Tribuna
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Carta a los demócratas

En un país desarrollado de Occidente, como es el nuestro; con una historia antigua que tuvo una apasionante dinámica universal; con una renta por habitante que impide el viejo objetivo de una revolución social; con una población universitaria que empieza a tener saturadas las altas profesiones de la técnica y de la cultura, constituiría un error de patología histórica hacer permanecer la alternativa política entre dictadura y democracia u otras «soluciones de emergencia» frente al sistema constitucional. Lo que se corresponde con la estructura económica, social y cultural que tenemos delante es una democracia y no otra cosa. Pero hay que convenir que las experiencias de soberanía nacional, desde las Cortes de Cádiz en adelante, no registran solamente acciones de la realeza, de los militares o de los políticos contra el sistema democrático, sino las propias insuficiencias de los políticos liberales o progresistas en la tarea de establecer y de prestigiar una democracia. Esto lo hemos sabido hacer peor en el pasado que otros pueblos de Europa. No salieron las experiencias de Cádiz y de Riego, salió mal la revolución de 1968, se hizo mal la 1 República, se agotó sin continuidad la democracia de la primera Restauración, fue equivocada la dirección y orientación de la Il República, y ahora se está probando la fragilidad preocupante de una democracia abierta en 1977. Entre vosotros, los demócratas con carné, hay demasiados bisoños, abundantes oportunismos, algunos estrategas con el objetivo puesto en otra parte, un serio provincianismo político, una gran indigencia teórica y ninguna experiencia (esto último no por vuestra culpa). En el fondo de cada individuo, orientado de buena fe hacia la democracia, existía, en aquella primavera de 1977, un deseo de liquidación de un régimen restrictivo de liberta des, una inclinación entusiasta hacia el pluralismo político y un fervor inusitado hacia el despliegue de las libertades. Creían que a eso se reducía la democracia. Precisamente por este simplismo y por otros defectos endémicos de nuestro carácter, fracasaron las otras experiencias democráticas que paradójicamente- tuvieron a su frente personajes de verdadera talla política y cultural. Aquí no se ha aprendido nunca que la democracia es un territorio más abierto que el de las otras soluciones políticas restringidas o personales, pero no deja de ser un territorio. Este territorio no es otro que el señalado por una Constitución y amurallado por la ley. La democracia es un orden jurídico y no un puerto de arrebatacapas.Vuestro primer defecto -aunque no grave- fue el de haber hecho una Constitución ambigua, preferentemente en asuntos capitales de prefiguración del Estado y de la sociedad. Cuando el profesor Hernández Gil justifica esa invitación que ha hecho el presidente del Gobierno a una nueva lectura de la Constitución en lo que se refiere a un nuevo Estado que hay que fabricar con las comunidades autónomas, proclama diferentes interpretaciones que pueda tener este asunto, y entonces estamos planeando la discusión en lo que debe ser indiscutible. Resulta que esa Constitución no nos ha dicho claramente cómo debe ser el Estado. Resultaba que habíais hecho una casa y se os había olvidado la escalera. Hay otra media docena de cuestiones en ese texto fundamental que nos autoriza a manifestar que el proceso constituyente no ha terminado. El desarrollo constitucional, mediante un paquete de leyes orgánicas, va a necesitar otra vez una negociación o un consenso parlamentarios. En cualquier caso, y aunque el tema es importante, todo esto puede ser superado, puesto que las Constituciones no son cerradas, sino abiertas. El dinamismo político y generacional de la historia no admite momias o monumentos en las leyes. Se ha visto, clamorosamente que las generaciones de

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Emilio Romero es periodista, escritor político y dirigió Pueblo, El Imparcial e Informaciones.

Carta a los demócratas

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nuevos demócratas que hicieron esta Constitución fueron más fervorosas que pragmáticas, más pícaras que rigurosas, más ingenuas que alertadas, más vanidosas que humildes y más empollonas que sabias. Los sistemas políticos son otra cosa que respuestas a las sociedades que tienen delante, y no pueden ser más importantes los dogmas que las realidades. No se puede fabricar la mano para el guante, sino un guante para la mano. Los dogmáticos en este tiempo del siglo XX son tan antiguos como la máquina de vapor.

El segundo problema que tenéis como demócratas titulares o representativos del pueblo español democrático es la refriega que os traéis en orden a vuestros objetivos políticos y a vuestra lucha por el poder, dejando en un lugar secundario los graves problemas que afectan a nuestro pueblo, a nuestro país. No se oye otra cosa en las tribunas y en los periódicos que los conflictos internos de unos o de otros. Primero apareció la gran crisis interior del nuevo partido socialista que aparecía después del largo destierro de cuarenta años. Aquel episodio privó al más importante partido de la oposición de hacer su obligación principal, que era el control del poder y la fiscalización de los actos de Gobierno, todo ello compatible con el consenso para hacer la Constitución. El partido se dividía entre los «oficiales» y los «críticos». El asunto principal de los socialistas era su identidad y su homologación con sus bases y con la Internacional Socialista. Lo que apareció en 1977 cuando empezaba a oírse por Ias calles, legalmente, normalmente, otra vez La Internacional no era otra cosa que una ilusión frente a los anteriores años de marginación, y de destierro. En la resurrección del partido revolucionario más antiguo de España, a quien después la realidad del país le proporcionaría un barullo ideológico interno, respecto a los dogmas del marxismo, del que todavía no se han liberado. Todo lo que le ocurre a Felipe González -que es una gran, promesa política española- es que no puede hacer lo que han hecho otros partidos y otros Gobiernos socialistas de Europa, porque aquí las bases son diferentes a las suecas, o a las alemanas, o a las inglesas. Su oposición al ingreso, en la OTAN es un buen ejemplo. Aquí las patatas socialistas son con picante.

