LA CRISIS DEL CORONAVIRUS

El fútbol pierde el factor campo

Jugadores y entrenadores que han vivido a favor y en contra el miedo escénico y la presión del público en los estadios analizan cómo afectará en los futbolistas, técnicos y árbitros la celebración de partidos a puerta cerrada

Partido de la Bundesliga entre el Bayern de Múnich y Eintracht Fráncfort, este sábado en Múnich.
Partido de la Bundesliga entre el Bayern de Múnich y Eintracht Fráncfort, este sábado en Múnich.Pool / Christian Kunz/Pool via Getty Im

Franz Beckenbauer olfateó rápido la nueva normalidad del fútbol antes de emitir una sentencia sumaria: “Ha llegado la hora de los campeones del mundo de los entrenamientos. De pronto, veremos a jugadores que hasta ahora nunca habían existido”.

La historia del fútbol está repleta de genios desconocidos cuya timidez no soportó el contraste con el público, mal negocio en el deporte que más profundamente incorporó a los aficionados a su sistema. En el ámbito balompédico el espectador se redefinió como hincha. El proceso fue invasivo. Durante un siglo y medio de práctica ininterrumpida no hubo partidos sin hinchas que conformaran el escenario a veces salvaje del más popular de los pasatiempos.

Hasta el estallido de la pandemia, el poder estimulante o disuasorio de las muchedumbres fue un factor decisivo de todas las competiciones. La inmensa mayoría de los puntos se conquistaban en casa. Ahora la peste ha expulsado a la gente de las tribunas y ha dejado a los futbolistas solos ante sí mismos en un territorio psicológicamente inexplorado.

“Si miras los resultados de la primera jornada sin público de la historia de la Bundesliga, a excepción del Dortmund que ganó, los equipos que jugaron en casa perdieron cinco partidos y empataron tres”, observa Karl-Heinz Rummenigge, presidente del Bayern y él mismo un futbolista legendario. “Ya no es una gran ventaja jugar de local. Creo que es muy importante estar mentalmente preparados para esta realidad. Nosotros ahora competimos para retener el título y cuando hablo con nuestros jugadores siempre les digo que deben predisponerse muy bien mentalmente porque la atmósfera que se encontrarán es tan distinta que puede afectarte. Esta es la parte más importante de los entrenamientos, porque calidad en la plantilla tenemos en abundancia”.

Protagonista infalible de las remontadas del Madrid en Copa de la UEFA en los años ochenta, Carlos Santillana evoca el rugido del Bernabéu como si fuera un arma futbolística más. “Yo he visto a jugadores de gran experiencia como Rummenigge o Altobelli sentirse afligidos por el Bernabéu”, dice el viejo nueve. “Es un campo vertical, con poca distancia entre las vallas y el terreno de juego. En las remontadas salíamos a presionar arriba, a jugárnosla, más allá de jugar bien o mal, y eso el público lo percibía desde el primer minuto. Como jugador sentías una explosión interior de plenitud que te llenaba y te hacía creer", rememora Carlos Santillana. Como internacional, él también vivió lo importante que para la selección fue tener una sede fija en Sevilla durante un tiempo. Allí, con cuatro goles, fue protagonista del histórico 12-1 a Malta en el Benito Villamarín. “En Sevilla se creaba un ambiente especial, siempre les ha gustado el fútbol con locura. Nos sentíamos muy cómodos allí. La noche de Malta, al principio, no había mucha gente, pero en el segundo tiempo comenzó a llegar más y más gente. Abrieron las puertas y fue fundamental para llegar hasta los 12 goles”.

Compañero de Santillana en aquel Madrid adrenalínico, Jorge Valdano participó de remontadas ante el Anderlecht, el Borussia Mönchengladbach o el Inter de Milán en un ciclo ya mítico. “Sentías una excitación que te hacía creer que eras superior”, cuenta, “te sentías inmune al cansancio y a la frustración. Se trató de una época muy especial, yo nunca viví algo así y no lo volví a vivir. Sin la gente aquello no hubiera sido posible. Tenía una fuerza inspiradora en nosotros muy grade e intimidatoria en el contrario”.

