Ovaciones para Cunningham en el Camp Nou

Clara y convincente victoria del Madrid en el Camp Nou, con una sola laguna: la indulgencia de Fandos en un penalti de García Remón a Serrat, con empate a cero aún en el marcador. Pero la superioridad del Madrid, clara, fue reconocida por el público, que no pasó recibo de esta jugada y aceptó deportivamente la derrota. Cunningham fue la figura del partido: su fútbol justificó por una vez el elevadísimo precio que se pagó por él.El Barcelona salió muy nervioso, tanto que en los dos primeros minutos había ofrecido atrás dos boquetes que el Madrid no transformó en goles por casualidad; a cada barcelonista el balón le quemaba en los pies, y lo soltaba de prisa, de cualquier manera, con el fin de rehuir la responsabilidad. El Madrid ofrecía la imagen contraría, con un fútbol pausado, en el que cada hombre sabía aguantar el balón hasta que algún compañero estuviera desmarcado. Cunningham y Carrasco comenzaron pronto a alegrar a sus respectivos equipos, con espléndidas galopadas por sus bandas que levantaban al público de sus asientos y aceleraban bruscamente el ritmo lento del partido.

A medida que el Barcelona se fue serenando el encuentro entró en línea de equilibrio; aunque los medios del Madrid superaron, individualmente y como línea, a los del Barcelona, la poca aportación, esta vez, de Juanito al juego de la delantera dejaba algo cojo al ataque del Madrid, a pesar de las diabluras de Cunningham, cuyo ritmo de juego fue esta vez constante. En el otro lado, el Barcelona presionaba con bastantes hombres, pero Simonsen y Roberto «Dinamita» nunca pudieron abrir brecha, y todo quedaba reducido a las penetraciones de Carrasco. Como Cunningham alborotó mucho más que Carrasco, los mayores sustos los pasó Artola, y si no encajó ningún gol en la primera parte fue porque las veloces escapadas del negro eran acompañadas por poca gente y porque Migueli rayó a buena altura en su duelo con Santillana.

Boskov realizó en los primeros minutos del segundo tiempo dos cambios que mejoraron el rendimiento del Madrid; San José, renqueante, dejó el puesto a Sabido, y a partir de entonces Carrasco fue menos peligroso; Juanito, que estaba desplegando un juego cargado de amaneramiento y suficiencia, fue reemplazado por Roberto, que se pegó a la banda derecha y supo jugar con mayor sentido práctico. Con esos cambios, el Madrid terminó de afirmarse sobre el campo, y aunque en esa primera fase de la segunda mitad el Barcelona echó el resto y se volcó en el ataque, aguantó perfectamente y supo sacar un par de contraataques que le dejaron el partido resuelto. Uno vino enjugada de Roberto por la derecha, tras regate desgarbado y centro bien dirigido a Santillana, que bajó el balón para García Hernández, y el otro en galopada centelleante de Cunningham, que por velocidad pura desbarató todo el sistema defensivo barcelonista.

Quedaba casi media hora para el final del partido cuando el Madrid se puso en ventaja -los dos goles llegaron en un minuto- y ya hasta el final del partido se limitó a observar de cerca la impotencia del Barcelona. Roberto no pudo ni una sola vez con Benito, y el recuerdo de Heredia y Krankl, sacrificados por el club no se sabe en aras de qué, paseó por todas las cabezas. Rifé retiró a Sánchez, que hizo un pobre encuentro, para sustituirle por Landáburu, pero eso tampoco sirvió de nada. El Barcelona amenazaba con su dominio territorial, pero pasaba agonías en los contraataques del Madrid y nunca fue, a su vez, capaz de arrancarle ni una buena parada a García Remón. El único consuelo para el público barcelonista fue el disfrute del espectáculo que ofrecía Cunningham cada vez que el balón le caía en los pies y sus recortes a las espeluznantes entradas de Zuviría, sus súbitas arrancadas y sus alardes de dominio de balón fueron premiados con ovaciones como si el partido se disputara en el campo del Madrid. El público del Barcelona demostró que sabe ponerse del lado del mejor, aunque el mejor no sea el Barça, y ni siquiera pasó recibo de ese penalti birlado por Fandos en las mismísimas barbas de Núñez y de Tarradellas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del lunes, 11 de febrero de 1980.

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