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Tribuna:TRIBUNA LIBRE

Hay que recuperar el componente utópico

Precisamente ahora, cuando más contemporizadoras son las actuaciones de los líderes políticos y cuando los partidos se desvinculan del bloque social al que dicen representar -amenazas reales, pues, de sectarismo- es cuando más se necesitaría el componente utópico en nuestra vida política. Se trataría de recobrar la fe y la esperanza en un proyecto político que le devuelva a la izquierda su ilusión perdida. Se trataría de contar con un objetivo político por el que merezca la pena luchar y esforzarse. Lo cual hoy, evidentemente, no es cosa fácil.Porque, con tal de que seamos mínimamente realistas, hemos de constatar que en nuestro país no existen perspectivas de "cambio revolucionario" en profundidad, con posibilidades de modificar estructuras básicas de la sociedad. Esta es, cada día, más conservadora. Por otra parte, el 23-F tuvo la virtud de despertar de un sueño a nuestro "cuerpo político" y de devolverlo a la realidad de una situación social y política: no vivíamos en una democracia ya hecha, sino en la fragilidad artificiosa de un régimen derivado de la evolución del franquismo. No es hora, pues, de proyectarse en utopías revolucionarias, sino de contentarse, simplemente, con conservar la nueva legalidad conseguida: partidos políticos, sindicatos, Parlamento, elecciones, Constitución, en una palabra. No tiene nada de raro, por tanto, que los líderes políticos de la izquierda hayan girado hacia posiciones cada día más conservadoras y que, por ejemplo, Felipe González se encuentre hoy a la derecha de una opción incluso socialdemócrata. Ni siquiera se habla ya de reforma del sistema, sino de sólo conservar el estado político conseguido; incluso se ofrece el PSOE como una alternativa válida para, sin riesgos de los empresarios, mantener con éxito la economía de mercado. Es decir, se ofrece como un buen gerente, un mejor administrador, del capitalismo.

Si esto es así, lo es también porque no existe una clase trabajadora propiamente dicha, con consecuencia de clase y en posesión de un papel histórico a desempeñar. La clase trabajadora ha evolucionado hacia un proyecto de simple mejora del nivel de consumo, acompañado de una pauperización espiritual -pauperización relativa de Marcuse- que ha propiciado la integración casi completa en el sistema. Hoy los trabajadores están más integrados en el sistema socioeconómico -ley de la selva a ultranza- que en la fórmula política que pueda beneficiarlos: la democracia parlamentaria. Hoy no existe voluntad de cambio y se ha perdido el componente utópico. Se han abandonado, en consecuencia, todos los objetivos de transformación del país. Hoy, todos los estratos de nuestra sociedad son conservadores. Unos, por miedo a perder su actual estado político; otros, por el riesgo que supone que desaparezca su puesto de trabajo. Desde el momento en que todos tenemos algo que conservar -y por tanto, perder- somos menos receptivos a la aventura utópica de cambiar la sociedad. En las épocas de crisis se es. paradójicamente, más conservador. En definitiva, nos encontramos en una apresurada carrera hacia la derecha -al compás, evidentemente, del giro de nuestra sociedad-, como si nadie quisiera molestar a los "poderes fácticos" e incluso se intentase congraciarse con éstos. Nadie aspira a "lo mejor", sino a lo "menos malo".

Y por si fuera poco, las experiencias y modelos históricos que nos sirven de referencia no son muy alentadores que digamos. Ni Rusia, ni China, ni siquiera Cuba o Yugoslavia, pueden estimularnos como ejemplo a seguir. Y, sin embargo, ¿acaso resulta ya imposible, por causa de "los socialismos realmente existentes", pensar en un socialismo distinto, por inventar, que sea verdaderamente socialismo? ¿Hemos de renunciar al tipo de comunidad que merece el hombre, y que fue ya acuñado hace muchos años, bajo la expresión de "asociación libre de individuos solidarios"? ¿Resulta absurdo que todavía pensemos en una estructuración de la sociedad que pueda asimilarse a una "asociación de comunas libres"? Aunque evidentemente sea difícil -cuando los desengaños históricos han sido abundantes, y la realidad de cada día se nos impone casi dramáticamente-, no podemos re-

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nunciar a nuestro componente utópico, a seguir pensando que el "mundo tiene arreglo" y, en consecuencia, a luchar y esforzarnos por un nuevo "modelo de sociedad".

