TENIS | MASTERS 1000 DE ROMA

Nadal reduce a Opelka hacia la final

El español ejecuta un plan perfecto contra el gigante estadounidense (doble 6-4, en 1h 32m) y reeditará un duelo de altura con Djokovic (6-3, 6-7 y 6-2 a Sonego) en busca de su décimo cetro en el Foro Itálico

Nadal golpea la pelota durante la semifinal contra Reilly Opelka en Roma.
Nadal golpea la pelota durante la semifinal contra Reilly Opelka en Roma.FILIPPO MONTEFORTE / AFP

Puntada a puntada, Rafael Nadal teje la victoria frente al torreón Reilly Opelka (doble 6-4, en 1h 32m) y desembarca en su duodécima final del Masters de Roma, en el que aspira a su décimo trofeo tras completar un fabuloso trazado hacia el episodio mayor del domingo (17.00, #Vamos), con Novak Djokovic (6-3, 6-7(5) y 6-2 a Lorenzo Sonego) al otro lado de la red. Sonríe el de Manacor con toda lógica, porque la tarde ha salido a pedir de boca. Es su partido 500 sobre tierra batida y el señor de la tierra ha ejercido como tal, redondeando una magnífica faena que confirma la línea ascendente que describe su paso por el Foro Itálico. Ocurra lo que ocurra este domingo, aterrizará en París con los deberes bien hechos.

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La dimensión de Opelka, 2,11m de puro tallo norteamericano, queda demostrada cuando al acceder a la pista debe agachar el cogote para no golpearse con el marco de la puerta de entrada. Luego se acerca a la red y la malla queda casi a la altura de sus rodillas, mientras Nadal, con el plan muy definido en su cabeza, serio siempre, da los clásicos botecitos eléctricos para ir entrando en calor. Se avecinan balas, así que mejor estar preparado. Va a ser un examen de lectura, de bloqueo, de ser paciente y de tenerlo todo muy claro. Resistir a toda costa. Aguantar el chaparrón, y a la que el rival dé un paso en falso, entrar con todo.

Nadal comienza tenso, pero ¿quién no lo estaría ante una tormenta de pelotazos a 230 kilómetros por hora?

“¡Tira, tira!”, se reprocha el balear cuando se le queda una bola corta y Opelka la rebaña gustosamente, cómodo el estadounidense en los primeros instantes, en los que resuelve su servicio de manera funcionarial y amenaza, porque al segundo turno de servicio del español ya dispone de cuatro opciones de rotura. Sin embargo, Nadal gestiona la adversidad con maestría y desbarata una tras otra, defensa a defensa y pegando profundo, la única vía para salir del lío ante un adversario al que le interesa que la historia dure poco. Correr mucho, y más para un gigantón como él, significa automáticamente la perdición.

Por eso, Opelka propone una lluvia de piedras. Su golpeo suena hueco y la pelota retumba en la central romana cuando impacta en los muretes metálicos de los fondos. Uno de esos trallazos arranca el antivibrador de la raqueta de Nadal, que escruta la arena y lo recoge, sigue firme y no se arruga. No puede, no debe. Su técnico, Francis Roig, confía desde el box: “Aprieta, Rafa, aprieta”. Y él, aplicado como ninguno, sigue al dedillo la estrategia. Después de esos instantes de apuro, percibe una ligera laguna del bombardero y ataca: rasea la bola a base de cortados y en cuanto Opelka pierde el sitio enfoca duro a los ángulos. ¡Bingo!

Al quinto juego, Nadal logra el break tan deseado. Sabe el mallorquín que la primera parte del trabajo está hecha. Nadie le había birlado el saque al estadounidense en los cuatro partidos hacia las semifinales, en un trazado prácticamente inmaculado en el que solo había cedido seis opciones de rotura. Mucho mérito, pues, el de ese arañazo. Ahora bien, queda mucho por delante. El campeón de 20 grandes lo tiene exactamente dónde lo había planeado, con algunas dudas en la cabeza y cada vez menos atinado. Opelka, pensativo, desafina con el revés y él, astuto, incide e incide. Hay una veta por ahí, aparte de sacarse varias dejadas de la chistera.

Le trastoca por ese lado y también buscándole con varios contrapiés. Al estadounidense, que parece un surfer de Malibú, barba tupida, pelambrera abundante y estampado pintoresco en la camiseta, le pesan sus más de 100 kilos en las carreras y decide dar un par de sorbos de taurina para ver si así se reanima. Pero no hay giro, Nadal no admite bandazo alguno. El español, fresco de piernas pese a la exigencia de la semana, le ha maniatado anímicamente, está sacando de fábula –84% con primeros, solo siete puntos concedidos– y va arrinconándole hasta que perfora el muro otra vez y rompe en el tercer juego del segundo set.

El zarpazo definitivo hacia la final. Un ejercicio perfecto.

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