28ª JORNADA DE LALIGA | REAL MADRID, 3 - EIBAR, 1

Las órdenes de Ramos y los banquillos del Bernabéu en el Di Stéfano

El Madrid traslada las butacas del Bernabéu al vacío de Valdebebas, donde manda el capitán blanco

Los jugadores del Madrid y el Eibar, en una acción del partido. Al fondo, una lona cubre la grada de Valdebebas. / INMA FLORES
Los jugadores del Madrid y el Eibar, en una acción del partido. Al fondo, una lona cubre la grada de Valdebebas. / INMA FLORESINMA FLORES / EL PAIS

En un Alfredo di Stéfano plagado de policías, personal de seguridad y notorios vacíos, cuando se suelta el balón sobre la hierba manda Sergio Ramos, vozarrón que maneja batallones, y dibuja Karim Benzema, siempre abriendo camino al balón. Porciones de vieja normalidad incrustadas en el paisaje posterior a la catástrofe por el que circulan empleados embozados con mascarilla, protegidos con guantes, como un instante antes de entrar al quirófano, siempre un bote de gel hidroalcohólico a mano, sobre una mesa, o en la bolsita del kit de bienvenida.

La resaca de la pandemia le ha desembocado en dos exilios para el Real Madrid. El primero, el del vacío, lo comparte con el resto de los clubes. Exiliado de su gente. El segundo es el del escenario, del Bernabéu de las excavadoras al Di Stéfano de la cantera. Y allí, algún vestigio del ahora ya viejo Chamartín. Del arenero en que se ha convertido el terreno de juego, el club ha salvado los butacones de los banquillos y los ha atornillado en la tribuna de su nueva casa provisional. La prevención sanitaria ha expulsado a los suplentes, ahora multitud (12), a la grada, donde pudieron sentarse en sus antiguos sillones.

Del Bernabéu también se llevó el Madrid al speaker, David Labrador, un punto menos de entusiasmo con las alineaciones que en su local de siempre, también más solo, sin grada que completara su recitado: “Eden....”. Ante cualquier tentación festiva previa, un recordatorio bien visible: cien metros de lona cubrían la grada lateral: “En nuestros corazones”, se leía entre dos escudos del Madrid y un crespón negro. En la televisión, el lema lo cubría una pequeña multitud falsa sacada de un videojuego.

En el césped, desde el principio la música la ponía Sergio Ramos. Sobre el griterío de futbolistas del Eibar tratando de organizar la presión adelantada, descollaba el capitán: “¡No hay prisa, no hay prisa!”, “Calma, calma”, insistía en las primeras salidas de balón. Y también: “Casa, casa”, para que la pelota regresara a Courtois. Cuando tocaba defender, también era Ramos quien ordenaba las piezas, de todas las líneas: “Toni, Toni”, gritaba, y Kroos acudía a tapar una grieta. “Ve, Karim”. O la advertencia cuando la jugada rondaba el riesgo del área propia: “Sin falta, sin falta”. Y también otro aviso en la tensión de una falta en contra que podía buscar un cabeceador: “Aguantamos, aguantamos el golpeo. Quietos. Aguantamos”. Y después, cuando el equipo se estiraba hacia el campo contrario, el toque de corneta de los silbidos para que la defensa no se quede enganchada en su área, un clásico también en los entrenamientos.

Ramos manda y cuando considera que se ha establecido el orden cede a ese impulso que lo ha convertido en el mayor goleador de los últimos diez entre los defensas de Europa. Ayer sucedió poco antes de la media hora de juego. Se lanzó a la carrera y Hazard le regaló el gol para que empujara el 2-0. El capitán se abrazó al belga, que sonreía divertido. En mayo de 2006, había marcado el primer gol en el estreno del Di Stéfano contra el Stade de Reims. Zidane, compañero suyo aquel día, le revolvió un poco la melena.

En la sala de máquinas del 2-0 estuvo Benzema, como también en la del 3-0, que empezó a construir casi desde su área. Y también apareció Hazard, con un disparo que repelió Dmitrovic. El rechace terminó en Marcelo, que marcó más de un año después.

En el minuto 60, Zidane retiró al capitán y ya casi solo se oyeron pájaros y gente del Eibar. En especial Mendilibar, que revivió tras el 3-1: “Hostia. Mierda. Hostia puta”, se enfadaba con sus jugadores. También luego con el árbitro, que le enseñó una amarilla. Poco más: acabó el fútbol, se vació todavía más el Di Stéfano y quedaron empleados desinfectando barandillas.

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