Las sanciones contra el oligarca Abramóvich ponen en riesgo el futuro del Chelsea

La retirada del patrocinio de la empresa ThreeUK y la prohibición de venta de entradas o comercialización de la marca del club provoca serios apuros económicos al campeón de Europa

Roman Abramóvich, en el palco de Stamford Bridge en 2017.
Roman Abramóvich, en el palco de Stamford Bridge en 2017.BEN STANSALL (AFP)

El paso de Roman Abramóvich por la historia del Chelsea puede acabar siendo un viaje de ida y vuelta que deje al club en la misma cuneta de la que lo rescató el oligarca ruso hace casi 20 años. Las duras sanciones económicas impuestas al empresario por el Gobierno de Boris Johnson, por sus vínculos con el régimen de Vladímir Putin y su connivencia con los ataques a la integridad territorial de Ucrania, han colocado a la entidad deportiva en respiración asistida.

Para empezar, Abramóvich ya no podrá vender la propiedad del club, como anunció la semana pasada. Esa posible transacción, en la que ya se había puesto a trabajar el bufete jurídico del multimillonario, así como el banco de inversión estadounidense Raine Group, ha quedado paralizada. El Gobierno británico aclaró el jueves, en el mismo comunicado en el que anunciaba la congelación de todos los activos del oligarca, que aprobaría una licencia expresa “que incluyera el permiso para que el club siguiera participando en competiciones y otras actividades relacionadas con el fútbol, con la intención de proteger a la Premier League, a toda la estructura piramidal del deporte, a los aficionados leales y a otros clubes”.

Las disposiciones prácticas de ese permiso especial han impuesto serias restricciones en el día a día y en los planes a medio plazo del Chelsea. El club no puede vender más entradas para las competiciones que restan esta temporada. Teniendo en cuenta que el coste mínimo de una localidad es de 56 euros, y de que las plazas sobrantes en el estadio Stamford Bridge, descontadas las ocupadas por propietarios de abonos de temporada, son 12.834, las pérdidas para el club podrían suponer más de 700.000 euros por partido. “Todas estas medidas tendrán un impacto directo sobre el Chelsea y sus aficionados, pero estamos trabajando con intensidad para asegurarnos de que ni la entidad ni la competición nacional sufran daños innecesarios”, ha dicho Nadine Dorries, la ministra de Cultura y Deportes, encargada de negociar con los responsables del club en las últimas horas.

El Chelsea no puede tampoco vender camisetas, gorras, bufandas ni nada relacionado con su marca en la tienda del estadio, que permanece cerrada. Solo aquellos terceros que hayan comprado previamente material del club podrán venderlo hasta agotar existencias. Ni siquiera puede aceptarse la reserva de habitaciones en el hotel adyacente a Stamford Bridge.

El Chelsea ya no puede, por el momento, comprar ni vender jugadores, o renovar contratos de la actual plantilla. En las circunstancias actuales, Antonio Rüdiger, Andreas Christensen o César Azpilicueta deberían abandonar la entidad el verano que viene al acabar contrato.

La entidad podrá seguir pagando las nóminas de jugadores y del personal laboral, y recibirá el dinero correspondiente a los derechos de retransmisión, aunque este dinero quedará congelado y bajo control del Gobierno británico. Los gastos de desplazamiento, para los encuentros que se juegan fuera de casa o en otros países —como es el caso de la Champions League— no podrán superar los 24.000 euros por partido. Según Sky Sports, que cita al agente de uno de los jugadores, la entidad ya ha pagado por adelantado la mayoría de sus viajes fuera del Reino Unido, como por ejemplo el del próximo miércoles a Francia para jugar la Champions contra el Lille. En el caso de los encuentros en los que el club es anfitrión, que suponen gastos descomunales en materia de seguridad y logística, la cantidad límite de gasto será de aproximadamente 600.000 euros.

El golpe del patrocinador

El anuncio de ThreeUK, la operadora de telefonía móvil, de que suspendía por el momento su patrocinio del Chelsea y retiraba su nombre de las camisetas, ha supuesto un duro golpe que ha añadido más incertidumbre al futuro de la entidad. Se trata de un acuerdo de 47 millones de euros, pero su simbolismo es muy superior, porque abre las puertas a que otras marcas, como la deportiva Nike, que suministra el equipamiento del club, hayan sugerido, ya que se están replanteando su relación con el Chelsea, como ha indicado el diario Daily Mail. En el caso de Nike, sostiene un acuerdo de más de 1.000 millones de euros firmado en 2016 con el club por 15 años, y su anulación supondría al Chelsea pérdidas de más de 640 millones de euros.

El club podría solicitar al Gobierno de Johnson que su venta siguiera adelante, aunque ya no fuera bajo el control de Abramóvich, y Downing Street podría acceder a ello, en el caso de que la transacción derivara en beneficio de los intereses del equipo y sus aficionados, y el oligarca ruso no obtuviera ninguna ventaja. El propio Ejecutivo británico tomaría las riendas de la operación, y los beneficios irían destinados a las víctimas de la guerra en Ucrania. Antes de que sus bienes y negocios quedaran totalmente congelados este jueves, el propio Abramóvich ya había anunciado su voluntad de destinar el ingreso de la venta a fines caritativos para paliar los daños de brutal invasión rusa, e incluso anticipó su intención de renunciar a cobrar los más de 2.000 millones de euros que prestó al club en su momento.

El último en incorporarse al grupo de empresarios que han mostrado su interés por el club, que bajo la sombra de Abramóvich ha ganado 17 títulos y dos Champions League, ha sido el promotor inmobiliario británio Nick Candy. “Estamos examinando los detalles del anuncio [de la congelación de los activos del oligarca] y seguimos interesados en realizar una oferta”, ha dicho un portavoz de Candy, que tiene intención de acudir a la puja con un consorcio de inversores estadounidenses. “Es claramente un momento de gran incertidumbre para los aficionados del Chelsea”, añadía.

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Sobre la firma

Rafa de Miguel

Es el corresponsal de EL PAÍS para el Reino Unido e Irlanda. Fue el primer corresponsal de CNN+ en EE UU, donde cubrió el 11-S. Ha dirigido los Servicios Informativos de la SER, fue redactor Jefe de España y Director Adjunto de EL PAÍS. Licenciado en Derecho y Máster en Periodismo por la Escuela de EL PAÍS/UNAM.

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