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Tribuna:Confesiones de G. A. L., el último ejecutor de sentencias de Madrid / y 3

La envenenadora: inútil espera del indulto Jarabo: la entereza ante el patíbulo

JULIO CESAR IGLESIAS A pesar de los aumentos de sueldo, la situación de G. A. L., o Gal, el último verdugo, no mejoraba con los años: «Nunca cobré más de 6.000 pesetas mensuales». La venta de caramelos tampoco alcanzaba para salir de la miseria. Por todo ello, Gal, que nunca había dejado de ser un emigrante, fijó su residencia en Madrid. Inicialmente, vivió en un pisito de la colonia de Velázquez, en el barrio de Carabanchel; más adelante logró que le asignaran una portería en el casco antiguo. A poco de cumplir los sesenta años sufrió una recaída en su casi olvidada lesión pulmonar. Fue un golpe de suerte: el retiro de la portería por enfermedad le valió una pensión que fue ascendiendo hasta las 22.000 pesetas actuales: «El oficio de ejecutor, en cambio, no me ha dejado nada». Salvo complicaciones.

Para Gal, el alcohol era un velo que podía ponerse a voluntad delante de los ojos; la oportunidad de ver a jueces, alguaciles, médicos y capellanes a través de un cristal empañado, como veía a la turbia clientela de las tabernas de Mesón de Paredes en sus escapadas de la pensión Ferroviaria. El alcohol hacía temblar las manos a mediodía, pero les daba un sobrenatural empuje al amanecer, cuando había que dar las dos vueltas de manivela en el garrote. «Yo nunca he sido muy religioso. Ni muy católico. Nunca me he creído esa historia de Abel y Eva, ni que nadie pueda hacer de una costilla una criatura, ni en eso de la virginidad sin romperlo ni mancharlo. He pensado que tiene que haber alguien competente por encima de nosotros; en cambio, no me creo que pueda estar en todas partes. Y si está, ¿por qué permite las injusticias y los horrores? Más confío en la religión de los moros: según supe en la guerra, cuando trataba con ellos, veneran a la luna y al sol, y se ve que tienen razón ». Gracias a los delirios del alcohol, Gal pasó por una larga época en que personajes y horrores se mezclaban y confundían como en un libro apócrifo de la Sagradas Escrituras: Abel y Eva las costillas y la ubicuidad se intercalaban en su cabeza con el vidrio húmedo del Tribunal, «con el delegado del gobernador, los dos testigos del Ayuntamiento, los religiosos de la Adoración Nocturna, y conmigo y la estaca, en mitad del recinto. Nunca conseguí dejar de oír el murmullo del capellán, que venía rezando junto al reo con un crucifijo en la mano ».En esa época, piensa él, fueron ejecutadas dos sentencias en las que el reo es un personaje incompleto, una figura de perfiles ambiguos. «Sin embargo, me acuerdo muy bien de las historias. Uno era un muchacho madrileño de veintiún años que había asesinado y violado aluego a la niña de un pastor que le había dado cobijo. Esto ocurrió en la serranía de Soria, el pueblo quería lincharlo. Llegué para cumplir la sentencia, se enteraron de que era el ejecutor y todos me convidaban en las cantinas. De madrugada, vino a hablar conmigo el capellán. Me dijo que el reo quería verme. Pedirme clemencia. ¿Clemencia? ¿Qué quería? ¿Que me procesaran? Yo no podía concederle clemencia, y además, como le dije al cura: "¿Por qué no había tenido clemencia él con la niña?". Y no quise saber nada. Al verle entrar en el recinto comprobé lo que ya había supuesto: tenía cara de golfante».

