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Tribuna:LA MUERTE DEL 'VIEJO PROFESOR'

Un agnóstico como Dios manda

Varias veces hizo confesiones religiosas el viejo profesor. Y desde hace años venía diciendo: "Yo no soy ateo". ¿Qué era, pues, don Enrique Tierno Galván? Un agnóstico como lo definió en 1869 el inventor de este término, el biólogo Thomas Henry Huxley: un hombre que no sabe si Dios existe o no.Hay agnósticos de varias clases. Uno es el agnóstico dogmático, que no cree en la trascendencia pero mantiene una doctrina absoluta, como creencia de tejas abajo. Fue el caso de Haeckel -en el siglo pasado-, que creía a pies juntillas en el dogma materialista.

Los ha habido más comedidos, como el sabio fisiólogo Du Bois Reymond, aunque afirmaba sin poderlo saber: "Ignoramus, et ignorábimus". Pensaba que no sólo estamos ahora en la ignorancia -cosa muy cierta-, sino que siempre lo estaremos, cosa imposible de afirmar porque no podemos hacer cábalas infundadas.

Son agnósticos radicales muchos de los partidarios de aquella filosofía analítica que rechaza todo significado a las proposiciones noracionales. Ejemplo de ello es la reflexión que hacía Flew del jardinero invisible, definitivamente superada por el último gran escolástico que ha habido, el teólogo y filósofo Karl Rahner, SJ, o por algunos de sus colegas, que pensaban más allá de sus cortas especulaciones.

Don Enrique no mantenía esas posturas, sino la más inteligente de otro gran agnóstico que no venía del mundo de las letras como él, sino del de las ciencias: el francés Jean Rostand. En su confesión de agnóstico, llena de autenticidad, afirma este gran biólogo lo que era también el pensamiento de Tierno Galván: "No pretendo saber más que otros, y concedo de buen grado que lo que me parece inconcebible a la luz de lo poco que creo saber pudiera cesar de parecérmelo a la luz de todo lo que ignoro".

"Una raza a extinguir"

Su problema estaba -como en el caso de Tierno- en su razón, cuando confesaba Rostand: "No puedo evitar que mi razón se ejercite en los mismos materiales de que dispone, (y) estoy por la apariencia de la mortalidad y no recurro a ninguna realidad escondida". Es lo que confiesa con lealtad este agnóstico, que "muchos fundan su creencia en una especie de intuición directa", y por eso, "a tal sentimiento", dice Rostand, "no tengo nada que objetar, sino que me es tan extraño como a un daltoniano la diferencia del verde al rejo". La misma sinceridad de nuestro viejo profesor cuando decía noblemente: "Quizá los agnósticos como yo seamos, según se dice, una raza a extinguir. Posiblemente... No puedo decir ni que sí ni que no. Todo es posible".

Es más: don Enrique aceptaba un Fundamento (así con mayúscula), pero "lo que no ve es personalizado ese Fundamento". El agnóstico, según él, "no niega, sino simplemente no entiende". Su propia razón no le condujo a Dios, porque "para la inteligencia, aceptar el misteno como una solución es sobradamente difícil. Es casi imposible".

Era alguien para quien "el conocimiento racional tiene que fracasar sin más ante las últimas preguntas fundamentales para dar paso a la fe" (K. Rahner, SJ). Por eso, en 1979 contestó a la pregunta .¿Qué le impide dar un paso hacia el cristianismo?" esta tajante respuesta: «La fe".

Yo, como creyente, pienso que le faltó conocer las inteligentes y sinceras posturas de algunos pensádores católicos. Y con ello saber que no estamos tan alejados de él algunos católicos inconformistas.

Leyendo, por ejemplo, uno de éstos, el P. Sertillanges, como buen dominico a su maestro, santo Tomás de Aquino, extrajo de él convicciones que sorprenderían amuchos católicos españoles. En la Suma contra los gentiles dice el santo que no sabemos lo que Dios es, sino lo que no es y la relación que tienen con Él todas las cosas. Lo contrario que nos enseñaron desde pequeños en el catecismo, en los sermones y en los ejercicios espirituales que impresionaban nuestras mentes en procesó de formación. Igual que había dicho san Agustín siglos antes y nadie nos lo enseñó: "Dios es inefable; más fácilmente decimos lo que no es que lo que es... ¿Qué diremos, pues, de Dios? Si lo que vas a decir lo comprendes, no es eso Dios; si pudiste comprenderlo, comprendiste otra cosa en lugar de Dios". Con lo cual debíamos afirmar con él que "ni aun inefable podemos llamar a Dios, pues ya decimos algo cuando decimos eso".