Pese a todo -y precisamente por ello-, somos hoy conscientes de que la emancipación real del hombre es la necesidad más absoluta que tiene planteada el género humano. Podemos considerarlo como un objetivo fundamental. Más allá de una mejor distribución de la renta, de una buena Seguridad Social o una intensificación del consumo. El problema de la emancipación general no consiste en el aseguramiento de una base material suficiente para la existencia de todos. Hoy sabemos que ello no basta, sino que hay que conformar de nuevo todas las condiciones objetivas que hagan posible el despliegue de las subjetividades humanas. Tarea ciertamente difícil, complejísima, llena de errores, no de una o dos generaciones, pero en la que es posible, por tanteos, ir aprendiendo.

Para sobrevivir y recuperar su fuerza, la izquierda necesita una nueva ilusión creadora. Y, sobre todo, estar muy convencida de que ésta es todavía posible. Entre otras razones, porque también sabemos ahora -y la experiencia histórica lo ha demostrado- que no es suficiente con cambiar las relaciones de producción para que lo demás se nos dé por añadidura, sino que es fundamental también modificar todo el carácter general del modo de producción y, por tanto, las fuerzas productivas, la tecnoestructura. Esto quiere decir también que no basta con el crecimiento de la producción si no va acompañado de una reconversión cultural, una modificación hacia adentro, hacia lo cualitativo y subjetivo, una reconciliación de lo personal con la naturaleza; una rearticulación del hombre en una vida comunitaria. La historia se ha encargado de ir mostrándonos muchos fallos y demasiadas insuficiencias. Pero ello debe servirnos de escarmiento para evitar nuestros errores, y jamás como motivo para decepcionarnos y "tirar la toalla". El socialismo, insisto, sin reconversión cultural, sabemos,que es imposible.

Esta "reconversión cultural" supone ni más ni menos que darnos cuenta que hemos sido envenenados por la ideología occidental de dominio. Es decir, que la ley del progreso humano ha sido la ley de la competitividad y que nuestra sociedad se ha configurado bajo esa óptica del poder. Esta ley de la voluntad de poder ha regulado, hasta hoy, toda nuestra evolución biológica e histórica. Pero, ¿debe seguir haciéndolo en el futuro? Tengamos un mínimo de fe moral en la posibilidad de cambiar el mundo, sustituyendo este eje histórico de la "voluntad de poder" por el de "voluntad de liberación". Con una condición clara: que no existan liberadores sin haber sentido la necesidad de liberarse a sí mismos.

Todo esto, así dicho, es muy bonito. Pero la triste realidad es que nos encontramos con unos dirigentes que, con tal de conservar un puesto en el mundo político, adoptan las reglas del juego dominante, incluida, por supuesto, la guerra de palabras, las presiones de pasillo, las transacciones innobles, y pierden, en consecuencia, la imprescindible garra profética. Que también es necesaria, por mucho que se la desprecie.

Nadie niega que el principal objetivo en este declive general de las expectativas, que hoy se impone, es el siguiente: frenar la involución autoritaria que se nos viene encima. Habría que dejarse, pues, de maniobras entre partidos, abandonar la pequeña política coyuntural que se basa casi exclusivamente en instrumentalizar bien las oportunidades; no recrearse en el juego, al que cada cual con gran fervor se ha entregado, y que consiste en ensanchar el propio "espacio político" dando codazos a los demás. Se ha carecido, por el contrario, de una política seria, de altura, con perspectivas de futuro y pensada en función de unos intereses a largo plazo. Y ahora estamos pagando las consecuencias: una izquierda desgastada desde la oposición, quemada en un poder -el municipal, que no ha sabido, o podido, utilizar-, y mientras tanto, la derechización de nuestra sociedad se inclina cada día en nuevos grados.

Aún estamos a tiempo de recuperar la "audiencia" perdida. La única forma que la izquierda tiene de frenar el proceso involutivo es reconstruyendo la opinión pública, o sea, recuperando el respaldo popular que ha ido perdiendo. Hay que hablar claro y desenmascarar todo aquello que haya que desenmascarar. Pero además, y sobre todo, habría que ofrecer una esperanza clara de alternativa. Una alternativa no de poder, sino de futuro; no para ahora, lo inmediato, lo de mañana -nueva mayoría parlamentaria- sino de pasado mañana, a más largo plazo, expresando claramente "lo que se quiere" y "a dónde se va". Por encima de la simple maniobra o lo exclusivamente coyuntural, nos contentaríamos con que los partidos políticos de la izquierda española se comprometieran a hacer una verdadera política, de cara al pueblo y por el pueblo, y no con los ojos puestos en su particular y obsesivo posible "número de electores". En otro caso, sería caer en la clásica enfermedad de la izquierda -que, curiosamente, jamás es sufrida por la derecha- y que ya fue certeramente bautizada con el sonoro nombre de cretinismo parlamentario. Hay que recuperar, en una palabra, el componente utópico.

José Amute es militante del Partido Socialista Andaluz (PSA).

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 15 de agosto de 1981