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Tribuna:

Los Creix

Los hermanos Creix gozaron de justa fama subterránea en unos tiempos en que el franquismo podía ocultar las hazañas de su policía política. Los que tuvimos la desgracia de entrar en relación desigual con los Creix y sus ayudantes conocíamos sus habilidades, pero sólo Antonio Juan Creix se convirtió en figura pública nacional cuando accedió al mercado estatal de la represión al ocupar puestos de responsabilidad en el País Vasco y Andalucía. Antonio Creix era el especialista en comunistas, y su hermano Vicente, en estudiantes y nacionalistas. Antonio era más silencioso e introvertido; Vicente, más hablador. Los dos tenían idénticas habilidades manuales cuando la ocasión lo requería, pero con diferentes estilos: Antonio pasaba de¡ silencio espectador a la explosión de violencia; Vicente pasaba de la explosión de violencia al silencio espectador.No se autolegitimaban casi nunca ideológicamente. Si alguna vez necesitaban justificar su oficio aludían a la necesidad técnica objetiva que antes les habría hecho funcionarios de la República, entonces del franquismo y en el futuro de lo que viniera. En aquellas horas aturdidas y desesperadas, les oíamos hablar sobre sus proyectos de supervivencia técnica y no nos los creíamos.

Luchábamos por un orden político, económico y social en el que los Creix no tuvieran sitio. No estábamos preparados para aquella operación de juegos de manos democráticos que hizo de Conesa un técnico al servicio de la transición o de Ballesteros un adalid de la estabilización. El lenguaje tiene zonas de significación bastarda que nadie se atreve a desmontar..

La historia pilló a los Creix a contrapié. No tenían edad para cambiar de máscara y destinos descansados y subalternos precedieron a una discreta jubilación silenciada. Tampoco sus víctimas hicimos nada por enfocarles con el reflector. La Reforma había absuelto a los dueños de los Creix, ¿hubiera sido justo perseguir a los criados? Martín Villa me dijo en cierta ocasión que la oposición se atrevía a pedirle las cabezas de la policía política, pero no las de militares e intelectuales cómplices de un mismo estado de cosas. Al fin y al cabo algunos militares se habían prestado a oficiantes de represiones jurídicas y un buen puñado de intelectuales pusieron aquella barbarie en endecasílabos. Pero no utilizaron las manos para romper el alma y el cuerpo de los reconstructores de la razón: anarquistas, comunistas, socialistas, nacionalistas que conservarán mientras vivan en su memoría el recuerdo de todos los profesionales de la humillación.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 28 de marzo de 1985