El sinvivir sin Messi

Conmoción en el mundo azulgrana por la partida de un delantero cuyo juego y marcas han permitido actualizar la historia del fútbol y de sus figuras y encumbrar al Barça

Retrato de Messi en la tienda oficial del Barcelona el pasado viernes.
Retrato de Messi en la tienda oficial del Barcelona el pasado viernes.Alejandro García (EFE)

El 10 no figura en la lista de dorsales anunciados por el Barça para el acto de presentación de la plantilla para la próxima temporada durante el Trofeo Joan Gamper, que enfrentará al equipo con la Juve (domingo, estadio Johan Cruyff, 21.30). No se sabe si el club pretende homenajear por un día o de por vida a Leo Messi o es el anuncio de que ningún jugador se atreve a vestir la camiseta del que ha sido el líder del Barcelona más famoso y exitoso de la historia desde su fundación en 1899. Aquella zamarra que inflaba el Camp Nou, sometía al Bernabéu y conquistaba Roma, Wembley y Berlín, portada después de los diarios y apertura de los informativos, solo parece tener sentido en el menudo cuerpo de aquel joven de 18 años que gobernó el mundo a partir precisamente de un partido del Gamper disputado en el estadio azulgrana el 24 de agosto de 2005 contra la Juventus. “¡Déjenme a este pequeño diablo!”, exclamó Capello como certificado de garantía de Messi.

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De la servilleta al burofax

Nadie mejor que un técnico ajeno a la causa culé para que el propio barcelonismo, y por extensión el fútbol europeo, supiera del impacto que tendría el 10 del Barça. A partir de entonces se escribió la biografía y se construyó el mito de Messi. Apareció la abuela de Rosario a la que dedicaba sus goles; se conoció a la amiga que utilizaba de intérprete para comunicarse con la maestra; se supo también que se pinchaba cada noche la hormona del crecimiento; y quedó constancia de que su primer contrato con el Barcelona se formalizó en una servilleta, anticipo del burofax con el que después anunció su deseo de abandonar el Camp Nou y más tarde del comunicado que finiquitó su vínculo con el Barça. El relato fue siempre tan popular y agradecido que resistió la mancha de Mourinho cuando lo acusó de ser un actor de teatro en Stamford Bridge un año después de seducir a Capello. No hay entrenador ni jugador rival que no presuma de haber sido víctima de Messi.

Los técnicos azulgrana se desviven por explicar las proezas de aquel niño que oficiaba de solista la mañana de su presentación después de absorber en una noche el solfeo de la Masia. A Messi le salen amigos y conocidos de cuantas camadas han salido del Barça y muy especialmente de aquel cadete que formó con Piqué y Cesc dirigido por Tito Vilanova. La mayoría de aficionados sabe que para ser escuchados necesitan tener un vínculo con el 10, una anécdota que contar, un gol que cantar o un sueño húmedo como los de Laporta. Ha sido un futbolista capaz de juntar al niño, al padre y al abuelo de una misma familia barcelonista cuando más se discute sobre el choque de generaciones y aumenta el desinterés del fútbol en los jóvenes, más juguetones y analistas que espectadores y, sin embargo, hipnotizados por Messi. Ha habido colas de niños y mayores, de músicos y poetas, de científicos y artistas, de extraños al fútbol, pendientes de ver y saludar al 10. Messi ha sido tan extraordinario que a sus 34 años escapa a cualquier diagnóstico que no sea el de un niño feliz con la pelota y, como tal, tirano cuando no gana, impenetrable si pierde, siempre competitivo, ganador por naturaleza y por tanto a gusto con los buenos futbolistas y entrenadores, pocos tan convincentes como Guardiola.

Sin heredero

No se recuerda a un equipo más armónico que aquel Barça nacido en 2008, coronado en 2011 y protagonista del Balón de Oro de 2010 que reunió a Xavi, Iniesta y al propio Messi. Al equipo, mejor o peor, nunca le han faltado los 30 goles por temporada del 10, hilo conductor del éxito, colectivo e individual, siempre estimulado por Cristiano Ronaldo. No hay en el mundo un jugador como Messi, capaz de sobrevivir incluso al carácter agotador del Barça, porque no es el jugador sino la directiva la que corta la relación que le impedirá ser futbolista de un solo club como Pelé con el Santos.

El desgaste emocional que genera un club tan singular como el azulgrana ha provocado rupturas históricas y también partidas sorprendentemente indoloras como la de Maradona. Neymar huyó, a Ronaldo se le dejó escapar por la gracia de la Virgen María —palabra de Núñez— y para siempre quedará la traición de Figo. Kubala se pasó al Espanyol y Samitier trabajó para Bernabéu. No quiso el Barça compartir tampoco a Di Stéfano con el Madrid. Y ya se sabe que Cruyff tuvo un final silencioso como futbolista y estruendoso como entrenador mientras Guardiola se vació tanto en el Camp Nou que para volver a un banquillo necesitó un año sabático en Nueva York. Messi ha aguantado hasta que el club se ha arruinado, para que a su alrededor se actualizara la historia, todos los récords y la vida de sus figuras, las de Pelé, Di Stéfano, Maradona, Cruyff y la suya, hoy el número uno.

La técnica de Kubala, la movilidad de Cruyff y la gambetta de Maradona forman parte de alguna manera del repertorio de Messi o cuanto menos el hincha azulgrana ha querido advertir en el argentino la síntesis de las virtudes de los iconos del Barça. Nadie ha manejado mejor la velocidad y la pausa, ni condujo tan rápido con el balón siempre pegado al pie, pichichi habitual de la Liga. Metió el mismo gol desde que nació en Rosario. La expresión corporal y la función cognitiva, así como su carácter y la facilidad para anticiparse a la jugada, se han mantenido; no se venció ni se tiró mientras regateaba; la diferencia estuvo en la aceleración y los cambios de ritmo, visibles en las piernas más que en el corte de pelo de Messi. Tal ha sido su fuerza que desde hace tiempo ya no se pensaba en armar un equipo, sino en contentar al 10 sin tener en cuenta la referencia del Dream Team de Cruyff y el Barça de Guardiola.

Ya no está Cruyff, Guardiola entrena al City y Messi va camino del PSG, el club precisamente que ha hecho la vida imposible al Barça desde que le levantó a Neymar por 222 millones que a la larga se han convertido en la miseria del Camp Nou. No hay heredero posible de Messi. Aquel joven apadrinado por la sonrisa y los gestos técnicos de Ronaldinho deja una camiseta de momento huérfana, consciente el barcelonismo de que si el equipo jugaba hasta ahora con uno más a partir de ahora lo hará con uno menos, el que marcaba las diferencias, razón de más para llorar su pérdida y vestir de luto, guardar un duelo que se antoja eterno en un club con tendencia a la fatalidad y al cainismo, viudo hoy del futbolista que más ha estremecido el Camp Nou y ha alegrado la vida al Barça.

Muchos están todavía tan aturdidos que piensan que si el dorsal 10 no ha sido adjudicado para el partido contra la Juve es porque queda reservado para Messi. Nadie se cree todavía que Messi no se retirará en el Barça.

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Sobre la firma

Ramon Besa

Redactor jefe de deportes en Barcelona. Licenciado en periodismo, doctor honoris causa por la Universitat de Vic y profesor de Blanquerna. Colaborador de la Cadena Ser y de Catalunya Ràdio. Anteriormente trabajó en El 9 Nou y el diari Avui. Medalla de bronce al mérito deportivo junto con José Sámano en 2013. Premio Vázquez Montalbán.

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