Pincha Jakobsen, Sénéchal da el golpe más bien dado en la Vuelta a España

En Villanueva de la Serena, victoria al sprint del francés que suple en la llegada a su compañero en una etapa de paso hacia la montaña de Guadalupe, adonde llegará de rojo el noruego Eiking

El pelotón, en la Siberia extremeña, y, al fondo, el Masatrigo.
El pelotón, en la Siberia extremeña, y, al fondo, el Masatrigo.Manuel Bruque (EFE)

En la recta pincha Jakobsen. “Esprinta tú”, grita por el pinganillo. Habla con Sénéchal, el francés grandote que le salvó la vida y que se gana la vida lanzándole los sprints. Gana. Le arruina el día a Trentin, que vuelve a patinar. Salva el día de los Deceuninck, su equipo, que solo entiende el ciclismo como victoria. El garrote más bien dado, que diría Calderón, como el subtítulo de su alcalde de Zalamea, tan cercana.

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Entre Córdoba y Badajoz, en la raya del cerdo ibérico y sus dehesas, están achicharrados, negro carbón, a punto de cosecha, los girasoles que en Burgos, tan exuberantes, desafiaban al sol, siempre buscando el cara a cara, y afeaban su mustiez a las otras plantas, ya caídas; en Peñarroya la maquinaria antes rutilante de sus minas cerradas son esqueletos, monumentos a la obsolescencia, vertedero en el que nunca caerán las bicicletas, herramientas de un deporte, como la minería, de sudor y agonía, que florece en tiempos posmodernos de fascinación por la alta tecnología, materiales espaciales y ciclistas de alma antigua que se forman en salones con aire acondicionado en los que sobre rodillos computarizados escalan Tourmalets virtuales; y en la Siberia extremeña, paisaje lunar y mares falsos de cereal ya cosechado y agua, calor verdadero y un cono perfectamente cónico como un montón de trigo modelado por las leyes físicas que es una isla y una rotonda de carretera, podrían sonar, casi inaudibles, arrullando al pelotón tan lento, tan quemados ya sus ánimos verdes, las campanas del Kremlin si al falso pedante Chad Haga, contrarrelojista, aguador, escritor, texano, ingeniero, y pianista, y defensor de la coma de Oxford, siempre, no le importara tararear las primeras notas del preludio en Do sostenido menor que compuso Rachmaninov al salir de un funeral y fascina a Haga, quien cuando salió del coma en una UCI de Alicante se despertó romántico y comprobó que estaba vivo y le funcionaba bien la cabeza tecleando mentalmente la polonesa heroica de Chopin.

Haga, el herido más grave, el más tocado, del atropello múltiple que sufrió hace cinco años su equipo, el de Degenkolb, que perdió varios dedos, entonces llamado Giant-Alpecin, en Alicante, experimenta con las letras y todos los días, en Twitter, lanza su crónica de la etapa en forma de epigramas de no más de dos docenas de palabras (un ejemplo, la etapa de Córdoba, el sprint de Magnus, que en mala traducción al español se alarga: el tipo al que le encanta dar emoción a las etapas se lleva otra mientras algunos de los líderes hacen que la etapa sea más emocionante de lo necesario, #La Vuelta supersimplificada), lo que viene muy bien, y es hasta conseguible, los días que pasan unas cuantas cosas, pero no tanto el día que la Vuelta viaja de Lope a Calderón, de Fuente Obejuna a la Serena y las vegas del Guadiana, y Zalamea un poco más allá de la meta de Villanueva, jamón y torta de queso de merinas, por Siberia y por un entramado de pueblos nuevos construidos tras la inundación de los antiguos en los embalses gigantes, una etapa encajonada entre el recuerdo del gran calor del Guadalquivir y la aprensión hacia la subida al Pico Villuercas por Guadalupe que les espera el sábado.

Llanura sin fin. Ritmo entrecortado. Tres en fuga desesperanzados. Uno naranja. Uno morado. Uno verde. Maté. Rubio. Cuadros. Es lo que toca, dicen en meta. Ya sabíamos que no íbamos a ninguna parte pero no merecíamos esta tortura. Viento de cara y el pelotón que no quería cogernos, siempre a un minuto detrás.

Nadie va a ninguna parte, podría resumir Haga en su epigrama. Un par de sustos. Falsos abanicos en las dehesas, entre encinas. La pereza, la pereza, lamenta Perico en la tele. No el viento. Un repecho y la goza Adam Yates, relevando delante, y su compañero Egan, cortado detrás.

Entrando en Villanueva, el pelotón es un hilo que se corta con la velocidad del Deceuninck lanzando a Jakobsen, aquel que no es de su equipo, pero que regresó de la muerte, como él, Haga, quien se alegra de sus victorias recuperadas. Despegada la pereza de su maillot blanco, joven, Egan se lanza a la aventura del llano. Se entremezcla con los más rápidos. Le devuelve a Adam, crecidos y multiplicados hasta cinco, los segundos que el inglés habría querido sumarle.

“Es bonito ganar en la Vuelta”, dice Sénéchal, de 28 años, que es de Cambrai, al norte de Francia. “Pero yo estoy aquí preparándome para la París-Roubaix, la carrera que me quita el sueño”.

Odd Eiking, silente, casi invisible, sigue líder. Roglic no se cae.

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Sobre la firma

Carlos Arribas

Periodista de EL PAÍS desde 1990. Cubre regularmente los Juegos Olímpicos, las principales competiciones de ciclismo y atletismo y las noticias de dopaje.

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