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Tribuna:TEMAS DE NUESTRA ÉPOCA

¿Qué son hoy los medios de comunicación de masas?

Todo lo que hace unos 15 años se decía de los medios de comunicación de masas ha perdido vigencia. Entonces, todos nos considerábamos víctimas, según los análisis, de un modelo de comunicación manipulado por un centro único: un emisor centralizado, con planes políticos y pedagógicos precisos sobre nuestras conciencias. El asunto ahora, sin embargo, ha cambiado. Los medios de comunicación de masas (mass media) han evolucionado hasta convertirse en multimedia. Resulta ya difícil, por no decir imposible, descubrir al patrocinador del proyecto en el que nos sentimos involucrados.Cuando alguien, por ejemplo, viste la camiseta con una marca comercial, lleva a la vez la prenda signo de un estilo juvenil, que por sí mismo hace publicidad de la marca que a la vez se anuncia en la televisión, en la que sucesivamente puede aparecer un programa de canción moderna donde aparezca, para ser realista, un grupo de jóvenes portando esa camiseta. ¿Dónde situar inequívocamente el proyecto manipulador? El acercamiento de la que se llamaba la cultura culta a la cultura de masas y la multiplicidad de estos medios componen conjuntamente un nuevo escenario sobre el que todavía no se posee un análisis suficiente. Sólo se sabe que lo que pasa es algo que nunca hasta ahora había pasado y que configura en este sentido el paisaje de otra época.

Los vínculos entre distintos medios de comunicación de masas se van haciendo cada vez más« estrechos. No son ya suficientes las antiguas teorías para entender dónde están, cómo funcionan, quién los maneja, quién los sufre. Es un escenario completamente nuevo. Tratemos de describirlo.Hace poco tiempo, la televisión italiana emitió una reposición de un filme clásico que todos recordábamos con admiración, efecto y respeto: me refiero a 2001, una odisea del espacio, de Stanley Kubrick. He preguntado a muchos de mis amigos tras la emisión, y la opinión ha sido unánime: estaban desilusionados.

Esta película, que nos sorprendió no hace muchos años por sus extraordinarias novedades técnicas y figurativas, por su aureola metafísica, nos ha parecido como la repetición cansina de cosas que ya habíamos visto cientos de veces. La tragedia del ordenador paranoico conserva todavía el ingrediente de una tensión muy conseguida, aunque ya no nos parece algo fuera de lo común; la escena inicial de los simios es todavía buena, pero las astronaves no aerodinámicas pertenecen ya al baúl de los juguetes de nuestros hijos, que ya se han hecho hombres, de plástico (las astronaves, claro, no los hijos); las secuencias finales son una serie de imágenes seudofilosóficas, en las que cada cual puede encontrar las alegorías que le plazcan; el resto es sólo discográfico, música y cubierta del disco.

Y sin embargo, Kubrick nos había parecido un innovador genial. Pero esta es la cuestión: los medios de comunicación de masas son genealógicos y no poseen memoria, pese a que estas dos características deberían ser de hecho compatibles. Son genealógicos porque en ellos toda nueva invención produce imitaciones ,en cadena, provoca una especie de lenguaje común. No poseen memoria porque, al producirse la cadena de imitaciones, ya nadie puede recordar quién empezó y se confunden con facilidad los orígenes con el último de los nietos. Además, los medios de comunicación aprenden, y así las astronaves de La guerra de las galaxias, que nacen descaradamente de las de Kubrick, son mucho más complejas y verídicas que las primitivas, hasta tal punto que estas últimas se dirían una mera imitación de aquéllas.

¿Y las artes tradicionales?