Sin embargo, ¡qué parafernalia de ideas, razonamientos, definiciones y explicaciones (de esa metafísica de pacotilla, como la llama otro gran pensador católico, E. Gibson) se nos dieron en la instrucción religiosa que recibimos!... Y qué complicaciones internas y angustias interiores produjo en nosotros esta equivocada manera de enfocar la religión. Como afirmaba don Enrique Tierno: "La tragedia personal de quien pretende exceder lo finito suele ser fuente constante de anomalías psíquicas, rencores y frustraciones respecto del mundo y sus exigencias". Es verdad: un médico católico, el doctor Soulignac, ha podido hablar con toda razón de la "neurosis cristiana" a la vista de su experiencia clínica.

Todos estos problemas se le hubieran resuelto al creyente si alguien le hubiese hecho conocer las auténticas enseñanzas tradicionales de su propia religión. Como decía el catófico Sertillanges: "Los nombres humanos, aun los mejores, pueden negarse de Dios, y aún mejor que afirmarse". Deberíamos haber sabido que "lo mismo se puede decir con certeza: Dios existe, Dios es bueno, Dios es sabio, y que también es cierto que podemos decir lo contrario" (Sertifianges, Santo Tomás de Aquino). Nuestra experiencia y nuestra razón deberían hacernos aceptar maduramente -como hizo un agnóstico como don Enrique- que en nosotros todo sucede como si Dios no existiera ni obrase" (Sertillanges). Eso que llamamos Dios sólo es el fundamento de todo, pero no es una causa como las otras, por grande e importante que se la suponga. "Dios no obra, en el sentido humano de la palabra, sino que se contenta, como acción, con ser el fundamento de todo ser y de toda acción" (Sertillanges). Nada más: todo lo demás sobra de nuestra mente y de nuestros sentimientos religiosos.

Instalado en la finitud

Podíamos haber aceptado así la excelente y ejemplar postura del agnóstico que fue don Enrique cuando decía: el agnóstico es "el hombre que está perfectamente instalado con la finitud", y es el que "no está perturbado en sus relaciones con la finitud". "Al contrario, se instala perfectamente en ella", porque no hay más causas que las visibles; y no hay más que el mundo y su Fundamento; y no una causa que está en contradicción constante con las causas físicas, psíquicas y sociales de nuestro entorno. El verdadero creyente es el que acepta sólo ese Fundamento que no sabe definir ni explicar. Como pedía Tierno, el creyente auténtico debe ser "el hombre sin tragedia teológica". "De aquí la serenidad del agnóstico", su "serenidad vital", porque no se da ninguna complicada explicación de aquello que desconoce. Igual que podía hacer el cristiano, el cual no se debe embarrancar en disquisiciones ni lucubraciones imaginativas sobre Dios ni sobre lo que Dios pretende. Sólo sabe de Él una cosa: que tenemos que adoptar determinadas actitudes porque "las relaciones no van de Dios a nosotros, sino únicamente de nosotros a Dios" (Sertillanges).

Y esto no puede producir ningún tipo de angustia ni de drama interno, porque la actividad de Dios no se interpone a la del mundo, porque no existe un Demiurgo que todo lo confunde, mezcla y maneja en competencia con lo creado. Eso es lo que quiere decir la transcendencia bien entendida, y no una especie de Super-causa que se mezcla con las causas mundanas, vengan de la naturaleza o del hombre. Es sólo el Fundamento incomprensible de todo; y no hay -por tanto- más realidad mundana que la que se ve; no existen ocultas causas misteriosas que se mezclen con las de este mundo. Dios da el sentido a todo, pero no proporciona una especie de añadido en competencia con lo creado.

En un agnóstico como él debe por eso ver el cristiano a alguien de quien todos debemos aprender; y sentirnos identificados con él. Era un agnóstico como Dios manda.

Enrique Miret Magdalena es teólogo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 21 de enero de 1986