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Entrevista:Mis queridos monstruos

Pitita Ridruejo

Pitita o el final de las Embajadas. Cielos barroquizados de Roma, techos de cal acumulada y Miguel Ángel, días bajos de Londres, donde la he compartido, días compartidos, con toda la niebla de los lakistas cayendo sobre el césped como una mitología nórdica, confusa, desordenada por Orlando/Shakespeare, como un ruido y una furia silenciosos y mercantiles, acercándonos su rumor -¿verdad, Pitita?- desde la City, noches en los jardines de las Embajadas de España, calle Zurbano, una sola mujer en una sola calle: Pitita Ridruejo. Embajadora internacional y señorita madrileña de misa de una.

"Unos dieciséis años en las monjas, Paco, en Soria, once años de misa diaria, hice siempre el bachillerato con nota, todo con becas, por lo bien que iba, e incluso repetí el último curso por repetirlo, porque sí, porque me encontraba muy a gusto en el convento, porque me daba miedo la vida y porque tenía el jaleo de la vocación, como lo teníamos todas".Estamos en su actual casa de la calle Fomento, donde se ha fabricado un salón -varios- de antigua dama que recibe. Media tarde. Nos traen cosas variadas y la madre de Pitita viene a darme unos besos sonámbulos y se va. Le quiere a uno esta señora. Primero tomo cerveza y luego gin/tonic. Estamos en el sofá inmenso, con algo de triclinium romano, sólo hecho para gente de piernas largas, como nosotros, porque, si no, se queda un poco ridículo y amuñecado, con las piernas tiesas en el aire.

-¿Por qué no te metiste monja?

-Por la maternidad, yo necesitaba la maternidad, lo sentía en los niños de Soria, en los niños de los pobres, en todos los niños que me rodeaban, era más fuerte lo de la maternidad. Por otra parte, Paco, es muy gracioso, porque yo soy muy didáctica, me gusta explicar cosas a los niños y a los grandes.

(Mike, el marido/embajador, de apellido largo y griego, bello, como dos versos de Homero, anda por los tejados de la casa con los albañiles del frío, terminando las obras.) "Me sentía arrojada al mundo, Paco, la vida me daba miedo, pero no tuve más remedio. Siempre me había atraído lo oriental y me casé, al fin, con un oriental, Mike, filipino, que tuvo problemas, a la hora de las Embajadas, con su apellido griego, y un día nos fuimos a Roma, a buscarnos la vida, porque Mike me dijo: yo soy un marido pintado en la pared, yo quiero ser yo. En Roma ganábamos poco dinero y yo era la señora que iba a la compra, hacía los cuartos y trabajaba mucho, hasta que Mike, que estaba en contacto con Wall Street, empezó a ganar dinero y entonces nos cambiamos a una zona más cara, y entonces vino la primera dama filipina, Ymelda de Marcos, y entonces empezaron a proponerle a Mike el jaleo de las Embajadas, y entonces...". Tiempos en que andaba de filipina apócrifa, tan egipcia, y la sacaban en la Prensa del corazón y en las revistas de humor. Tiempos de Madrid en que coincidimos en Loewe/ todo, en el todo/loewe, en casa de Bardavío y en los festivales que presentaba Martín Ferrand. Pitita lo tiene en fotos. Areilza me confirma la condición egipcia que yo he diagnosticado en Pitita. "El Oriente me fascina, no sé de dónde me viene este ramalazo oriental, pero lo que me gusta es envolverme en cuatro trapos, en verano, como las indias, y andar así todo el día. Y luego la contemplación, la mística, que nos fuimos tres amigas a ver a un guru y una de ellas hasta volvió para quedarse con él para siempre, yo dormía en el suelo, con una manta, y nunca he dormido mejor, el guru hablaba en su lengua a aquellos hindúes y a nosotros nos hablaba en inglés, en un inglés muy malo, pero era un ser fascinante". Su Embajada de Zurbano, las fiestas que daba, siempre la seguridad/inseguridad de esta mujer entre el girar de las lámparas, los pícaros, los gelstastistas, las marquesas, los parapsicólogos, los intelectuales y los modistos/escaparatistas. ¿Adónde iba Pitita? "A la vuelta de la India tuve grandes inquietudes y fui a consultar con un teólogo de Comillas. Comprendí que Dios no hay más que uno, que verdad no hay más que una, y que todo son caminos hacia lo mismo. Ya que yo había sido puesta en el camino católico, apostólico y romano, eso tenía que ser". Frente a nosotros hay, en la pared, un inmenso dibujo en rojo que nos da una Pitita/Vogue, una Pitita/Europa, una Pitita internacional y mundana.

