a favor de una sola causa, a favor de lo que pretende explicarlo todo y, por su propio exceso, no explica nada. Recordemos la frase de un célebre médico que en una obra importante sobre las enfermedades alérgicas afirmaba que "la alergia es una nueva concepción médica del mundo". Así. Ni más ni menos. En esta desmesura no cayó nunca el gran Zondek. Su distorsión, su desmesura, le venía de otra zona. No arrancaba del laboratorio y sí de los hondones más escondidos del propio espíritu. Esos hondones le habían llevado a Israel, a padecer y a colaborar. Esos hondones eran las bóvedas en las que aún resonaban los cantos rituales de la infancia. "Cuando en mí se reproducen", escribe el investigador, "un algo escondido me toma de la mano y me lleva a la sinagoga". El afán de conocimiento se disuelve en ansia de comunicación inefable con lo que está más allá de nosotros mismos. Y por eso podrá decir en las páginas finales de sus memorias: "Durante toda mi vida yo he sido un buscador de Dios (ein Gottsucher)".

Por eso Martin Buber, al que atendió como médico y del que fue amigo en Jerusalén, le calificó como un iluso realista (ein Realphantasten). ¿Qué quería decir con esto el ilustre filósofo? Sencillamente, que por las venas de Zondek circulaba, sutil y eficaz, la luz inquiridora de la intuición. La razón lo puede todo y los pensamientos quedan siempre sometidos a su dominio. Pero para el gran clínico hay un paso previo: el de la oscuridad de la nada a la luz del día. Y eso es oficio de algo así como una fuente mística que arranca de la esfera de lo inconsciente. Una fuerza oculta a la que llamamos, cómo no, intuición. El gran cirujano Billroth decía, a finales del siglo pasado, cosas parecidas. Y así las hacía constar en una carta a su amigo Johannes Brahms: "La ciencia y el arte brotan de la misma fuente". Otro rasgo espiritual bien judío. Otra manera de aproximarse a lo indecible desde los terrenos de lo decible. Otro anhelo de universalidad desde límites y fronteras muy específicas. Los límites y las fronteras que el alma israelí circunscribe y de los que no le es posible zafarse. Los horizontes que constituyen su grandeza y su debilidad. Porque una cosa es cierta, a saber: la angustia de este pueblo ante la amenaza de ver diluirse, de perder su propia consistencia cultural. Que es lo suyo más cuItural. Que es lo suyo más suyo. Lo decisivo. Lo justificador. Y, en suma, lo que permanece. Se ha hablado mucho del rostro quejumbroso de los judíos. De lo que otro israelí, Saul Bellow, quiso suprimir: "Ese arte judío de las lágrimas" ("This Jewish art of tears must be suppressed"). Pero, en cambio, apenas se subraya esta veta de adhesión a lo oscuro en el hombre para extraer de ella la sustancia de lo auténtico. Para indagar en lo que posee perfil y volumen inamovibles. Y de esto, sin duda de esto, surgen los grandes hallazgos judíos, sus conquistas espirituales, su permanencia cultural. En suma, su propia afirmación. Siempre el judío anda a la busca de su originalidad con la pretensión de insertarla en la originalidad de los demás. Mas para ello es menester, antes de nada, afirmarse a sí mismo, cobrar presencia de suyo. Aposentar la personalidad. Hay un relato hassídico que a Zondek le impresionó enormemente. El rabí Sussja, al aproximarse su fin, dijo: "En el otro mundo no van a preguntarme: ¿por qué no has sido un Moisés?, sino esto otro: ¿por qué no has sido Sussja?". Pues bien, a la erripresa de buscarse a sí mismo dedicó Hermann Zondek, uno de los grandes maestros de la medicina de Occidente, toda su vida. Los descubrimientos científicos no le bastaron. Tampoco los éxitos médicos. Ni la fama ni la fortuna tuvieron fuerza suficiente para deformar su humana figura, pues lo que a él le importaba era otra cosa. ¿Qué cosa? La de realizarse a sí mismo mediante la obediencia a una fuerza víva y oculta que todo lo forma y todo lo ordena. Una fuerza que en el estrépito y en las tormentas de la existencia nos recubren con su paz.Y por eso las palabras finales del libro resultan de un patetismo contenido y avasallador -¿dónde queda el arte judío de las lágrimas?- en su sencilez y en su elegancia: "Así, estas notas desembocan en lo religioso. Terminan como empezaron. En definitiva, me he convertido en una especie de teólogo, en un sedicente teólogo biológizador. El círculo se ha cerrado".

Su libro, que comento muy levemente, fue comenzado cuando el autor tenía 80 años; al rematarlo andaba por los 85. Había nacido en Wronke, pequeña ciudad al oeste de Posen. En el bosque vecino se tornó Zondek piadoso. Después, los cantos litúrgicos continuaron resonando en su alma inquieta y siempre insatisfecha. Hasta que la muerte los enmudeció para siempre. En sus memorias, en las memorias del anciano investigador, se nos aparece la gran figura médica en toda su heroica simplicidad, en su honesta procura del fundainento.

Cuando llevó a cabo el regreso a la tierra de las raíces, cuando realizé lo que los judíos llaman su alyah, cayó en la cuenta de que pisaba firme -y ése es el título del libro-. Pisaba firme, esto es, había descubierto su verdadera consistencia. Su sí mismo. Era un gran sabio. Era un gran clínico. Era, en suma, un gran ayudador. Mas ahora la ayuda le venía a él desde el humus nutricio y maternal del paisaje de sus mayores. Una ayuda que se sitúa más allá de las palabras. En la espalda de las palabras.

La ayuda esencial.

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