Primero sujeto activo de las remontadas y luego inspirado por un artículo de Gabriel García Márquez en EL PAÍS, Valdano extrapoló al fútbol el miedo escénico. “En el fútbol la definición de los jugadores que no se saben relacionar adecuadamente con el público es la de jugadores de entrenamiento”, dice, en sintonía con Beckenbauer. “Luego están los futbolistas que en los entrenamientos tienen un perfil bajísimo y cuando se trata de desafiar al público entran al campo con un grado de excitación que les aumenta el rendimiento claramente. No hay un futbolista que no tenga una cuota de vanidad artística, y eso está directamente relacionado con el público. El público te enfoca. Con las gradas vacías es difícil tomar conciencia de que hay un compromiso ante un espectador remoto”.

Pablo del Río, el veterano psicólogo de la Residencia Blume del Consejo Superior de Deportes, vive uno de los momentos más exigentes de su carrera profesional. “Se está dando una situación muy parecida en el mundo de la música”, observa, cuando examina el porvenir de LaLiga a puerta cerrada. “El otro día una pianista con la que trabajo celebró un concierto online, desde su casa, desde su estudio, con tres cámaras y unos técnicos de sonido. Lo que hacemos ante una situación de esas es preparar a los músicos con las mismas rutinas, los mismos rituales, el mismo plan preconcierto, que puede ser el mismo plan prepartido. La presión del público hace que te estreses y que fluya la adrenalina. Si no recibes ningún estímulo externo te abocas a una situación nueva. Igual que los futbolistas entrenan para llegar en unas condiciones físicas aceptables deben entrenar mentalmente para este tipo de situación”.

“La masa social forma parte del grupo”, señala Del Río. “Sin masa social en el estadio no habrá un feedback. Ya nadie te va a jalear si haces un buen disparo a puerta. Si antes te hacían una entrada y 50.000 hinchas pitaban al infractor, ahora te harán una entrada y no escucharás nada. El primer día les costará. Luego irán adaptándose. La mentalización depende de pensar más en lo que tienes que en lo que te falta”.

El juicio de los expertos es unánime. Ni LaLiga, ni la Bundesliga, ni la Champions sin público serán las mismas competiciones. “El Barça no habría metido el 6-1 al PSG si la eliminatoria se hubiera jugado sin público. ¡En la vida! ¡Nunca!”, opina Pichi Alonso, exgoleador del Espanyol de Clemente y autor del memorable hat-trick que impulsó la remontada (3-0) ante el Goteborg en la Copa de Europa de 1986. “Nosotros con el Goteborg, si el campo no hubiese estado abarrotado y pitando, no habríamos podido ganar”.

Los jugadores que se hunden ante su público son una excepción cuyo exponente más ominoso fue Brasil en la final del Mundial de 1950, el célebre Maracanazo ante Uruguay (1-2). No suele ocurrir. En LaLiga 2018-19, solo dos equipos de 20, el Valladolid (49% de los puntos logrados) y el Girnoa (41%), consiguieron peores resultados en su casa que fuera. El resto jugó parapetándose en su estadio. El Celta (71%) y el Eibar (70%) se ubican en el extremo de la tendencia. Inclinados a ganar en todos los terrenos, el Barça (55%) y el Madrid (59%) no se dejaron alterar por las aficiones. De entre los tres grandes, el Atlético (59%) destaca como el más casero. Esta temporada, el equipo de Simeone se ha recluido más (64%). Solo ha ganado tres partidos fuera del Wanda. “El nuevo fútbol viene así”, dice Saúl. “Cuando juguemos en casa nos perjudicará”.

Preguntado por el futbolista que más se transformaba ante su afición, Javier Clemente responde sin vacilar: “¡Igual yo! ¡Y Dani!”. El que fuera seleccionador español admite que para un técnico la hinchada forma parte integral del juego: “Nuestro Athletic campeón dependía mucho del aliento del público. Para mí como entrenador conseguir unir al equipo con la gente era fundamental. Y lo mismo con el Espanyol en la Copa de la UEFA de 1987. Hay un binomio público-jugadores. A los jugadores les paga el público y por tanto al público hay que hacerle partícipe de la fiesta. Tanto si están en la grada como si no. No nos olvidemos que el público estará mirando la tele, ¡y como no enciendan las teles no se firmarán esos contratos de televisión!”.

“A los jugadores yo les diría: ‘¡Chavales! ¡Aquí tenéis que demostrar el nivel que tenéis!”, imagina Clemente. “Os vais a enfrentar a un rival que tiene las mismas condiciones que vosotros y con un árbitro que no va estar condicionado por nada. Aquí hay que ganar por fútbol. No esperemos nada del árbitro. No esperemos que habrá un córner a favor, habrá barullo, y podremos aprovecharlo. Todo será más frío”.