-De modo que así resolviste el conflicto Oriente/Occidente.

-Sí, he comprendido que mi camino es, quizá, aquel de las misas diarias durante once años, que nos fanatizaba, pero que se me ha quedado dentro.

Entre el guru y Cristo -ese otro guru-, se ha quedado con Cristo, pero está viva en ella la añoranza del guru. Noches de Zurbano, de Liria, de JoylEslava, fosforescencia femenina en la hora penúltima, cuando el rayo láser de las discotecas nos diagnostica a todos el tedio vital, la angustia existencial y la última copa del tango.

-¿Por qué vas tanto a Joy/ Eslava? Es otra contradicción sin resolver. ¿Eres una mística o una mundana?

-Pues no lo sé. Quiero cortar con todo, pero no puedo, no tengo fuerza de voluntad. Me gusta querer a la gente, estar con la gente. Hago una hora de meditación diaria, en la capilla, a veces pongo gregoriano, por las mañanas, y otra hora por la tarde, y luego por la noche me voy a una cena o a JoylEslava porque me gusta la gente, porque a mí es muy fácil halagarme, no pongas que soy una mística, por favor, qué burla, con esa imagen que doy en el Hola. Pero Santa Teresa me ha ensefiado que no hay que pedirle nada a Dios, que él ya sabe lo que necesitamos, lo que quereme,s, y por eso le decía: Tú ocúpate de mis asuntos, que yo me ocuparé de los tuyos, decía unas cosas tan graciosas, Paco, Paco...

-Hevisto en tu mesilla de noche muchos rosarios. ¿Rezas a la vuelta de Joy/Eslava?

-Sí, rezo, claro que rezo, rezo mucho.

El dormitorio y el antedormitorio son una ecología de fotos, retratos, dibujos, cuadros, cosas, como toda la populosidad social llegando hasta los dinteles mismos de la mayor intimidad. "Aquí hay un dibujo que me hiciste tú, Paco". Y lo tiene enmarcado. El piano es una nave musical y empavesada de grímpolas y gallardetes que son fotografías, recuerdos, cosas, de Fellini a la reina de Inglaterra, de Martín Ferrand a los Duques de Alba, todos presentando armas a la memoria minuciosa y generosa de Pitita. En su época de Roma/Fellini, el gran director la eligió, efectivamente, topándosela en la calle, para una secuencia de su filme Roma. De entonces tiene unas fotografías en que Cinecittá la ha convertido en otra cosa. Casi en una cariátide/amante romana, casi en una mujer oscura, picuda y en duda de Pavese. La premonja de Soria, asustada de la vida, el ama de casa italiana, la pre/Callas de Fellini, la embajadora en media Europa, con sede en Londres y amistad con la reina Isabel. A mí me ha sacado a la ventana de la casa/Embajada para saludar a la princesa Ana que, allá a lo lejos, saltaba a la mañana matinal y vaga con su caballo más fresco y reciente:

-Ven, que vamos a saludar a la princesa.

E íbamos.

La princesa se perdía en un galope de niebla como un personaje de Marlowe o de John Ford. Luego paseábamos por Hyde Park, entre las parejas obscenas del césped y la esbeltez frustrada de las ocas, y, luego, yo la llevaba al deslumbramiento, en la Tate, de los Turner, a la mitología personal y doméstica, angelical, de William Blake. Hasta que Pitita desfalleció en su función y se volvieron al Madrid más madrileño, para poner esta casa de Fomento, por donde cruza, inevitablemente, un clima de Embajadas, ahora que han renunciado a ser embajadores (Mike, ya digo, anda por los altos tejados, entre albañiles de niebla, terminando las obras, con una pelliza y mucho frío).