Por otro lado, la vocación política irrefrenable de ese curioso invento que fue Adolfo Suárez hizo deprisa y corriendo, en aquella primavera de 1977, un partido desde el poder, con todos aquellos cuyo denominador común era, una posición política liberal, supervivientes o no del antiguo régimen, y que en solitario y -sin el amparo del poder habrían sido náufragos en las elecciones, como lo fueron a las elecciones, por separado, José María Gil-Robles y Joaquín Ruiz Giménez. Durante el primer período, la euforia del poder creó una homogeneidad de comportamientos que fueron acabándose a medida de las sucesivas crisis del Gobierno, del deterioro del consenso con la izquierda y del propio desgaste de todo gobernante. Ahora este partido que gobierna ha puesto en primer plano sus propios problemas internos y ha dejado de lado graves problemas nacionales que se han venido acumulando en estos tres años. Se habla de barones y de fontaneros y de turcos -que son sus eutrapélicos problemas- y no se habla de todo aquello que intranquiliza o que atemoriza al país.

Unos y otros se ocupan más de ellos de lo que procede, mientras que el pueblo español recibe en sus carnes los zarpazos y las consecuencias de varias crisis. La economía está en el suelo, mediante cierres de fábricas en cadena, progresión del paro, baja de la productividad e inflación; el orden público aparece seriamente afectado por una multiplicación de la delincuencia, sin per juicio de que haya más presos en las cárceles que en el antiguo régimen; un terrorismo procedente de una comunidad autónoma de más grados que ninguna de las otras y hasta con una clara de cisión de autogobierno pleno o de independentismo; una absoluta ignorancia, a estas alturas, de la figura del Estado que asuma una abundante erupción autonómica, y una exigencia de desarrollo social preferente, y, por último, una realidad internacional que jamás tuvo una desconsideración o un desprecio mayores a nuestro país, independientemente de las manifestaciones afectuosas y cargantes que se nos prodigan y que revierten en gravísimos problemas pesqueros, en las obstrucciones a la circulación de nuestro comercio exterior. Ni el ministro Calvo Sotelo alcanza en Bruselas más cosas que el antiguo ministro Ullastres en el pasado ni ha supuesto un triunfo o el respaldo a algo, que viniera a vernos Carter, cuando en el pasado lo hicieron más largamente Eisenhower o Truman, ni deja el trío Giscard-Schmidt-Thatcher de ser la única Europa dialogante con Rusia, con Norteamérica, con Oriente Medio, con Africa y hasta con Iberoamérica, ni nosotros dejamos de seguir figurando en ese corro de países que componen el suburbio menospreciado de Europa; pero ahora añadimos la presencia sobre nuestro cielo de. los buitres y de los alcotanes en la confrontación mundial, que nos crean los problemas del Sahara, de Canarias y de Marruecos. Estamos en un sitio tristemente privilegiado de esa confrontación para pedir y nos arreglan con abrazos y con tratamientos de corifeo.

Cuando todo esto ocurre, no pocos españoles están descubriendo los nuevos horizontes para sus negocios en México, en Venezuela o en Argentina, y no hay un solo indicio de que se alivie la crisis económica, de que se contenga el paro, de que se erradique la delincuencia o de que pare el terrorismo, el partido en el poder se mete largas horas en una casa del embalse de Santillana -que pertenece al Estado- para ocuparse de sus diferencias. internas, al tiempo que los periódicos cuentan la refriega interior de los socialistas entre los «críticos» y los otros, y hasta se fracciona el campo conservador de la derecha, por estas o aquellas ambiciones, mientras que tampoco está en calma esa especie de lago de Tiberíades de los nuevos demócratas comunistas, también a vueltas con su nuevo Testamento.

Esta «Carta a los demócratas» quiere ser una noble advertencia de quien anda por la calle, por las tertulias, por el país y recibe un ambiente y un clima. Si todos los que componéis la clase política de estos años habéis restaurado la democracia, no os estáis librando de estar fabricando ahora el desencanto. Estáis dando vueltas alrededor de vuestro rabo, y esto ya no es posible. Lo vuestro no interesa a nadie. A un país no le interesan sus políticos, sino sus problemas. Estáis convirtiendo esto en una cacería de zorros, y no en una acción -cada cual con sus ideas y sus soluciones- para afrontar todo lo que nos pasa. La democracia es un régimen político civilizado. La soberanía nacional en manos del pueblo es una exigencia del siglo XX. No la convirtáis en una casa de putas, que además nos está saliendo muy cara.

* Este artículo apareció en la edición impresa del martes, 15 de julio de 1980.

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