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Tribuna:TRIBUNA LIBRE

Los políticos y el espectáculo

El poder degrada siempre a quien lo ejerce. Ésta es la teoría del autor de este trabajo, que mantiene que existe una tendencia en los grupos de presión social y en algunos medios de comunicación y del mundo de la publicidad a convertir en espectáculo risible y degradante a quien ejerce el poder o la oposición al mismo.

Es incuestionable que el político condiciona y orienta la realidad social, entendiendo esta última expresión en el sentido de la sociedad como un hecho y no como una idea o un concepto.En efecto, el comportamiento y conducta de quienes, de un modo u otro, representan los diversos sectores de la opinión pública influye positiva o negativamente en la sociedad en cuanto ésta es el hecho necesario para que la opinión pública se forme y cumpla su función. Conclúyese de aquí que degradar al político es degradar la sociedad que administra, gobierna o, en su caso, orienta.

Tiene el político su propio proceso casi inevitable de degradación en cuanto en sus relaciones con el poder tiende a ofrecer lo mejor y a mostrarse como el mejor. El político tiende a legitimar sus actos y sus ideas como los mejores. Sin embargo, en la práctica ocurre lo contrario, pues los resultados del ejercicio del poder quedan siempre, antes o después, por debajo de los ofrecimientos del poder. De aquí que el político, cuando lo ejerce, sufra una permanente degradación, que no es sólo desgaste, sino destrucción esencial, pues se propende a exigirle la perfección que, por lo común, él mismo ofrece cuando postula las supremas potestades.

El poder degrada siempre a quien lo ejerce. A esta degradación se añade otra que se cifra en la constante tendencia, particularmente fuerte en las épocas de declinación, de convertir al político en espectáculo.

Es inevitable que quien en los niveles más altos detenta el poder o se opone al poder sea objeto de la admiración, la envidia o el menosprecio para sus conciudadanos y, por consiguiente, se convierta, quiéralo o no, en un espectáculo del que los demás gocen porque, de un modo u otro, les sirve de autoafirmación. Pero en las épocas de declinación en las que las limitaciones se rompen, los respetos disminuyen y la malsana alegría de destruir se extiende, aparece una universal conjura para hacer del político espectáculo risible y degradado.

Intervienen en este proceso diversos factores, que van desde los grandes grupos de presión social que aumentan su poder privado según se degrada, al político que ejerce el público, hasta las instituciones de mediación publicitaria que, a través de la espectacularidad común y popular, encuentran un camino fácil para provocar o excitar la opinión pública y conseguir el éxito profesional.

En estos períodos que desde antiguo se conocen se pretende, convertir al político en un pseudoactor que acepta desempeñar papeles o mostrarse en actitudes ajenas por completo a su quehacer, de modo que aparezca como un consentidor sumiso de cualquier capricho o un personaje cuyos actos contradicen o degradan a la persona que hay detrás. En resumen, quiérese que el político pierda la seriedad provocando espectacularmente la risa o el desdén de los demás.

Parece que hubiera el propósito feroz de hacer del político la imagen de la contradicción risible entre el comportamiento cómico o plebeyizante y la pretendida dedicación a las nobles tareas de administrar y gobernar la cosa pública El historiador del bajo Imperio que dijo que el pueblo de Roma acabó por desear que todos sus gobernantes se pareciesen a Nerón, dijo algo universalmente valioso para los períodos históricos de descomposición y desconcierto.

Al político le cabe su parte de responsabilidad en el proceso de convertirse en espectáculo trivial, cuando no grotesco, pues también él sufre los condicionamientos de una sociedad que lentamente se convierte en espectáculo, que llevan a la descomposición y el desconcierto. La charla irreflexiva en lenguaje casi por completo coloquial, el amaneramiento impropio que subraya cierta presunción, la concesión frecuente e irreflexiva a ser actor en momentos en los que ni ser espectador se justifica, la exageración o el desaliño en la personal exhibición le empujan en ocasiones a ser cómplice en el resultado final, que no es otro, en resumen, sino el de convertirse en espectáculo y perder la seriedad, peligro en especial grave entre nosotros, en que lo cómico se disuelve inevitablemente en lo grotesco.

La tentación de ser popular es muy fuerte, pero hay una popularidad inaceptable, la que no va acompañada del respeto.

es alcalde de Madrid y militante del PSOE.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 28 de diciembre de 1984