El Olympique de Lyon supera con autoridad al Barcelona en la final de la Champions femenina

El cuadro francés desarbola al equipo culé con tres goles en la primera media hora y se defiende hasta coronarse por octava vez en la máxima competición continental

Las jugadoras del Lyon celebran la Champions conquistada ante el Barcelona (3-1) en Turín.
Las jugadoras del Lyon celebran la Champions conquistada ante el Barcelona (3-1) en Turín.MARCO BERTORELLO (AFP)

En la Champions League manda el Olympique de Lyon. Y de eso, el cuadro francés, no quería que quedara ninguna duda. Al Barcelona ya se lo había dejado claro en su primera final de Europa en 2019 en Budapest (4-1) y este sábado lo volvió a padecer en Turín. En el momento en que las azulgrana andaban con la confianza en llamas, dispuestas a tutearlas, ya con el traje de campeón defensor del título, el Lyon las volvió a mandar a la lona. Como en Hungría, al cuadro francés le bastó media hora para enseñar su poderío: tres goles en 33 minutos. Esta vez, el Barça se rebeló. No le alcanzó. El camaleónico Lyon, capaz de dominar el partido con y sin el balón, tan duro fuerte físicamente como mentalmente, es imposible de descifrar para el Barcelona.

Goles
Tarjetas amarillas
Tarjetas rojas

En un duelo cargado de simbolismo, en el que se medían los últimos dos campeones de Europa, dueños de dos estilos diferentes, el Lyon no quería que nadie ponga en jaque su hegemonía. El cuadro francés levantó su octava Champions en una especie de baño de realidad para las azulgrana. Antes de la final de Turín, el Barcelona y el Lyon se habían enfrentado en cinco oportunidades, en todas con el mismo ganador: el cuadro francés. Nada cambió en Turín, por mucho que Jonatan Giráldez, técnico del Barça, le diera vueltas el duelo.

Giráldez apostó por el control contra el tácticamente desordenado Lyon. De entrada, el mensaje era claro: Jenni Hermoso en lugar de Oshola, menos profundidad pero más piernas para atar el balón en la medular. Sobre todo, si se tenía en cuenta que, con Martens fuera de forma, el técnico azulgrana colocó de extremo izquierdo a Mariona. Sin embargo, en el amanecer del duelo, el Barça sufría para sortear la presión de las francesas. Si hasta Putellas, una especialista en eso de esconder el cuero, acumuló cuatro pérdidas en seis minutos, la última letal para Paños. Recobrándose de una entrada, Henry tomó la pelota a 30 metros de la portería del Barcelona y no se lo pensó: sacó un latigazo, potente y preciso, que se coló en la escuadra.

El gol, símbolo de poderío, mandaba un mensaje claro: Europa es territorio del Lyon, presente en 10 finales de la Champions. De hecho, las once azulgrana que saltaron al campo ya sabían qué era perder final de Champions ante el Lyon. Las que estuvieron en la final de Budapest, pero también Paredes (cuando vestía la camiseta del PSG) y Rolfo (Wolfsburgo). Y las jugadoras de Bompastor no ocultaban su deseo de enseñarle al Barça quiénes eran las dueñas del continente. Nada más marcar Henry todas las futbolistas del cuadro francés, incluida la portera Endler, se unieron en una piña en el círculo central.

Aturdido e impreciso, el Barça no lograba descansar con el balón y solo rompía al Lyon con los desmarques de Aitana y las escaladas por la banda izquierda de Rolfo. Bonmatí se coló en el área del cuadro francés, pero el remate de Hermoso lo rechazó sin demasiado esfuerzo Endler. La 10 tampoco estuvo acertada en el área pequeña para mandar a la red el buen pase lateral de Rolfo.

A los analistas del Barcelona les resultó complicado preparar la final. No había manera de encontrar patrones en el juego del Lyon. Un caos imposible de descifrar, por momentos brillantes, en otros intrascendente, una acumulación de cromos capaz de lo mejor, nunca de lo peor, siempre imposible de tumbar para el Barça.

Y si de cromos se trata, ninguno mejor que Ada Hegerberg. La noruega no necesitó mucho para demostrar por qué es la mejor artillera de la Champions. En su primer remate a puerta, la ganadora del primer Balón de Oro firmó de cabeza el 0-2. La superioridad del Lyon comenzaba en la potencia física para controlar a las volantes del Barça, se gestaba en las alas y se materializaba en el área. El reloj recién pasaba la media hora, cuando Macario cantó el tercero después de aprovechar un despiste azulgrana en la zaga. El Barcelona estaba grogui, sin su brújula en la medular. Patri Guijarro padecía con la presión de las francesas, Aitana no encontraba su lugar y Alexia recién apareció en el minuto 41, cuando con firmeza remató en el corazón del área el centro de Hansen.

Tras el paso por los vestuarios, Giráldez cambió de plan. En realidad, volvió a su idea inicial: potencia física y velocidad para atacar el espacio con Oshoala. La receta asustó al Lyon. Entonces, cuando el duelo se ponía a golpe por golpe, el preparador azulgrana sumó más gasolina: Martens. El Olympique había amenazado a Paños con Cascarino y Malard, pero el Barça ya estaba instalado en el campo del Lyon.

Tras el remate al larguero de Patri Guijarro —recuperó el balón en la mitad del campo y, cuando vio a Endler adelantada, no dudó en disparar—, el Barça sacó más orgullo que fútbol. Comenzó a mover el cuero, ahora con dos extremos bien abiertas como Martens y Graham y una delantera incómoda para la defensa del Lyon como Oshola, que liberaron a Guijarro, Aitana y Putellas. Pero el Lyon se defendió sin complejos. Y aguantó. Jugó con el reloj hasta levantar su octava Champions y enseñarle al mundo quién manda en Europa.

Puedes seguir a EL PAÍS Deportes en Facebook y Twitter, o apuntarte aquí para recibir nuestra newsletter semanal.

Sobre la firma

Juan I. Irigoyen

Redactor especializado en el FC Barcelona y fútbol sudamericano. Ha desarrollado su carrera en EL PAÍS. Ha cubierto Mundial de fútbol, Copa América y Champions Femenina. Es licenciado en ADE, MBA en la Universidad Católica Argentina y Máster de Periodismo BCN-NY en la Universitat de Barcelona, en la que es profesor de Periodismo Deportivo.

Normas

Más información

Archivado En

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS