Motociclismo

El grito de Quartararo, las lágrimas de Márquez en el GP de Portugal

El piloto de Yamaha vence en el Algarve al imponer un ritmo bestial y es el nuevo líder de MotoGP; el español se emociona al completar en séptima posición la primera carrera tras nueve meses de baja

Fabio Quartararo celebra el triunfo en el GP de Portugal.
Fabio Quartararo celebra el triunfo en el GP de Portugal.Jose Breton / AP

Fabio Quartararo cumple 22 años el martes. Tendrá motivos para celebrar que se hace mayor. Para aplaudir dos triunfos en tres carreras y un pilotaje altanero e increíble en Portugal, tan perfecto vuelta a vuelta, tan veloz, que llevó al suelo a quienes lo persiguieron en busca del triunfo en el circuito del Algarve. Incluso al elegante Alex Rins, el único que parecía resistirle el ritmo a golpe de vuelta rápida. Hasta que se cayó a siete vueltas del final.

Todas las adulaciones que Quartararo recibió cuando, siendo un niño, empezó a romper barreras y batir récords de precocidad –fue campeón de España con 13 años y debutó en el Mundial con 15, un año antes de lo permitido; lo suyo fue una excepción–, empiezan a cobrar sentido ahora que su madurez como piloto asoma tras la fachada de adolescente soberbio enganchado a las redes sociales. Aparece Fabio tras esos tatuajes con mensaje –Shhh… se lee en su dedo índice–, tras la sonrisa pilla, el flequillo rubio platino o las celebraciones futboleras, como la de este domingo imitando a Cristiano Ronaldo. El grito no se escuchó. Pero se intuyó. El cuerpo tenso. La alegría desbordada. Su carrera fue mayúscula.

Se apagó el semáforo y salió mal el francés. Como casi siempre. Es el punto débil de la Yamaha. Ya lo era el curso pasado, pero, a diferencia de entonces, este año la M1 responde al cabo de unas curvas e impone su pilotaje ahora agresivo y voraz. Hace tiempo que la moto de los diapasones dejó de ser la máquina delicada y de conducción amable que llevó al triunfo a Rossi y Lorenzo; sufre con ella Viñales (11º) un domingo sí y otro no –sigue con problemas de agarre trasero–, pero no es problema para tipos como Quartararo, que exige al tren delantero y exprime su moto en busca del triunfo.

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Lo es mucho menos ahora que ha trabajado este invierno tanto en su cuerpo, enjuto, como en su mente, después de asumir que fue él quien dejó escapar el Mundial del 2020 por la presión de verse convertido en favorito con la lesión de Márquez a las primeras de cambio. Las horas en el diván del psicólogo se han traducido en dos victorias consecutivas, en Doha y este domingo en Portugal, que le aúpan al liderato de la general.

Quartararo, que tenía la pole position, vio cómo le adelantaban motos por la izquierda y por la derecha para terminar la primera vuelta en la sexta posición. Pero puso el turbo bien pronto. En dos giros era cuarto; en cuatro, tercero; y en cinco, segundo. Se puso a rueda de Alex Rins, recuperó el aliento y lo adelantó a los nueve giros. A partir de entonces la carrera se convirtió en un tuya-mía entre ambos, enzarzados en un peloteo magnífico.

A 12 vueltas del final, justo cuando se aproximaba el ecuador de una carrera a 25 giros, abrieron con su pilotaje maravilloso una distancia de 1,3 segundos sobre Mir, tercero, que acabaría siendo imposible de recuperar. Tampoco cuando se acercó a ellos Zarco, enfrascado en otro duelo magnífico con el campeón del mundo antes de quedarse en una de las escapatorias de un circuito que asistió a un buen puñado de caídas a todo trapo. Cuando Zarco se cayó, como había hecho una vuelta antes Rins y como harían también Miller o Rossi –este último nunca llegó a incomodar a nadie, lento y falto de la chispa que siempre tuvo–, apareció Bagnaia desde la segunda línea. Pero las distancias con Quartararo, con más de cuatro segundos de ventaja en cabeza, eran insalvables. Y el italiano se conformó con pelear con Mir por el segundo puesto.

Nadie cruzó la meta, sin embargo, más emocionado de lo que lo hizo Marc Márquez. El piloto de Honda acabó séptimo, a 13 segundos del ganador, en una carrera de pura supervivencia. Después de nueve meses sin competir ni ponerse a 330 km/h. Después de un fin de semana en que acumuló tantos esfuerzos en un brazo derecho falto de músculo, de fuerza y de potencia, todavía en plena rehabilitación, que cruzar la meta ya fue todo un logro. Todos, rivales y aficionados, esperaban su regreso. El del piloto que le dio a MotoGP un añadido de emoción e imprevisibilidad de tal calibre que muchos llegaron a esperar lo imposible: que alguien que lleva sin competir casi un año volviera como si nada.

Al llegar al box, Márquez agradeció los aplausos de los suyos con abrazos. Medios abrazos. Abrazos doloridos, indicio de la tremenda fatiga acumulada durante el primer fin de semana en moto desde que se fracturara el húmero derecho en julio del año pasado. Se quitó el casco, se sentó en la silla, y rompió a llorar. Intentaba con gestos lentos, sofocado, soltar los músculos de su brazo derecho. Durante unos minutos, el dolor y la emoción salieron atropellados por el lagrimal del ocho veces campeón del mundo.

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