“A puerta cerrada veremos un fútbol como de entrenamiento”, dice Clemente, sobre la repentina irrelevancia del factor campo. “Faltará un pelín de ritmo. Al no haber un público que te esté demandando atacar habrá un poco de relajo en las acciones. Los partidos dependerán más del carácter de los jugadores y los entrenadores podrían tener un papel más dinámico. Y hay equipos que van a salir más perjudicados porque tienen un público que aprieta al rival y ayuda mucho, como el Athletic. El fútbol será más un tú a tú. Simplemente fútbol. Para el árbitro será más llevadero”.

Pichi Alonso cree que la ausencia de hinchadas perjudicará especialmente a los equipos más pequeños y a los más conservadores con la pelota. “Es más fácil que el público favorezca el juego defensivo que el ofensivo”, señala. “Porque el defensivo requiere más organización táctica, más disciplina, y probablemente más esfuerzo. Y el ofensivo requiere más talento y creatividad. Es más fácil alentar a un jugador para que vaya a presionar que no alentarlo para que haga un dribling o tire una pared maravillosa. Es casi por obligación. Si estás jugando fuera de casa y la cosa no va muy bien te puedes dejar ir. En casa no lo harás porque estás ante los tuyos y te van a putear. Haces un pulso, un esfuerzo de más que se nota. Sobre todo en el aspecto defensivo. La hinchada hace más la diferencia si no tienes el balón”.

El exárbitro Arturo Daudén Ibáñez considera que sus colegas vivirán un poco mejor en la nueva realidad. Solo un poco. “En un partido normal lo que más pesa en el subconsciente de los árbitros es lo que aparezca en televisión”, dice. “Y eso va a seguir igual. Es cierto que no se van a encontrar con la presión del público, ese zumbido que se produce cuando un campo cree que le estás arbitrando en contra o has dejado de pitar una falta o un penalti, o no sé qué. Pero la presión del púbico no es la que más sufre un árbitro. Es la presión de la tele, y la de los jugadores cuando te acosan. Eso será igual”.

“Tan peligroso como la presión del público puede ser la pérdida de concentración por falta de público”, reflexiona Daudén. “El público te obliga a estar constantemente enchufado. Si en algún partido te puedes despistar es en esos que parecen de chichinabo, con poca gente, donde te relajas un poquito. Ahí te arriesgas a equivocarte”.

Vicente del Bosque siempre creyó en la fuerza transformadora del fútbol. La pandemia le ha reafirmado en sus convicciones. Cuando le preguntan por los perjuicios que pueda provocar la puerta cerrada en los clubes más pequeños prefiere ignorarlos en virtud de los beneficios de volver a competir. “Me alegraría que el fútbol desempeñe un papel en la vuelta a la normalidad”, dice el exseleccionador, “porque le da un componente social. No está mal que el fútbol tenga este reconocimiento. Y puede que se reduzca ese pequeño factor campo. Si todo es cordialidad los árbitros no tienen presión. La presión del público hace que piten más condicionados. Pero en estas circunstancias lo mejor es que todos parten desde la igualdad. El factor campo no existirá para nadie. No habrá beneficiados”.

“A los jugadores hay que decirles que sean prácticos y que salgan a jugar con toda la intensidad del mundo”, apunta Del Bosque. “El que salga contemplativo pensando que no lo ve la gente va a perder. ¡Y que no se engañen! ¡Habrá muchísima gente viendo esos partidos! ¡Muchísima!”.

El bajón de una pista de atletismo

Como jugador de la Real Sociedad, Meho Kodro experimentó el paso del volcánico Atocha a la rebaja de la temperatura ambiental que significó el traslado a Anoeta en 1993. La pista de atletismo que rodeaba al terreno de juego supuso una interferencia emocional entre los jugadores y la hinchada. “El jugador agradece la cercanía. En Atocha escuchabas a la gente hablar porque la valla estaba muy cerca de la banda. En Anoeta, con la pista de atletismo, eso se perdió. Al principio me sentí extraño, le había cogido cariño al viejo estadio porque las emociones que se transmitían eran muy fuertes”, relata el goleador bosnio, que como espectador en El Sadar de los partidos de su hijo Kenan, ahora en el Athletic, revivió situaciones similares: “En cuanto la afición de Osasuna percibía que el equipo bajaba el ritmo le metía energía”.


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