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Reportaje:

"Nuestra expulsión y la prohibición del rito católico, consecuencias del aislamiento del presidente Macías"

Agustín Fernández, misionero claretiano de 82 años, tendrá que volver a Zamora 62 años después de vivir en Guinea Ecuatorial, primero bajo el régimen colonial español y luego bajo la dictadura irracional del presidente Macías. En la sala del aeropuerto, las lágrimas no le dejaron hablar. Con él vinieron, también expulsados, el hermano Manuel Cabreros, de 59 años -treinta en Guinea-; José María Núñez, de 57 años -ocho en Guinea-; José María Odena, de 43, asimismo ocho años de misión en Guinea; Miguel Saborit, de ochenta años, con 45 de estancia en la citada República africana; Pedro Antonio Díaz, de 72 años, con 46 años en Guinea, y Francisco Egusquiza, de 69 años, con veinticinco en la tierra de Macías. La historia de la expulsión se la contaron a Juan Cruz.

A doscientas mil pesetas de multa puede ser condenado a pagar cualquier ciudadano guineano que aparezca con un periódico español y que sea localizado por un policía del presidente Macías, dictador africano que antes de ocupar tan relevante cargo en Guinea Ecuatorial era funcionario de Obras Públicas de la antigua Administración colonial.No hay periódicos. La televisión tampoco funciona. Los 250.000 guineanos se habrán podido enterar de la expulsión de los últimos misioneros católicos que había en el país gracias a la radio extranjera que puedan sintonizar en sus casas, bajo el mismo régimen de terror con que se asoman de vez en cuando a un periódico proscrito.

Para Agustín Fernández, misionero claretiano de 82 años, que llevaba 62 en Guinea, «aquello fue un atraco». Los policías que fueron a visitarles y a detenerles no se llevaron consigo sólo a las personas de los misioneros, sino que requisaron también sus pertenencias, sobre todo las económicas.

Uno de los misioneros repatriados por Macías tenía, cuando le apresaron, unas 300.000 ekueles, el equivalente de 300.000 pesetas. Francisco Egusquiza, un vasco de 69 años que llevaba veinticinco en la tierra de Macías, se negó a dar una sola peseta, mientras los policías le insistían: «Con algo debemos pagarles el viaje de regreso a España», decían los agentes agitando unas bolsitas de plástico.

«La razón de la expulsión -cree Pedro Antonio Díaz, sacerdote claretiano de 72 años, 46 en Guinea- es envidia. A Macías no le agradaba que nosotros llenáramos sin presión las iglesias o que atrajéramos la voluntad de la gente sin utilizar la fuerza para hacerlo posible. Y él cada día se halla más alejado del pueblo, más aislado.» Desde hace un año Macías no visita la isla que lleva su nombre y que antes se denominaba Fernando Poo, cuyos habitantes siempre se han manifestado contrarios a la gestión del presidente. Era en esta isla donde residían los misioneros españoles ahora expulsados.

La expulsión ha coincidido con la prohibición gubernamental de la práctica del rito católico. A pesar de esta limitación, sigue viviendo en Guinea Leonardo Fuente, un sacerdote español de 85 años, que junto con algunos sacerdotes nativos forman el escaso clero, cuya estancia, de momento, permite Macías.

Hace un mes, Macías había ordenado la expulsión de las religiosas que vivían en Guinea Ecuatorial. La razón, en esta ocasión, fue la acusación que pesaba sobre las monjas de ejercer labor de espionaje en favor del Gobierno español. A las religiosas se les dieron diez minutos para preparar su equipaje básico. A los sacerdotes expulsados ahora se les mantuvo en celdas diferentes durante cinco días. El cautiverio no fue tan dramático como el que padecen los propios guineanos presos o el que sufrieron los salesianos que hace un año fueron también hostigados y expulsados de Guinea Ecuatorial. Los sacerdotes salesianos tuvieron que cortar hierba y limpiar calles, para escarnio público.

Los misioneros claretianos eran, para las autoridades guineanas, continuadores de la labor de inteligencia de las monjas. Mientras éstas ejercían un espionaje evidente, aquéllos eran confidentes que pasaban secretos políticos mientras confesaban a los nativos de Guinea. «Imposible -dicen los misioneros- porque todos nosotros no somos sacerdotes, sino que también hay hermanos entre los expulsados, y éstos no pueden confesar a nadie.»

Hubo amenazas previas al la expulsión. La prohibición del culto también «se veía venir», dice el padre Díaz, que recuerda que fue el pasado día 24 de junio cuando quedaron clausurados los templos. Antes, el hostigamiento era perpetuo. «Para nosotros -dice Moisés del Rey, superior, de misioneros de Guinea Ecuatorial-, igual que para todos los habitantes de aquel país, Guinea dejó de ser el paraiso de Africa para convertirse en el infierno de aquel continente. » Detrás de sí, los últimos misioneros españoles dejan graves problemas de hambre, salud y relaciones humahas. Una vida presidida por el miedo y la resignación «de un pueblo que sufre lo indecible».

Los misioneros expulsados conocen también de cerca la vida carcelaria. Ellos durmieron en el suelo, en celdas minúsculas, pero comieron. Los prisioneros guineanos no tienen permiso para comer. Uno de ellos cuenta que conoce casos en los que los reclusos piden directamente la muerte a sus vigilantes, que en ocasiones obedecen y, en efecto, matan al preso.

Para los sacerdotes españoles, «la expulsión ha sido una liberación. Los guineanos, sin embargo, siguen sufriendo un régimen dictatorial, cuya crisis comenzó cuando los españoles fueron expulsados y cuando los nigerianos se cansaron de padecer un trato discriminatorio y humillante y dejaron de prestar su mano de obra a la agricultura de Guinea».

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 7 de julio de 1978

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