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Tribuna:

La marca

Una de las ventajas de las campañas electorales es que por fin te enteras de las marcas comerciales que usan los políticos en celo presidencial. Y eso es una excelente fuente de información, acaso la más delatora. Que Suárez tome Nolotil con Ducados y tortilla francesa, que Iglesias odie las aspirinas y fume Boncalo, que Carrillo sea adicto al Peter Stuyvesant, que Fraga beba en cada comida medio vaso de Marqués, que Roca le dé a la Fanta, que Anguita redacte con punta Bic obras teatrales sobre mayo del 68 o que Garrigues Walker componga odas al silencio a la luz de una lámpara Richard Sapper, son detalles narrativos que dicen muchas más cosas que 100 mítines volando.Pero este exceso de información comercial es privilegio de los tiempos electorales. Lo decente en este país de consumo desmadrado es ocultar la marca con pudor, obsceno. Tenemos la Televisión pública con más anuncios por hora del mundo, pero cuando llegan a tu casa los chicos de Calviño para filmar algo cotidiano, íntimo y tal, ocultan inmediatamente la botella de Ballantine's, las latas de Coca Cola, los Partagás, el frasco de Micebrina y los restos de los viejos optalidones Sandof, le ponen un esparadrapo a la manzana del Apple y ordenan que cambies de ropa si exhibes el triángulo de Hechter, la corona de Adidas, el sello de Privata, el nudo de Amarras, incluso el muy superado cocodrilo Lacoste. Y cuando ya estás desnudo de marcas, desmarcado, te exigen naturalidad ante las cámaras. Sin entender que la naturalidad de hoy es sencillamente tu personal combinación de marcas. La española es la única cultura del mundo en la que te fusilan si escribes árbol o flor y te premian si son tamarindos o nenúfares, aunque en tu puta vida hayas visto tal leguminosa o la absurda ninceácea, pero en la que todavía es intolerable escribir, incluso en los periódicos, que los personajes fuman Camel, beben Dyc, consultan Rolex, apestan a Agua Brava, se colorean de Benetton, duermen con Valium, decoran con B. D., follan en el Palace y pagan con Visa. A ver sí nos aclaramos medio siglo después. Yo no soy yo ni mis circunstancias. Tú eres tú y tus marcas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 6 de junio de 1986