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Sordos, mudos y mutilados

Los aficionados no olvidan nunca a esos tipos capaces de competir, e incluso brillar, en inferioridad de condiciones

El árbitro Roger Schoeters expulsa a Damir Desnica en el Bernabéu en 1984.
El árbitro Roger Schoeters expulsa a Damir Desnica en el Bernabéu en 1984. EL PAÍS

Es difícil visitar ciertos lugares sin sentir una opresión en el pecho. Auschwitz, por ejemplo. O la antigua Escuela Superior de Mecánica de la Armada, hoy un remanso de paz en la zona alta de Buenos Aires. En la ESMA se alojó el peor centro de tortura y exterminio de la última dictadura argentina. Más de 5.000 personas “desaparecieron” en ese corazón de las tinieblas, reconvertido hace 15 años en centro para la promoción de los derechos humanos.

Incluso antes de aquella dictadura, el siniestro Proceso de Reorganización Nacional que duró de 1976 a 1983, la ESMA era un lugar al que no convenía acercarse. El 11 de abril de 1965, un joven extremo izquierdo de San Lorenzo circulaba en auto con un amigo y dos chicas. El futbolista, Victorio Casa, decidió detenerse en una calle oscura para concentrar su atención en la mujer que se sentaba junto a él. Puso música a todo volumen. Ni Victorio Casa ni sus acompañantes oyeron el aviso del centinela de la ESMA. Solo escucharon la ráfaga de metralleta que segó el brazo del futbolista.

Un taxista llevó al muchacho al hospital. Victorio Casa relató aquellas horas: “El doctor me dijo: pibe, no es nada. ¿No es nada? Tengo la mano en la mano, hermano. Me anestesiaron. Pensé que estaba muerto. Al otro día, el doctor me dijo: el brazo lo tenés. Me había puesto una venda y escarbé. ¡Qué lo voy a tener!”.

Mes y medio después, el 25 de mayo de 1965, Victorio Casa volvió a saltar a la cancha de San Lorenzo. Los vítores le ayudaron a olvidar que la herida no estaba completamente cicatrizada. Y durante dos años siguió jugando sin brazo, convertido en El manco Casa. No recuperó la internacionalidad ni su antiguo regate eléctrico y a los 24 se marchó al fútbol estadounidense.

Los aficionados no olvidan nunca a esos tipos capaces de competir, e incluso brillar, en inferioridad de condiciones. Franz Beckenbauer se ganó para siempre los galones de Kaiser el 17 de junio de 1970, en el “partido del siglo”: jugó parte de aquella increíble semifinal del Mundial de México, Italia-Alemania, con la clavícula dislocada. A Héctor Castro, la falta de brazo derecho no le impidió ser un fenomenal ariete (le llamaban El divino manco) con Nacional de Montevideo y la selección uruguaya. Robert Schlienz perdió el brazo izquierdo en un accidente automovilístico, y aún así se convirtió en una leyenda del Stuttgart.

El mítico Garrincha tenía la columna desviada, las piernas afectadas por la polio y un cerebro no demasiado brillante. Wilfred Hannes solo veía con un ojo, el izquierdo, y fue un fenomenal defensa del Borussia Moenchengladbach y de la selección alemana. El mudo Cassé fue arquero de Gimnasia y Esgrima y de Temperley, en primera división, sin ser mudo (podía hacerse entender) pero sí sordo. Pocos años antes, Temperley ya había tenido un centrocampista sordomudo, Carlos de Marta, víctima en 1972 de una peculiar expulsión por insultar al árbitro. Otro sordomudo expulsado por insultos al árbitro fue Damir Desnica, de Rijeka: ocurrió el 7 de noviembre de 1984 en el estadio Bernabéu.

El homenaje más conmovedor a esa gente que pelea en inferioridad fue el tributado a José Castilho, el mejor portero que tuvo el Fluminense brasileño. Castilho era daltónico. En los partidos nocturnos jugados con balón blanco apenas veía una mancha gris. Sin embargo, lo paraba todo. En 1957 se fracturó el dedo meñique de la mano izquierda. Como la lesión no se curaba, se lo amputó. Siguió siendo un fenómeno. En la sede de Fluminense hay un busto de Castilho, con una inscripción: “Sudar la camiseta, derramar lágrimas y dar sangre por Fluminense, muchos lo han hecho. Sacrificar un pedazo del propio cuerpo, solo uno: Castilho”.

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