TOUR DE FRANCÍA

El Tour sigue bloqueado por la inacción de los mejores

Ningún favorito se mueve en la Lusette camino del Mont Aigoual en una etapa ganada por el kazajo Lutsenko por delante del conquense Jesús Herrada

El ciclista kazajo Alexey Lutsenko del equipo Astana tras su victoria en la sexta etapa del Tour de Francía, después de recorrer 191 kilómetros entre Le Teil y Mont Aigoual, este jueves
El ciclista kazajo Alexey Lutsenko del equipo Astana tras su victoria en la sexta etapa del Tour de Francía, después de recorrer 191 kilómetros entre Le Teil y Mont Aigoual, este juevesFRANCK FAUGERE / POOL / EFE

Desde los belvederes de la cima del Mont Aigoual impresionante se puede ver el mundo entero extendido a sus pies o, por lo menos, la cuarta parte de Francia, que es lo mismo, o solo Occitania y el valle del Ródano, que los ciclistas han recorrido veloces empujados por el mistral y en el que florecen melocotoneros y más frutales, plantados, recolectados, triados, podados, por jornaleros andaluces de Alcalá del Valle o Setenil de las Bodegas, y el paisaje, los bosques, los encinares, los roquedales, tan Mediterráneo, podría ser perfectamente el que contemplaran los dioses que retozaban con ninfas guiados por Eros al ritmo de la flauta de Pan en el Olimpo o el de las Alpujarras que hizo llorar a Boabdil, y el asfalto del puerto por el que se asciende es tan antiguo por lo menos, asfalto de territorios apenas tocados por la mano sucia de la civilización moderna. Como los caminos de Cerdeña, que inspiran a Aru, sardo, a una locura de ataque tonto; como la serranía de Cuenca, que guía el espíritu de Jesús Herrada, y su gran figura, su pedalada ligera, se arrastra como la de un penado por las cuestas más duras del antiguo col de la Lusette, interminable, como pegadas las ruedas de su bici ligera en el asfalto bruto de grava gruesa, en persecución de Lutsenko, un kazajo que llega de la estepa y vive en Mónaco al que le inspiran, más que el aire o el paisaje espiritual, las voces de Vinokúrov, jefe de su Astana y padre espiritual de todos los ciclistas kazajos, fríos, lúcidos y, más que nada, potentes.

Son los dos últimos supervivientes de la fuga de ocho rodadores de eficacia probada –Cavagna, Van Avermaet, Oss, Boasson Hagen, Roche y Neilson Powless, una nueva joya californiana, son los otros seis-- que necesitó una media de 48 por hora para que en el cerebelo de los estrategas de los equipos más fuertes, se concluyera que en su Tour del cálculo, inacción y bloqueo la ecuación riesgo-beneficio de deslomarse para cazar a cambio de las bonificaciones (8s en la cima de la Lusette; 10s en meta) no arrojaba dividendos en la etapa de las Cévennes, la tierra de la cebolla dulce.

Dejaron hacer a los soñadores, y les ganó a todos el eficaz kazajo, que condenó de nuevo a Herrada, un ciclista de clase demasiadas veces tocado por la negativa del destino a concederle favores. Una semana antes de llegar al Tour se le salió la cadena en las calles de Úbeda, en el último kilómetro del campeonato de España, cuando se jugaba la victoria con otro de los cachorros de Vinokúrov, Luis León Sánchez. “Vi la victoria tan cerca y a la vez tan lejos que estoy triste, claro”, reconoció Herrada, tan filosóficamente expresada su lucha contra el destino como lo habría hecho su líder en el Cofidis, el pimpante Guillaume Martin. “Pocas veces hay oportunidades como esta”.

El equipo de Adam Yates, el líder de rebote por la sanción a Alaphilippe, mantuvo a la fuga a cinco minutos y medio. Ahí la tienes, le dijo al temible Jumbo, quedan 50 kilómetros y todos son tuyos, pon tu motor a funcionar que yo me pegaré a tu rueda. Tony Martin asumió el desafío y con un relevo de dos kilómetros en un tercera rebajó un minuto la ventaja de los ocho; en pocos kilómetros más, ya estaban a un minuto menos, tres y medio. Todos se agarraron fuerte al manillar y se prepararon para una nueva demostración de Van Aert, Kuss y compañía con Roglic manejando el látigo. Y lo que ocurrió es que, pausados, parsimoniosos, los Ineos de Bernal, con Amador al frente, se pusieron en la cabeza y templaron los ánimos. Y quizás atemorizados sus maquinistas por la imponencia del lugar, el pelotón, la máquina devoradora, entró en el bosque oscuro de la Lusette, en su carreterilla estrecha y saltarina, guiado por el vizcaíno Castroviejo, que calcaba su ritmo al de los dos últimos fugados, y, a su rueda, un pelotón de 70 al tran tran.

Solo el melancólico Aru, un secundario, se movió un poco. Todos los grandes se dejaron llevar. El Tour ascendió bloqueado por la inacción de los favoritos. “No tenía sentido atacar”, dijo Yates. “El puerto no era tan duro como para hacer daño, y, además, yo he venido al Tour a ganar etapas, y no voy a gastar fuerzas en días así… Este fin de semana, en los Pirineos, ya tendremos montañas de verdad”.

En las seis primeras etapas –dos llegadas en alto, cuatro puertos de primera— solo 1s conseguido en la carretera, sin contar bonificaciones, separa al líder de los 14 siguientes en la general, todos ellos aspirantes, y los 22 primeros están apretados en un pañuelo de 41s. El segundo lo consiguió Yates con su ataque en un repecho la segunda etapa. El fin de semana, Pirineos, Balès, Peyresourde, Hourcère, Marie Blanque. Sus nombres ponen los pelos de punta. La montaña de verdad.

Dice Landa que desea que llegue, y se bebe una fanta en la meta, y añade, “estoy contento”.



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