Sería muy interesante averiguar por qué no sucede lo mismo con las artes tradicionales, por qué todavía somos capaces de darnos cuenta de que Caravaggio es mejor que sus seguidores y que Invernizio no se confunde con Balzac. Se podría decir que en los medios de comunicación de masas no prevalece la inventiva, sino la realización técnica, y la invención técnica es imitable y perfeccionable. Pero no todo es así. Por ejemplo, Hammet, de Wenders, es técnicamente mucho más perfecto que el viejo filme de John Huston El halcón maltés, y sin embargo vemos el primero sólo con interés y el segundo con religiosidad. También entran en juego las expectativas del público, nosotros. Cuando Wenders sea viejo, como Huston, ¿lo veremos quizá con la misma emoción? No me encuentro capaz de afrontar aquí tantas y tan formidables cuestiones. Pero me parece que en El halcón maltés encontraremos siempre una cierta ingenuidad que ya se ha perdido en Wenders. La película de este último se mueve ya -a diferencia de El halcón- en un universo en el que no sólo ha cambiado la relación entre los medios de comunicación de masas, sino también la relación entre estos medios y el arte serio. El halcón es ingenuo porque inventa sin poseer relaciones directas y conscientes con las artes figurativas o la literatura seria, mientras que el filme de Wenders se mueve ya en un universo en el que estas relaciones se han, establecido inevitablemente, en el que es difícil afirmar que los Beatles son algo extraño a la gran tradición musical de Occidente, y en el que los tebeos entran en los museos a través del pop art, pero también el arte de los museos entra en los tebeos a través de la cultura, nada ingenua, de los diferentes Crepax, Pratt, Moebius o Drouillet. Y los jóvenes van durante dos tardes consecutivas a apiñarse en un estadio, con la salvedad de que un día actúan los Bee Gees y el otro John Cage o un concertista de Satie; otra de las tardes acudían (por desgracia ya no lo podrán hacer) a escuchar a Cathy Berberian, que cantaba cosas de Monteverdi, Offenbach y de los Beatles, todo junto, pero las piezas de estos últimos interpretadas al estilo de Purcell; sin ,embargo, la Berberian no añadía a la música de los Beatles nada que no poseyese ya la propia música, y sólo en parte, sin saberlo y sin quererlo.

Las distancias se acortan

Nuestra relación con los productos de masa y con los productos del arte serio ha cambiado. Las diferencias han disminuido o han desaparecido, pero con las diferencias se han deformado las relaciones temporales, las líneas de filiación, los antes y los después. El filólogo se da cuenta todavía; el usuario común y corriente, no. Hemos conseguido lo que la cultura ilustrada e ilustrante de los años sesenta pretendía: que no hubiera, por un lado, productos para masas ilotas, y por otro, productos difíciles para un público culto de paladar exquisito. Las distancias han menguado y la crítica está perpleja. La crítica tradicional lamenta que las nuevas técnicas de investigación analicen con el mismo rigor a Manzoni y al Pato Donald, sin conseguir distinguirlos ya (contra toda evidencia publicada), sin darse cuenta (por falta de atención) de que esto mismo ocurre con las artes hoy día cuando se intenta borrar esta distinción.

Así como así, para empezar, una persona de poca cultura puede leer hoy a Manzoni (que luego lo entienda es otro asunto) y ser incapaz de hacer lo mismo con los tebeos de Metal Hurlant (que en ocasiones son herméticos, presuntuosos y aburridos, como bien sabían serlo los malos experimentadores del happy few de las décadas precedentes). Esto nos indica que cuando se producen .semejantes cambios de perspectiva no se puede decir si las cosas van peor o mejor: sólo que han cambiado, e incluso los juicios de valor tendrán que atenerse a distintos parámetros.

Lo interesante es que, por instinto, estas cosas las saben mejor los niños de EGB que cualquier catedrático septuagenario (me refiero a la edad de las arterias, no necesariamente a la anagráfica). El profesor de enseñanza media (o incluso de enseñanza superior) está convencido de que el muchacho no estudia porque lee Diabolik, y quizá el chico no lo hace porque lee (además de Diabolik y a Moebius -y entre ambos media la misma distancia que existe entre Sanantonio y Robbe Grillet-) Siddharta, de Hesse, pero como si fuera una glosa al libro de Pirsig sobre el Zen y el arte de la manutención de la motocicleta. Está claro que, llegados a este punto, la escuela primaria también tendrá que revisar sus manuales (si alguna vez los tuvo) sobre saber leer y sobre lo que es o no es poesía.

La escuela (y la sociedad, no sólo los jóvenes) tiene que aprender a facilitar nuevas instrucciones sobre cómo reaccionar ante los medios de comunicación de masas. Todo lo que se dijo en los años sesenta y setenta ya ha sido reexaminado. Entonces todos éramos víctimas (quizá justamente) de un modelo de los medios de comunicación de masas que era copia M de las relaciones de poder: un emisor centralizado, con planes políticos y pedagógicos precisos, controlado por el poder (económico o político); los mensajes, emitidos a través de canales tecnológicos reconocibles (ondas, canales, hilos, aparatos precisos, como las pantallas cinematográficas o televisivas, un aparato de radio, una página de rotograbado) y los destinatarios, víctimas del adoctrinamiento ideológico. Bastaba con enseñar a los destinatarios a leer los mensajes, a criticarlos, quizá se hubiera llegado a la era de la libertad intelectual, del conocimiento crítico... Fue también el sueño de 1968.

¿Dónde está el medio?

Hoy día ya sabemos lo que son la radio y la televisión. Una pluralidad incontrolable de mensajes que cada cual utiliza para componérselos a su gusto con el mando a distancia del televisor. No habrá aumentado, la libertad del usuario, pero, es cierto, cambia el modo de enseñarle a que sea libre y controlado. Y por lo demás, se han abierto dos nuevos fenómenos, la multiplicación de los medios de comunicación de masas y los medios de comunicación de masas al cuadrado.