«El otro fue un mecánico de Castellón. Había matado al hijo de su jefe; adispués lo había quemado en un bidón de combustible; hizo desaparecer el cadáver para simular un secuestro y sacarle dinero al padre. Mandó a un niño a cobrar lo que había pedido, y, siguiendo al niño, los policías llegaron hasta él. En Castellón, la gente también me convidaba, porque quería que se le ajusticiase. En las horas de Capilla, un fiscal quiso tomarme el pelo, por aquello de que yo era un paleto. Me preguntó que cuántos años tenía. Le dije que cuarenta y tantos. Me preguntó si a esa edad no se podía encontrar un trabajo mejor que el mío. Le contesté: "Más joven es usted. ¿No ha encontrado otro trabajo mejor que condenarlos a muerte para que aluego los mate yo?". Los que escuchaban la conversación se echaron a reír. "¡Leches con el paleto!", dijeron. El asesino de Castellón entró en el recinto muy nervioso. Es el único reo ejecutado por mí que llegó gritando. Nos decía a todos los que estábamos allí que éramos tan criminales como él. Los asesinos de Castellón y Soria me parecieron los seres más repugnantes que nunca tuve que ejecutar». En la mitología de Gal, los asesinos repugnantes siempre estuvieron asociados a niños y a profanaciones, asesinos de cuento de aldea que, insatisfechos con matar, pretendieron perseguir a los muertos hasta vaguadas y quemarlos en bidones de combustible. «Hay que respetar a los muertos. Recuerdo que los moros enterraban a los suyos mirando al sol».

Pilar la envenenadora

En las maquinaciones de Gal la mujer fue siempre un ser privilegiado y sublime. «Y cómo habría sido mi profesión que, a pesar de la repugnancia, he sentido la muerte de casi todos los reos más que la de mi madre». Su madre y su mujer, «cada día más activa, creo yo», han sido la representación de un pueblo que no hizo la guerra contra él, que nunca le persiguió en las aduanas y que está estrechamente emparentado con los niños: «Trece de los quince hijos se nos murieron, parece mentira». Por eso, Pilar Pradas, la envenenadora de Valencia, fue un reo al que nunca se atrevió a someter a juicio.

«Era una sirvienta que se enamoraba de los señoritos y, por amor envenenaba a sus mujeres. Tendría celos, supongo». Tenía veintisiete años, unas cejas ingrávidas y, dijeron los investigadores la misma afición al veneno que las sutiles princesas venecianas. Su producto favorito era el matahormigas Diluvión disuelto en boldo; la primera noticia sobre el delito de envenenamiento que se le imputaba fue el comienzo de una obsesión popular que provocó serios recelos hacia las infusiones, los matahormigas y las sirvientas de la zona. La tesis de su abogado, cuyo informe se extendió a tres horas y media en el juicio, fue una relación matemática: «Hubieranse necesitado más de veinte tubos de Diluvión para provocar la muerte de la víctima, y pensando que la capacidad de cada uno de ellos es ocho centímetros cúbicos y que se supone que Pilar los diluía en boldo, calculo que habría tenido que preparar en media hora doscientas tazas de infusión». Era un buen argumento, pero los indicios de arsénico aislados por los analistas invalidaron las cifras de la defensa. El tribunal declaró culpable a Pilar «de dos delitos de asesinato consumado y de otros dos de asesinato frustrado».

En vísperas del 23 de mayo de 1959, Gal fue llamado a Valencia.

El día prescrito, a las diez de la noche, Pilar entró en capilla. «Todos estábamos compungidos. Había en la prisión un silencio de espanto. Como siempre en los casos de ejecución inminente, todas las líneas de la centralita telefónica de la cárcel fueron liberadas, a la espera de que el jefe del Estado con cediera un indulto in extremis. A las cinco, todos, tribunal, testigos, oficiales y ejecutor, estábamos deshechos. A las seis en punto llegó al recinto conducida por dos monjas. Igual que varios de los otros reos, tampoco podía tenerse en pie. El tribunal quiso hacer una excepción. El acto fue aplazado unos minutos. Las siete de la mañana, las ocho. Ya no se podía esperar más. No olvidaré en toda mi vida la imagen de aquella mujer llorando hasta las ocho punto». Nunca como entonces tuvo la impresión de que sus manos cobraban vida propia y se negaban a obedecerle. En la mente del verdugo, Pilar no fue un reo, sino una víctima. De vuelta a Madrid, Gal notó cómo crecía mágicamente el peso de su maleta.

"Carabanchel-la-nuit destino de Jarabo

A diferencia de Gal, ex albañil, ex divisionario, ex emigrante y verdugo, José María Jarabo Pérez Morris, ex pilarista de General Mola, ex estudiante de derecho, ex portador de fotografías pornográficas y millonario, no podía pensar en sí mismo como en un desheredado. Gal discurría calle abajo por las bodegas como un reguero; iba a desembocar en Molino Rojo y quién sabe si en los brazos de alguna molinera perdida entre Embajadores y Lavapiés. Iba siguiendo la cuesta, estimulado por el peso de la maleta y por la intuición de que en el futuro la paz tampoco sería alcanzable. José María Jarabo Pérez Morris tenía el trueno en la cartera: cuando Ievantaba la mano se detenían los taxis de Gran Vía, se inclinaban los porteros de librea de Casablanca, temblaba el lanzador de cuchillos del Circo Price y brotaba whisky o agua dorada de las botellas los anaqueles. Cuando no tenía dinero ni mamá contestaba al teléfono en Puerto Rico, él empeñaba brillantes, sortijas y oropeles, y, adispués, al llegar los giros, volvía a desempeñarlos. Para Gal siempre era lunes, para José María Jarabo siempre era domingo.

