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Crítica:El cine en la pequeña pantalla

'El escándalo', la mentira de una mala mujer

En la Historia del cine español de Méndez-Leite von Hafe se explica con detalle el enorme éxito que en su día tuvo El escándalo, dirigida por José Luis Sáenz de Heredia en 1943, es decir, inmediatamente después de haber adaptado a la pantalla Raza, el guión con el que Francisco Franco quiso idealizar su autobiografía: "El público -entre el que no puede evitarse los escépticos, los sistemáticos aguafiestas, los sabelotodo- se pone en pie para aplaudir cuando la proyección termina, entusiasmado y convencido por completo; antes, al final de una escena -entre Armando Calvo y Manuel Luna-, también brotó la espontánea ovación de punta a punta de la sala, de arriba abajo y de abajo arriba, como en una representación teatral en que existe el efecto de los mutis".Sigue diciendo el autor: "¡Por fin vemos algo que pueda compararse a lo mejor de fuera, se oye decir en los corrillos del vestíbulo a personas elegantemente ataviadas, con legítimo orgullo. Las exhibiciones sucesivas confirman, después, el triunfo completo de El escándalo, sin precedentes en la historia del cine español. Auténtica obra maestra de la pantalla hispana, que daba como modelo de dramática expresión y de humano realismo en el mundo artificial de las imágenes".

El éxito a que se refiere el historiador intentó ser explotado posteriormente por otro director, Rafael Gil, siempre atento al coyuntural gusto del público. El clavo fue su primera aportación a este cine "literario", basándose en otra novela de Pedro Antonio de Alarcón, con cuya adaptación obtuvo un éxito similar al que Sáenz de Heredia logró con El escándalo. Más tarde, en 1946, con La pródiga, comprobó que la literatura de Alarcón no era en sí misma una coartada suficiente.

Para el éxito era necesario que el público se encontrara predispuesto al aplauso. Por un lado, como se deduce de la tónica de la noche del estreno de El escándalo, porque quería aplaudir, viera lo que viera, los grandes triunfos de la cinematografía nacional: no había nada mejor que demostrar que en España también éramos cultos, y que habíamos escrito libros, naturalmente en el siglo anterior, cuando los costumbristas de la época no podían ni imaginar los mecanismos del régimen de Franco. Por otro lado, el público menos inquieto estaba siempre dispuesto sólo a celebrar la aparición de un melodrama con el que emocionarse o llorar a oscuras sin pagar a cambio el precio de la consigna, la moralina o el susto de que no adoptando determinadas posturas podía verse uno inscrito en las fatídicas listas de los depurados.

El escándalo, si la memoria no falla, fue una película pedante en la que se rebuscaban efectos visuales que hoy pueden invitar a la sonrisa: la elegante capa de Armando Calvo arrastrada por el suelo después de pronunciar con énfasis "Matilde, oye el resumen de nuestra historia: ¡maldita seas!", al son de una orquesta atosigada por la inspiración, o esa pueda bandeja del criado en la que se refleja la cara de susto del protagonista cuando lee la carta motivo del follón que narra el filme.

Fabián Conde, que interpreta el galán Armando Calvo, que obtuvo aquí su máximo éxito, que luego emularía sólo de lejos Rafael Durán en El clavo, es un donjuán sin demasiados escrúpulos que se arrepiente de su mala vida cuando ya es tarde: la tía de la doncella de quien él se enamora no puede perdonarle que deje de ser su amante. A partir de ahí Fabián Conde se transforma en una víctima de la maledicencia y las venganzas más ruines. Elegir entre la buena mujer y la mala mujer era una disyuntiva que se le permitía al espectador de 1943: de lo malo que pasaba, siempre había una mujer al fondo. El cine español de la derecha había encontrado ya esa justificación años atrás. Por ejemplo, en El agua en el suelo, de Fernández Ardavín, se decía sin ningún rubor: por culpa de una mujer se perdió el primer hombre; por otra se perdió España, y por otra, el mundo entero. Huye, huye, vete a un bosque virgen.

El escándalo se emite hoy a las 20.50 horas por la segunda cadena.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 9 de abril de 1984