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Relatos de una Amateur
Opinión

El eco de un gol en la ciudad

He descubierto un placer difuso en eso de escuchar cómo mis vecinos de calle cantan los goles antes de que yo pueda verlos

Mikel Oyarzabal marca el gol de la victoria ante Inglaterra en la final de la Eurocopa 2024.FILIP SINGER (EFE)

Como comparto mi cuenta de fútbol con mi padre y hermanos, y solo puedo ver algunos partidos por ordenador, las jugadas me llegan con unos 30 segundos de retraso respecto a la realidad. Es un inconveniente al que he terminado cogiéndole cariño porque los seres humanos somos así de retorcidos, nos acostumbramos a cualquier desgracia si le encontramos un ángulo medianamente poético. En mi caso, he descubierto un placer difuso en eso de escuchar cómo mis vecinos de calle cantan los goles antes de que yo pueda verlos. Seguramente porque en ese pequeño intervalo de tiempo cabe toda la imaginación posible, el gol puede ser de cualquiera.

La verdad es que hay algo de lirismo en el sonido de una ciudad rasgándose durante los goles de los partidos importantes; cuando puedes escuchar un clamor unánime y visceral parecido al canto de una manada de ballenas, un rugido monocorde, un estruendo que no viene de una dirección concreta, que casi parece emerger del asfalto mismo escalando fachadas hasta atravesar puertas y paredes.

Vivo en un séptimo piso de Madrid y desde esa altura el efecto es impresionante. Solo en momentos excepcionales como el gol de una eliminatoria decisiva, una final o quizá una manifestación masiva, la ciudad consigue convertirse en esa inmensa caja de resonancia, como si fuese un instrumento de viento gigantesco. Son los únicos momentos en los que nuestras individualidades se funden en una misma señal acústica tan potente que mueve el suelo, literalmente.

No es una licencia literaria. Los datos del CSIC confirmaron que Madrid y Barcelona temblaron cuando Nico Williams rompió el marcador en la final de la Eurocopa 2024 y, de nuevo, cuando Mikel Oyarzabal sentenció el partido en el minuto 86 frente a Inglaterra. El sismólogo Jordi Díaz procesó ese pulso común: dos picos de energía brutales, uno pasadas las 22.00 y otro sobre las 22.45. No era la primera vez que ocurría, claro. Siete años antes, un sismómetro del Instituto de Ciencias de la Tierra Jaume Almera captó las señales de los seis goles de la remontada del Barça frente al PSG; unos temblores equivalentes a una magnitud de uno en la escala de Richter. Barcelona sintió aquel día un clamor de inverosimilitud como nunca se había registrado en los registros geológicos de la ciudad.

He incorporado tanto estos spoilers futbolísticos sonoros a mi rutina que hace un mes me ocurrió algo verdaderamente ridículo en Balaídos. Cuando el Celta anotó un gol frente al Real Madrid, me quedé unos microsegundos estática en mi asiento esperando ese retraso de la señal respecto a la vida real. Por puro hábito permanecí aguardando a que la ciudad se me adelantase en la celebración desde fuera del estadio. El fútbol moderno nos ha hackeado el cerebro que llegamos a desconfiar de nuestros propios ojos si no hay una confirmación externa de los hechos.

En un relato maravilloso, el escritor Hernán Casciari cuenta que su padre le decía que si durante la transmisión de un partido aparece un edificio o una autopista detrás de la tribuna, no es un partido serio. Desconozco el motivo, quizá se lo decía porque en los estadios imponentes las gradas superan la altura de los edificios y la acústica propia llega a anular cualquier sonido procedente del exterior. Los estadios imponentes son burbujas. A mí, sin embargo, me gustan los estadios como Vallecas, desde donde puedes ver el perfil de los edificios de ladrillo, con personas asomadas en los balcones y ventanas. Me gustan los estadios que no tienen miedo a mezclarse con el barrio que los acoge. Me gusta escuchar cómo una ciudad entera ruge y pierde el equilibrio de pura alegría durante los minutos de un gol.

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