Un día, sin embargo, a José María Manuel Pablo de la Cruz Jarábo Pérez Morris le fallaron las previsiones. Al parecer, dos compravendedores se negaron a que desempeñara un brillante y una carta de mujer: «¿El brillante y la carta, estaba usted dispuesto a conseguirlos por cualquier procedimiento?», preguntaría el fiscal en el juicio. «Perdón: la carta, por cualquier procedimiento; el brillante, pagando lo que por él se me pidiese», respondería Jarabo. «¿Por qué se llevó usted la pistola?», insistió el fiscal. «Tengo debilidad por las armas», dijo Jarabo. Para entonces ya había matado a tiros a Emilio Fernández Díez; a su mujer, María de los Desamparados Alonso; a su sirvienta, Paulina Ramos, y a su colega compravendedor Félix López. De regreso a casa se había llevado unas cuantas joyas que consideraba suyas. Moralmente, se entendía.

Algo más de veinte años antes, a Gal los carabineros le habían pillado en la frontera; a José María Manuel Pablo de la Cruz le denunciaron en la tintorería: había dado a lavar prendas manchadas de sangre.

A las horas de juicio, el pueblo se agolpaba primero ante las puertas de la audiencia y, adispués, se sobrecogía al escuchar las ingeniosas respuestas del reo, que salía de los diálogos tieso y diáfano, como Arsenio Lupín salía por las ventanas. Muchos españoles oyeron por primera vez la palabra psicópata, manejada por la defensa o por la Fiscalía en distintas fases del juicio, y también el modismo toxicomanía. José María Manuel Pablo de la Cruz Jarabo Pérez Morris había pasado por la vida despidiendo destellos; ahora no podía ser menos: el Tribunal le dictó cuatro penas de muerte.

Gal sólo tenía un garrote. En la madrugada del 4 de julio de 1959, ya en la cárcel de Carabanchel, el veterano ejecutor se asomó discretamente a la capilla. Ocho semanas después del ajusticiamiento de Pilar Pradas, allí estaba, yendo y viniendo, un hombretón jovial, capaz de bromear todavía con los oficiales: repartía cigarrillos, comentaba lo largo de la noche, sonreía sin rencor y, para llevar hasta el final la leyenda de Jarabo, hacía mirar tristemente hacia el suelo a los vigilantes.

«A las seis en punto llegó al recinto. Era muy alto. Debía pesar más de cien kilos. Pensé que, si se lanzaba por nosotros, cinco o seis saldríamos volando. Pero era muy competente. Se sentó en la silla, acondicioné las lunetas y el tornillo pasador y, ayudado por el café y el coñá, di dos vueltas a la manivela, Como siempre, el reo mantuvo el pulso durante siete, ocho o nueve minutos».

Después de Jarabo hubo otras ejecuciones. Gal se retiró con un atracador que había matado a un taxista: «Asesinato y robo». Un día vino a Madrid, salió en libros y películas y, no se sabe por qué, de repente comenzó a tener miedo y a creer que la huida es posible. «Me emplee en una portería, y aluego me cambié a otra: no quiero que nadie más sepa mis señas». Y el domingo pasado vigilaba los espejos de El Comercial, en la glorieta de Bilbao, para saber lo que ocurría a su espalda, momentáneamente desabrigada de su mujer, de la oscuridad del portal y del runrún de la vieja lavadora de carga superior. Toma café, dice que la reinstauración de la pena de muerte va a ser aprobada cualquier tarde en el Parlamento: «Si se votara hoy, seguro». Al mediodía, tan bien afeitado, tan pulcro, tan apretado de sienes, comienza a arrastrar sus zapatos de pana hacia la puerta. Antes de disolverse en el contraluz, alarga una mano hacia el pomo. Nadie consigue reconocer la mano del verdugo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 21 de febrero de 1981