RACISMO

El puño antirracista de Frances Tiafoe

El tenista estadounidense, de ascendencia africana y con una profunda historia familiar a las espaldas, reúne a 30 profesionales para protestar contra la muerte de George Floyd y cita a Martin Luther King

Tiafoe celebra un punto durante el último Open de Australia, el pasado mes de enero. / HANNAH MCKAY (REUTERS)
Tiafoe celebra un punto durante el último Open de Australia, el pasado mes de enero. / HANNAH MCKAY (REUTERS)

Lo advertía hace unos días, exactamente el mismo martes 26 en el que el ciudadano George Floyd moría como consecuencia de una brutal acción policial en Minneapolis que no solo ha conmocionado a Estados Unidos, sino al mundo entero: “Quiero ser conocido como un chico que cuida de los aficionados, que quiere construir un legado increíble. Mi objetivo es ayudar a que más personas negras jueguen al tenis, ser un buen modelo a seguir”.

Frances Tiafoe (Hyattsville, Estados Unidos; 22 años) se expresaba a través de la web de la ATP, prolongando un discurso que en realidad viene de lejos. El chico, procedente de una familia de inmigrantes de Sierra Leona, no solo quiere convertirse en una figura de la raqueta, sino que aspira a dejar huella y entiende que el deporte es una plataforma perfecta. “Juego por los jóvenes y por el deseo de que más personas negras lo practiquen. Esa es mi meta. Serena y Venus [Williams] ya hicieron un gran trabajo, o James [Blake] en su momento, pero necesitamos más. Quiero darles la oportunidad a todos esos chicos y chicas”, anticipaba a finales del año pasado.

Y, a raíz de la muerte del afroamericano Floyd, el tenista ha dado definitivamente el paso. “¡Basta ya!”, se pronuncia en un vídeo. Pero no lo hace solo. Le respaldan, manos arriba, Serena, Cori Gauff, Gael Monfils, Jo-Wilfred Tsonga, Naomi Osaka. Un total de 30 voces indignadas y hartas. La canadiense Ayan Broomfield, su pareja, también profesional, reclama: “Debemos unirnos, sin importar nuestro estatus social, género o antecedentes”. La jugadora posa con una camiseta con la inscripción equality (igualdad). Él, ahora el 81º del mundo, lo hace con una en la que un puño en alto negro atraviesa la silueta de África de norte a sur.

Y recupera una frase de Martin Luther King: “Nuestras vidas comienzan a terminar el día que guardamos silencio sobre las cosas que importan”. Luego, de forma simbólica, ambos depositan las raquetas sobre el suelo y levantan los brazos pidiendo paz, que se acabe la pesadilla que sufren históricamente los afroamericanos en los Estados Unidos. Ayer fueron muchos, recientemente Floyd y, “¿soy yo la siguiente?”, planteaba la adolescente Gauff, de 16 años, un par de días atrás.

Sabe Tiafoe de lo que habla, porque ni él ni los suyos lo tuvieron nada fácil. Constant y Alphina, sus padres, escaparon de la sanguinolenta guerra de Sierra Leona a mediados de los noventa y desembarcaron por separado en EE UU. Se reunieron en Washington, donde uno trabajaba de albañil y la otra como enfermera, y en 1998, conforme luchaban para ir asentándose en busca de un futuro próspero, de la oportunidad soñada, llegaron al mundo los gemelos Frances y Franklin. Entonces, el padre comenzó a trabajar en un centro de alto rendimiento armando, manteniendo y reparando las 15 pistas del complejo. Era el único contratado negro. Su desempeño era tan bueno que los responsables permitieron que los Tiafoe se instalasen allí mismo, en un pequeño almacén de 50 metros cuadrados en el que dos camillas para masajes hacían de camas.

Constant invertía allí las horas, de costa a costa, mientras Alphina hacía turnos de noches. Y, claro, lo de la raqueta fue una historia natural. “El tenis me eligió a mí, no yo al tenis”, suele decir Frances, cuyo talento no pasó desapercibido para la Federación Estadounidense (USTA). Fue recibiendo ayudas y terminó desembarcando en la élite, en busca de llenar el inmenso vacío que tiene el país desde que los Courier, Agassi, Sampras o Roddick, este último en el nuevo siglo, fueran desapareciendo progresivamente del mapa. Estados Unidos quiere una estrella, pero Tiafoe aspira a mucho más.

“La gente viene a Estados Unidos buscando una vida mejor, y lo último a lo que aspiran es a robar un banco o hacer el mal. Mis padres trabajaron muy duro”, recordaba hace tres años, cuando empezaba a adentrarse en la zona noble del circuito profesional mientras admiraba al argentino Juan Martín del Potro, y soñaba con seguir los pasos reivindicativos de Arthur Ashe, Yannick Noah, MaliVai Washington o las hermanas Williams. Antes, con 15 años, había ganado la Orange Bowl, el torneo más prestigioso para menores de 18 años; a los 17 debutó en un Grand Slam, Roland Garros 2015, y rebobinando hacia la infancia, con ocho, pisó por primera vez África junto a su familia.

“Quiero ganar Grand Slams”, repite con convicción. De momento, solo ha ganado un título (Delray Beach, en 2018) y su techo son los cuartos de Australia, el año pasado. Desde entonces, su explosivo juego ha perdido fuerza y ha caído en el ranking, después de haber logrado encaramarse al 29º puesto con un estilo singular e imprevisible. Por delante figuran sus compatriotas John Isner (21º), Taylor Fritz (24º), Reilly Opelka (39º), Sam Querrey (45º), Tennys Sandgren (55º), Tommy Paul (57º) y Steve Johnson (63º), pero a él se le espera con los brazos abiertos.

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