¿Qué es hoy día un medio de masas? ¿Una transmisión televisiva? También eso, desde luego, pero tratemos de imaginar una situación no imaginaria. Una empresa produce camisetas con una determinada etiqueta y las comercializa (fenómeno tradicional). Una generación empieza a llevar las camisetas. Cada usuario de la camiseta de publicidad, gracias a la etiqueta que luce sobre el pecho, a esa prenda (del mismo modo que, por otra parte, cada uno de los poseedores de un Fiat Panda es un propagandista, no pagado y pagante, de la marca Fiat y del modelo Panda). Una transmisión televisiva, para ser fiel a la realidad, presenta a varios jóvenes que llevan la camiseta con la citada etiqueta. Los jóvenes (y los viejos) ven la transmisión y compran camisetas con la etiqueta porque "hace más joven".

¿Dónde está el medio de comunicación de masas? ¿Y el anuncio del periódico, y la transmisión, y la camiseta? Tenemos, pues, no uno, sino tres, quizá más, medios de comunicación de masas que actúan en canales distintos. Los medios de comunicación de masas se han multiplicado, pero algunos de ellos actúan como medio de los propios medios, es decir, como medios de comunicación de masas al cuadrado. ¿Y quién emite ahora el mensaje? ¿Quién fabrica la camiseta, quién la lleva, quién habla de ella en la pantalla del televisor? ¿Quién es el productor de ideología? Puesto que se trata de ideología, basta con analizar las implicaciones del fenómeno, lo que significa quién fabrica la camiseta, quién la lleva, quién habla de ella: pero, según el canal que se quiera considerar, cambia de alguna manera el sentido del mensaje, y quizá su peso, ideológico. Ya no existe el poder aislado (¡que en el fondo era un consuelo!)

¿Quizá queremos identificar con el poder al diseñador que ha tenido la idea de inventar un nuevo dibujo para una camiseta, o al fabricante (quizá de provincias) que cree que la venderá, y que la venderá a gran escala para ganar dinero, como es lo justo, y no despedir a sus traba adores? ¿O a quien acepta legítimamente llevarla y dar publicidad a una imagen de juventud y desenvoltura, o de felicidad? ¿O al realizador de televisión que, para representar a una generación, hace que uno de sus personajes luzca la camiseta? ¿O al cantante que para cubrir gastos acepta el patrocinio de la marca de la camiseta? Todos dentro y todos fuera, el poder es inaprehensible, y ya no se sabe de dónde procede el proyecto. Porque, sin duda, existe un proyecto, pero ya no es internacional, y por tanto no puede ser criticado a través de la crítica tradicional de las intenciones. Todos los catedráticos de teoría de la comunicación que se han formado a base de textos de hace 20 años (yo incluso) deberían ponerse seriamente al día.

¿Dónde están los medios de comunicación de masas? ¿En la fiesta, en la celebración, en la conferencia organizada por la asesoría de cultura sobre. Emmanuel Kant, que ya ha visto a mil jóvenes sentados en el suelo para escuchar al severo filósofo que hizo suya la admonición de Heráclito: "¿Por qué queréis llevarme a todas partes, oh analfabetos? No he escrito para vosotros, sino para quien puede entenderme". ¿Dónde están los medios de comunicación de masas? ¿Qué existe más privado que una llamada telefónica?

¿Pero qué ocurre cuando alguien deposita en el juzgado, la grabación de una llamada telefónica privada, de una llamada realizada para que fuese grabada, y para que fuese depositada ante el magistrado, y para que alguien del palacio de Justicia la transmitiese a los periódicos, y para que los diarios hablasen de ello, y para que las investigaciones fueran corruptas? ¿Quién ha producido el mensaje (y su ideología)? ¿El estúpido que hablaba ignorante por teléfono, el que ha depositado la grabación, el magistrado, el periódico, el lector que no se ha enterado y que; de boca en boca, perfecciona el éxito del mensaje?

Érase una vez los medios de comunicación de masas, eran malos, se sabe, y había un culpable. Además estaban las voces virtuosas que denunciaban los crímenes. Y el arte (¡ah, por suerte!) que ofrecía alternativas a quiero no estuviera prisionero de los medios de comunicación de masas.

Bien, todo aquello se acabó. Hay que empezar desde el principio y preguntamos qué es lo que está sucediendo.

Umberto Eco es profesor de Semiótica de la Universidad de Bolonia. Entre sus principales obras se encuentran Obra abierta, Apocalíplicos e integrados, La estructura ausente, Tratado de semiótica general y El nombre de la rosa.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 25 de septiembre de 1983