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Tribuna:TRIBUNA LIBRE

Fulgor y muerte del 'Felipe'

MANUEL GARIConsiderar al desaparecido movimiento Frente de Liberación Popular (FLP) -el Felipe, que actuó en España a finales de los años sesenta como un importante factor de oposición al franquismo- como un movimiento olvidado, objeto de nostalgias juveniles, no es correcto, según el autor de este artículo. En su opinión, el Felipe se disolvió, a raíz de mayo de 1968, por su falta de raíces sociales y de organización, pero sus ideales siguen vigentes en la sociedad española actual.

Desde estas mismas páginas, Alejandro Vargas se extrañaba de la ausencia en las librerías de una historia global del FLP (el Felipe), parte importante y desconocida de nuestro reciente pasado de lucha política contra la dictadura. No es casualidad; la dificultad de la empresa estriba en el mismo objeto de estudio: las organizaciones frente. Hubo varias etapas en su existencia marcadas por golpes represivos, cambios en la dirección y en la base militante, y una falta de continuidad entre una fase y otra. Hubo desarrollos y experiencias muy distintas por parte de ESBA en Euskadi, el FOC en Cataluña y el FLP en Castilla y Asturias, con escaso grado de centralización política y de intercambio de información y experiencias: valga como ejemplo el que el FOC llegó a tener una presencia en las fábricas que el FLP jamás tuvo. A esto se añade la inexistencia de archivos y la dispersión y pérdida documental. De ahí que sea difícil elaborar una historia como no sea mediante el recuerdo y la reflexión de muchos y muchas ex felipes. La recreación histórica del fenómeno Felipe, como su propia existencia, está marcada por el signo de lo colectivo.Mi conocimiento directo es del FLP de los años 1966 a 1969 en Madrid, en un período especialmente activo y última etapa de existencia del partido. Dejo para catalanes y vascos lo que no conozco sino por referencias.

Las dos preguntas centrales para conducir el hilo de esta parte de la historia de la organización son: ¿qué representó políticamente el FLP? ¿Por qué desapareció precisamente cuando había alcanzado la máxima cota de influencia en las movilizaciones antifranquistas y estaba sólidamente asentado en centenares de activistas y en un movimiento social de gran vitalidad? Ambas se entrecruzan y, por tanto, deben ser respondidas a la par, en paralelo.

En su origen, las organizaciones frente surgieron como producto de diversas causas y factores: el vacío y el corte generacional habido en el campo de la izquierda tras la derrota de las organizaciones obreras en la guerra civil; la entrada en política de sectores cristianos que se habían aproximado al marxismo y de marxistas que desconfiaban de la URSS como modelo de sociedad socialista y de los partidos comunistas como instrumentos válidos para la lucha social revolucionaria; el prestigio de la revolución cubana (un cambio real en la mismas puertas de Estados Unidos).

Pero en los años 1966 a 1969, el resurgimiento del FLP tiene otras componentes más específicas: el movimiento obrero había iniciado ya un despegue en España, en plena época de expansión económica, pero todavía no ocupaba totalmente un papel central en la escena política, lo que permitió un grado importante de protagonismo al movimiento estudiantil, que se extendió y creció sin poder ser controlado por el PCE y ante la esclerosis creciente de una dictadura cada vez más senil e incapaz de reaccionar políticamente.

Su fuerza y su debilidad

El FLP fue durante esos años la mejor, aunque no la única, expresión política del movimiento y la revuelta de un sector social: los estudiantes. Ahí radicó su fuerza y debilidad en lo político y en lo organizativo. Sus militantes dirigieron naturalmente, con escasos rudimentos de política y con inexperiencia táctica, la protesta en las aulas y en los campus. Eran la gen te que representaba no sólo políticamente, sino socialmente, el me dio estudiantil, de tal forma que cuando uno de ellos, Juan José Bajo, murió en accidente de circulación, la Universidad estuvo de luto. Decenas de activistas estudiantiles entraban a formar parte del partido casi sin conocer sus escasos elementos de estrategia, con una mera referencia de rápidas lecturas de Ruedo Ibérico o simplemente sobre la marcha, porque la acción lo exigía.

