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El león y la pulga

Con sus matices, cada cierto tiempo aparece un jugador que se gana el apelativo de futbolista del futuro. Suelen ser tipos rocosos, como Goretzka

El centrocampista alemán Leon Goretzka protege el balón frente a Dani Olmo el pasado martes en La Cartuja (Sevilla).
El centrocampista alemán Leon Goretzka protege el balón frente a Dani Olmo el pasado martes en La Cartuja (Sevilla).MIGUEL MORENATTI / AP

Pocos padres en el mundo habrán hilado tan fino con el nombre de su hijo como los del internacional alemán Leon Goretzka. Desde su primera aparición estelar a nivel internacional, en aquella Copa Confederaciones de la que salió con una Bota de Oro compartida bajo el brazo, se han dicho y escrito grandes cosas sobre él, la mayoría centradas en un físico que llama la atención al primer vistazo de su cuenta de Instagram. “Su mejor cualidad es que puede recorrer grandes distancias. Su habilidad para correr tanto y tan poderosamente lo separa del resto”, comentó el propio Joaquim Low tras derrotar a Chile en la final de aquel torneo, una radiografía impecable de su pupilo que no ha perdido ni un ápice de vigencia hasta el momento.

Con sus matices, cada cierto tiempo aparece un jugador que se gana el apelativo de futbolista del futuro. Suelen ser tipos rocosos, como el propio Goretzka, pródigos en el esfuerzo y disciplinados en lo táctico, una expresión que solo entiende de un tipo de disciplina: la que roza lo militar, acartonada y, básicamente, de espectro defensivo. De Xavi Hernández, por ejemplo, nunca nadie dijo que fuese disciplinado en lo táctico a pesar de lo evidente, quizás porque mover dos engranajes perfectos como los de aquel Barça y aquel combinado nacional se consideraba, más bien, esoterismo. De todas formas, insistir sobre esto no es más que una gran pérdida de tiempo porque el fútbol siempre ha sido un poco así: el terreno mejor abonado para la simplificación desde que alguien tuvo la brillante idea de que el caballo del malo debía ser marrón y más lento que el del protagonista.

Los ejemplos están ahí para quien quiera tomar nota. Se acumulan inagotables, generación tras generación, sin que nadie termine de poner fin a una practica comparativa en la que el futuro siempre pertenece a los mismos mientras el pasado termina, inevitablemente, siendo cosa de los otros. Hoy puede parecer ridículo pero en Barcelona se desconfiaba de Cruyff mientras se aplaudían con pasión las carreras hacia la nada de Neeskens. Y en Madrid, en tiempos más recientes, se llegó a defender mediante sesudos análisis estadísticos, mapas de calor y encendidos artículos de opinión que Makelele era más importante para el juego del equipo blanco que Zinedine Zidane, siempre bajo la premisa de que el fútbol se dirigía hacia un horizonte donde reinaría una infeliz paradoja: la del juego sin balón, que viene a ser una especie de danza sin música o hamburguesa sin carne.

Resultaría muy ventajista acudir al ejemplo más reciente para destrozar a Goretzka, que no tiene la culpa de excitar hasta límites insospechados los instintos más básicos del aficionado tribunero. Cualquiera que haya visto el España-Alemania del pasado martes podría señalar a veintiún futbolistas mejores que el germano, incluidos diez germanos más, pues cuando al chaleco GPS le sumamos una pelota, lo que queda es un ejercicio vacío de idolatría tecnológica que solo sirve para florear currículums de preparadores ególatras y restar valor a los propios futbolistas. Menudo mundo este que nombra leones, gorilas y guepardos como herederos al trono de una pulga que, como buen rey de los colmos, juega andando.

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