Mentido/fementido personaje de Fellini/Pasolini, lograda embajadora ante la Corte de Buckingham.

-¿Pero tú sabes guisar, Pitita?

-Nada, ni palabra. Mis hijos, en la época de Roma, me decían que les mataba de hambre.

-Te has cortado el pelo.

-Sí, y me lo he teñido. Yo ya tengo canas, muchas canas, y estaba feliz con mis canas. Me parece lo normal, a mi edad. Hasta que llegó mi madre y me dijo: "Hija, me haces vieja; van a pensar que yo me tiño". De modo que tuve que teñirme mis canas por disimular las suyas. Yo nunca había ido a la peluquería ni a la manicura ni nada. Yo me lo hago todo, y de cualquier manera. Nunca miro a ver si un zapato hace juego con un collar. Por favor, qué cansancio. (He aquí su involuntario dandismo femenino.) Pero ahora me tiño las canas con unas hierbas y, en cuanto me lavo la cabeza, me queda este negro rojizo que tengo hoy, esta cosa rara. Ya no sé qué hacer con el pelo.

Aparecía con las canas de hilo brillante ("el tiempo subió sus hilos a tu pelo", Neruda), en las mejores noches de JoylEslava, que eran "mejores" por ella y no por otra cosa, entre Marisa Borbón y Paloma Segrelles. Ahora se ha cortado el pelo y se ha dejado los desteñidos de la antigua farsa. "Que me estoy retirando de todo, Paco, que salgo de la meditación, a veces con gregoriano, ya te digo, y el mundo me parece absurdo".

-¿Tienes capellán en la capilla?

-Sí, un gran teólogo.

-Pero sigues dando grandes cenas.

-Ya ves que no. Lo de la otra noche no fue nada.

-No fue nada, pero yo rompí una silla.

-Aquí se rompe una silla en cada cena que doy, Paco.

-Has nacido para la diplomacia, sí. ¿Y la jugadora de Bolsa?

-Bueno, eso es algo que despertó en mí muy pronto. Una compañera de colegio y yo comenzamos a especular con pisos del barrio de la Concepción antes de que existiese el barrio

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de la Concepción. A la Bolsa siempre he ganado. Soy intuitiva para eso. Creo que hubiera sido una buena ejecutiva. Sé, sin mirarlo, en qué momento va a subir el oro en el mundo.

-¿Y Santa Teresa?

-Santa Teresa. Pero ya no quiero jugar a la Bolsa ni a nada. Sólo quiero paz, mucha paz. Y no tener que mirar todos los días en el periódico si baja o sube la Bolsa.

(Mike, el marido, lo decía en la primera época: "Estoy pintado en la pared. Soy un marido pintado en la pared. Quiero irme por el mundo para ser yo". Se fue -se fueron- por el mundo y le hicieron nada menos que Embajador de Filipinas en media Europa. Demostró que no estaba pintado en la pared, sino lleno de marcha. Demostró que podía deslumbrar a la Corte inglesa. Dejó la diplomacia -máxima virtud diplomática- cuando la diplomacia de Filipinas iba mal en el mundo, como va en estos momentos. Y ahora anda por los tejados, con una pelliza, confundido con los albañiles de niebla y frío, retejando y levantando paredes de panderete: Mike, que alguna vez quiso venirse conmigo a los desnudismos de Ibiza, cuando eso era peripecia, Mike, con quien he cenado en las más secretas trattorías del verano madrileño, conoce bien mi admiración por él, mi amistad -ha sido mi mejor guía en Londres-, y, como dice Pitita, mi entendimiento de que él es un hombre "introvertido y profundo".)

-Bien, el pelo destrozado. ¿Y esa hebilla del cinturón?

-Esta hebilla del cinturón se la compré en Roma a un artista romano.

-¿Oro?

-Hojalata.

-El broche del hombro.

-Como tú has dicho, me gusta llevar joyas, pero de cierto modo.

-Observo que has acortado notablemente tus faldas, Pitita.

