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ALIENACIÓN INDEBIDA
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Adiós a Sergio Busquets: el hijo del centrocampista enjaulado

Se cierra una época elevada a la categoría de ficción por todos los que todavía no hemos terminado de frotarnos los ojos, años en los que todo el mundo miraba hacia Barcelona sin entender lo que allí ocurría

Sergio Busquets saluda al público durante un partido del Barça en el Camp Nou. Foto: DAVID S. BUSTAMANTE/SOCCRATES (GETTY IMAGES) | Vídeo: EPV

“Incluso cuando la televisión no lo enfoca, está haciendo algunas cosas bien”, declaró el Cholo Simeone sobre Sergio Busquets en cierta ocasión, una definición excepcional por la distancia que existe entre el fútbol de ambos polos y enmarcada, al mismo tiempo, en una declaración de amor sin parangón, al haber sido pronunciada en presencia del mismísimo Pep Guardiola. “Por ahí tienes a Messi, a Iniesta, a Xavi... Pero Busquets es el que lo hace todo bien, el futbolista más importante del equipo es él”, insistía el monarca de las antípodas cruyffistas en un planteamiento que apenas ha generado discusión lejos de la propia Barcelona, un poco como la peatonalización de la ciudad, que solo parece molestar a quiénes necesitan de un coche —o de N’Golo Kanté— para vivir tranquilos.

El mejor equipo de la historia nació de una anomalía soberbia: el entonces recién nombrado entrenador, un novato que venía de entrenar al filial en Tercera División, se empeñó en despachar a las grandes figuras del primer equipo sin un duro en la caja para reponer existencias. “Busquets y Pedrito”, contestó cuando le preguntaron quiénes sustituirían a Deco y Ronaldinho. Que Joan Laporta no infartase en aquel preciso instante nos habla de un corazón de naturaleza excepcional. Que atendiese a las razones de los técnicos y aceptase un cambio de paradigma semejante, le convierte en una figura fundamental para comprender toda aquella locura ordenada sobre el campo por un tal Sergio: el hijo de un portero tan singular que soñaba con ser mediocentro, pero le gustaba jugar en chándal.

Óscar Aibar, director de Cuéntame cómo pasó o El sustituto, recuerda perfectamente cómo era aquel Barça en el que Carlos Busquets tuvo que aprender a conformarse. Llegó a jugar en el Juvenil A y durante el proceso se cruzó con figuras tan importantes y controvertidas en la historia moderna del club como Albert Benaiges, que fue su entrenador en las primeras categorías. “Un día, entrenando en aquellos campos viejos campos de la montaña, le pegamos un balonazo a un búho que pasaba volando y, claro, el pájaro cayó al suelo malherido”, relata con cierto pudor. “Y allí estábamos, un grupo de críos bastante impactados por lo ocurrido, rodeando al animal, cuando apareció Benaiges y le pisó la cabeza al pobre búho”. Así era aquel Barça. O aquel otro fútbol, en general, donde se idolatraba a tipos duros como Migueli mientras se despreciaban otras muchas virtudes. No parece descabellado pensar que de ahí provienen, algunos en herencia, gran parte de los críticos naturales que a lo largo de su carrera ha tenido que soportar el hijo prodigioso de aquel centrocampista enjaulado.

Con el adiós de Sergio Busquets se cierra una época elevada a la categoría de ficción por todos los que todavía no hemos terminado (quizá no lo hagamos nunca) de frotarnos los ojos, años en los que una simple idea cambió el fútbol global y todo el mundo miraba hacia Barcelona sin entender lo que allí ocurría. Por eso a Busquets nunca lo incluyeron en las votaciones para el Balón de Oro, un premio pensado para ensalzar cuanto ocurre bajo la mirada selectiva de las cámaras. “No ha sido una decisión fácil, pero ha llegado el momento”, concedió en su despedida un futbolista que convirtió la toma decisiones en su alambre particular y el acierto en una mala costumbre: digamos adiós al Fútbol con mayúsculas y hola, de nuevo, a la pelota con cosas.

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