EL TENISTA QUE DESLUMBRÓ A...

Moyà: “Edberg me dio una clase gratis”

El exnúmero uno y técnico de Nadal tiene grabado en la memoria al elegante sueco, al que se midió una sola vez y siendo 11 años menor en su primer Roland Garros. “Me impresionó... y jugué fatal”, recuerda

Edberg golpea de revés durante el partido contra Moyà en 1996, en la Philippe Chatrier de París.
Edberg golpea de revés durante el partido contra Moyà en 1996, en la Philippe Chatrier de París.

Aunque se declare muy lejos de la mitomanía y el fetichismo, rebuscando en el baúl de los recuerdos Carlos Moyà (Palma de Mallorca, 43 años) menciona algunas de las prendas que tuvo en la infancia, cuando empezó a dar sus primeros raquetazos y soñaba con ser algún día lo que posteriormente llegó a ser. Cuenta el balear, técnico de Rafael Nadal, ganador de Roland Garros (1998) y en su día número uno (1999), que tuvo la Donnay de madera de Björn Borg, las entonces futuristas Nike con velcros de John McEnroe o la clásica camiseta de rombos de Ivan Lendl. Nada, en cualquier caso, como el pintoresco polo que le regalaron de Stefan Edberg, el nórdico elegante que dibujaba escorzos pluscuamperfectos voleando en la red.

Edberg, ya se sabe, era algo así como un Ali: no solo jugaba, sino que ejercía un tenis de perfil aristocrático, sin grandes sudores ni manchas ni aspavientos. El sueco, hoy día 54 años y felizmente aposentado en un segundo plano mediático, revoloteaba como una mariposa y picaba como una abeja. “Cuando yo empecé a ver el tenis por la tele echaban solo Roland Garros, Wimbledon y la Copa Davis, poco más. Mis primeros recuerdos son de Borg, pero muy vagos, y después empecé a ver a la generación de los Connors, McEnroe, Lendl, Wilander… Más adelante le seguí a Agassi, aunque eso ya me pilló siendo mayor. Pero el que más me impactó y el que era mi ídolo de pequeño fue Edberg”, precisa Moyà a través del teléfono.

Me quedo con su estilo y su actitud en la pista. No sabías si ganaba o perdía

“Estaba también Emilio Sánchez Vicario, que era el referente español, pero el que de verdad me enganchó fue él. Me encantaba verle y el estilo que tenía con la raqueta. Disfruté mucho, sobre todo de la rivalidad con [Boris] Becker”, prosigue el preparador, que incide en aquellos duelos a cara de perro con el alemán, cuya irrupción supuso un cambio radical en el circuito. Llegó el bombardero, y cambiaron las reglas. “Era su bestia negra, pura potencia. Cuando apareció él empezaron a imponerse la potencia en el servicio y la contundencia, pero a mí me deslumbraba la clase de Edberg”, matiza, citando a continuación la arrolladora victoria del sueco sobre el estadounidense Jim Courier en la final del US Open de 1991.

Fue un 6-2, 6-4 y 6-0, en 2h 04m de puro magisterio. “Le pegó una paliza, y ese partido lo tengo bastante grabado”, dice Moyà. Cuentan las crónicas que ese día Edberg atinó 18 veces en la red, que su rival solo consiguió hacerle nueve puntos en el primer set y que si algún momento simboliza ese partido es el sexto juego del segundo, cuando el nórdico pegó una derecha profunda y Courier, enrabietado, replicó con un revés al límite de sus fuerzas. “Le di con todas mis ganas y se la coloqué justo en los pies”, señaló entonces el norteamericano. Pero Edberg sacó la chistera, amortiguó el violento golpe con una sutil volea de revés y la bola cayó muerta en la línea, justo donde Courier, ni nadie, imaginaba que podía aterrizar. “Fue uno de esos golpes que le podías ver a Rod Laver en los vídeos de los setenta”, se resignó.

Moyà besa el trofeo de campeón de Roland Garros, el 7 de junio de 1998. / EFE
Moyà besa el trofeo de campeón de Roland Garros, el 7 de junio de 1998. / EFE

Moyà y Edberg comparten planta, 1,90 y 1,88 respectivamente. “Pero él era un poco más fino que yo”, apostilla el primero. “Y en cuanto a juego teníamos estilos completamente distintos, pero quizá esa diferencia era lo que más me atraía de él…”, prolonga el balear. De generaciones distintas, ambos coincidieron una sola vez en la pista. Fue el 30 de mayo de 1996, en la segunda ronda de Roland Garros. “A priori yo era el favorito, porque era el año de su despedida [Edberg tenía entonces 30 años, 11 más que él] y yo ya era el 20º en el ranking; venía de hacer semifinales en Barcelona y final en Múnich, donde le había ganado a Muster; era mi primer Roland Garros y en la primera ronda le había ganador a Rafter; jugábamos en tierra batida y a cinco sets, así que...”, recuerda Moyà.

“Me ganó 6-2, 6-2 y 6-1 en la central. Me dio una clase gratis en la Chatrier. Al tenerlo delante me impresionó un poco. No fue fácil de asimilarlo y, de hecho, jugué fatal, muy cohibido por toda la situación”, continúa. “Me quedo con su elegancia y su comportamiento. Era muy callado en la pista y actuaba siempre exactamente igual, ya fuera ganando o perdiendo. Jugaba de tal modo que no sabías si iba ganando o perdiendo. Su saque-volea era espectacular”, sigue describiendo el mallorquín, que años más tarde también coincidiría entre las bambalinas del circuito con su ídolo, el campeón de peinado y pose clásica, hijo de un policía de Vastervik.

Después me gustó mucho la rebeldía de Agassi, era un transgresor, revolucionario

Edberg, galán de la raqueta, elevó seis Grand Slams tras jugar ocho grandes finales: dos Open de Australia (1985 y 1987), dos Wimbledon (1988 y1990) y dos US Open (1991 y 1992). Tan solo se le resistió París, porque Michael Chang le derrotó en la final de 1989. Cerró su carrera con 41 títulos individuales y 17 de dobles, y previamente, como júnior, se convirtió en el primer jugador de la categoría capaz de completar el Grand Slam; es decir, de ganar los cuatro majors en el mismo año. Alcanzó también el número uno mundial en tres ocasiones y lo defendió durante 72 semanas entre 1990 y 1992.

“Es un tío muy sobrio, muy callado. Fuera de la pista es exactamente igual que cuando jugaba. También tuve la oportunidad de jugar con él en un partido de veteranos, y fue una bonita experiencia. Luego, cuando le entrenaba a Federer [en 2014 y 2015] también solíamos coincidir, aunque él no es especialmente hablador y yo tampoco. Aun y todo, creo que él sabe de mi admiración”, afirma Moyà, que conforme creció empezó a mirarse en otro espejo. “Después me tiraba la rebeldía de Agassi, lo transgresor que era. Fue una aparición revolucionaria. Me compré los vaqueros que él llevaba, sus zapatillas… y yo también jugué con pañuelo, como él. Fue rompedor. En cierta manera, me sentía identificado con él”, concluye el extenista, inspirado en dos modelos antagónicos: del dandy al pop. “Pero Edberg llegó primero”.

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