-Es la moda. A mí lo que me gusta es la falda por media pierna, o la falda larga, claro, pero hay que seguir un poco la moda. Yo he hecho mi imagen por exclusión. No podía ir de niña mona, porque no lo soy. Tampoco me iría nada una minifalda, horror. Ni una ropa de vuelo, parecería una mesa camilla, tú lo has explicado de otra forma. Entonces, por exclusión, ya te digo, he llegado a ser como soy.

-Toda personalidad es un sistema riguroso de exclusiones. En la moda como en la literatura. Importa más lo que se rechaza que lo que se asimila. Lo que se rechaza (la manera de rechazarlo) somos nosotros.

Tenemos ante nosotros, como me parece que ya se ha dicho, ese dibujo inmenso y en rojo (cuyo autor prefiero ignorar, por adnúración), que nos da una Pitita/ Vogue.

-¿Te ves ahí, esa eres tú?

-Sí, fue mi mejor momento, el de la Embajada de Zurbano, que tanto conociste.

Pelo de nido, rostro estilizado y vestido ceñido, rojo y grácil.

-Eres una mundana, Pitita.

-¿Una mundana?

-Sí, como yo. El demonio y el mundo tiran demasiado de ti. No diré que la carne, porque parece que no. 0, en todo caso, no en el sentido que dice el catecismo. Te veo irredenta para el misticismo, por mucho que leas a Santa Teresa y al guru. Por mucha meditación oriental con gregoriano occidental que hagas en tu capilla. Del mundo es difícil que nos salvemos, Esperanza.

-Te prometo que voy a cortar amarras.

-Bueno.

Pero, de momento, se reconoce en ese dibujo/Vogue, se recuerda, y no hay que preguntarle por la síntesis vida interior/vida exterior. Ella la resuelve naturalmente, sin intelectualismos. En eso es un poco Teresa, sí. También lo dijo Proust: "Cada día creo menos en la inteligencia".

-Lo que sí te veo, Esperanza, es menos cortejada por aquella corte de gelstaltistas, parapsicólogos, magos, adivinos, gerardos, buscadores de agua y de tesoros, generadores/detectadores de ruidos y todo el lumpen del más allá, que en tiempos te cercaba.

-Bueno, la gente se equivoca, hay que admitir sus errores, yo lo comprendo todo, hay que comprender y disculpar.

En una palabra, que se ha librado, para bien, de la estela sucia y las aureolas turbias y nocturnas de un mundo como de echadoras de cartas sin cartas, que aún da más miedo. Se ha decantado. Vamos al dormitorio y el predormitorio a elegir fotos para que Verdes (perdido entre sus cerdos del Medio Sur) haga el dibujo. Los salones en ferrocarril, la Embajada laica de diplomacia que han puesto los Stilianopoulos.

En el predormitorio, la madre, con su voz fuerte y su pelo negrísimo -"me haces vieja, hija"-, electrocutada de televisión. A la madre le beso las manos y las mejillas, le pregunto por Epifanio, con quien tan buenas movidas tuvimos en Londres, de madrugada, abrigado él con un chal/toquilla de la hija: "Déjame, Pitita, que estoy tomando una copa con mi amigo Umbral". Y nos íbamos a los pomos duros. Y la nieta, entre siete y nueve años, cuya piel colegial/frutal acaricio con la ternura/ausencia de la hija que no tengo. Sólo una piel así puede consolamos de la edad.

-Lo que te voy a dar, Paco, son mis artículos de Tiempo, que eran muy buenos y pasaron inadvertidos.

Pero no me los da. En la televisión de lo más doméstico de la domesticidad, echan unas lecciones de esgrima. Luego subimos, Esperanza y yo, por una escalera interior, a ver los apartamentos del tejado, que son para sus hijos. Allí arriba está Mike, con pelliza, abrigado de obreros y de lanas, en el cielo marceño, dirigiendo las obras. No sé cómo podrá bajar. "Adiós, Mike, te traeremos mantas y provisiones, te quedas ahí para siempre". Con este hombre me entiendo mejor de lo que él y yo creemos. Pitita, al día siguiente, haría llamar a una camarera diciendo que para nada le enseñemos a Verdes las fotos que le hizo Fellini. A Verdes le encantan.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 26 de marzo de 1984