Hubo una cierta convocatoria mágica en tomo a unas siglas, un partido nuevo radical, socialista revolucionario y útil. Durante esa época, no era un partido preparado para recibir los golpes represivos. La mayoría de los activistas no había conocido experiencias de comisaría, aunque algunos sí, como Paco Pereña, que tuvo un comportamiento ejemplar frente a los torturadores. Pero estaban protegidos por el movimiento que hegemonizaban, que actuó una y otra vez de escudo protector frente a la represión franquista. Solamente cuando Enrique Ruano fue detenido y asesinado por la policía, poco antes de la declaración del estado de excepción de 1969, se generalizaron ciertas medidas de seguridad impuestas por la misma situación y el partido comenzó a vertebrarse de forma más sólida, lo que, por otro lado, comenzaba a ser una necesidad impuesta por la creciente influencia política.

Un partido combativo

Si cabe emplear una palabra para caracterizar a los militantes de esta etapa del FLP, no cabe otra que combatividad. Era un partido fundamentalmente juvenil y radical, que no estaba formado por hombres del pensamiento y la cultura, y la mayoría de ellos no está actualmente en el candelero, empleando las expresiones aparecidas en el artículo citado. Excepto Carlos Romero, Joaquín Arango o Nacho Quintana, pocos notables actuales conocí como activistas políticos. Quizá ya no eran miembros del FLP. Quizá lo eran de la segunda línea, eufemismo con el que se denominaba al sector de intelectuales y profesionales, cuya principal actividad era el apoyo moral y material que prestaban a los activistas, que conformaron una corriente ideológica en tomo al FLP similar a la representada en Francia por el PSU y cuya militancia se veía frenada por la ilegalidad. Quizá no estuvieron nunca, pero ante la ausencia de archivos y memoria se reclaman hoy de una militancia con la que embellecer un currículo político.

No lo sé, y es algo que nada me importa. Sin embargo, sí que combatí junto a otros muchos militantes, como Javier Sauquillo y Dolores González, víctimas del atentado fascista de Atocha, o José María Mohedano, presidente de la Asociación Pro Derechos Humanos, y que posteriormente a la disolución del FLP siguieron militando activamente en las filas del PCE. Militantes como José Luis Zárraga o Paco Alburquerque (al que se le sigue encontrando cada vez que una causa vale la pena); como Jaime Pastor, Miguel Romero o Leoncio Sánchez, que fueron algunos de los fundadores de la Liga Comunista Revolucionaria, en la cual siguen militando.

Políticamente, el FLP representó algo más que el intento de acabar con la hipocresía, la mediocridad y la indigencia intelectual significadas por el franquismo. Tenía como objetivo la revolución socialista como cambio necesario para erradicar los males de fondo de la sociedad española, defendió un sistema social basado en la democracia socialista y se planteó aunar voluntades. El mayo francés golpeó el FLP, ya que mostró la posibilidad del cambio de sistema, pero también las ingentes dificultades. Había que pasar de los grandes enunciados al desarrollo estratégico y la concreción táctica; para ello, ni sus débiles lazos con la clase obrera, ni su base social estudiantil -cuyo papel social comenzaba a ser secundario-, ni su débil sistema organizativo le permitían transformarse en una dirección revolucionaria.

El FLP se lo planteó, pero el peso resultó excesivo. Bastó que una veintena de militantes rompiera criticamente con el pasado y anunciara que no le veían futuro al frente para que se disolviera en pocas semanas. Pareció que con la autoexclusión del grupo comunismo, embrión de la LCR, se fuera el cemento que aglutinaba a cientos de militantes. La búsqueda de raíces en la clase-obrera y de un modelo organizativo sólido frente a la debilidad del Felipe llevó a unos a construir un nuevo partido; a otros, a su incorporación al PCE. EL FLP dejó de existir tal como había resurgido tres años -antes: de la noche a la mañana. Murió porque dejó de tener una función social y política que cumplir. Y por eso mismo ya nunca habrá un nuevo Felipe.

¿Cabe hablar de olvido de unas siglas o simplemente de un grato recuerdo juvenil? En realidad, el FLP planteó verdaderos problemas políticos que no supo resolver. Algunos ex felipes, la mayoría, no creen ya en esos problemas. Otros seguimos buscando nuevas soluciones, pero recordamos muy bien que el Felipe representó el origen de nuestras mismas aspiraciones actuales: el internacionalismo, la lucha por la revolución socialista en la Europa capitalista, la voluntad de unir esfuerzos en ella, el rechazo de las prácticas burocráticas o manipuladoras en la acción política... Esto es lo que no ha muerto, lo que con otras formas, otras siglas, merece seguir vivo, y sigue vivo, del FLP.

Manuel Garí fue dirigente del FLP.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 26 de abril de 1984