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PISTA LIBRE OPINIÓN i

El atletismo se aboca al precipicio

No hay mejor evidencia de su declive que los Mundiales de Doha, mal elegidos, mal ubicados en el calendario, en un estadio vacío de espectadores

Sebastian Coe, presidente de la IAAF, en el centro.
Sebastian Coe, presidente de la IAAF, en el centro. Getty

Hace tiempo que el atletismo, en su faceta profesional y como entretenimiento para el consumo de los aficionados, entró en un imparable proceso autodestructivo. No hay mejor evidencia de su declive que los Mundiales de Doha, mal elegidos, mal ubicados en el calendario, vacío de espectadores, escondido en las parrillas de televisivas por el desinterés general, casi clandestinos.

La regresión viene de lejos, pero jamás se ha manifestado de una manera tan rotunda para un deporte que, sin embargo, está más presente que nunca en la vida cotidiana. Gente de todas las edades corre por las calles y los parques, a todas horas, todos los días. Les convoca, además, un mercado de productos —prendas deportivas, zapatillas, etc.— que ha alcanzado una magnitud gigantesca.

Con menos base popular, otros deportes generan mucha más atención. Están mejor dirigidos y administrados, más atentos a los cambios de costumbres y gustos, con más cintura para renovar su oferta en el mundo de la industria del entretenimiento, condicionada de manera radical por las nuevas tecnologías.

No hay una causa concreta en la decadencia del atletismo y de su pérdida de influencia. Desde el escándalo Ben Johnson en los Juegos de Seúl 88, se han sucedido las malas noticias para su reputación. Lamine Diack, anterior presidente de la IAAF, y su hijo están acusados de corrupción. No cesa el problema del dopaje, con una pérdida constante de credibilidad. Tampoco ha diseñado una inteligente adecuación televisiva. Su influencia en la esfera olímpica ha decrecido. La controvertida gestión y resolución del caso Semenya no ha merecido la aprobación del COI. La retirada de Usain Bolt ha dejado un paisaje huero de referentes para el seguidor del deporte. El caso ruso —sus atletas no pueden participar con su bandera en los Mundiales— añade complicaciones políticas…Y ahora llegan estos Mundiales de pandereta.

La lista es interminable, pero tenía el aire difuso de los síntomas que acaban con un enfermo sin que se noten demasiado. Los Mundiales de Doha han escenificado con toda la crudeza los problemas actuales del atletismo y la terrible gestión de la IAAF, dirigida por Sebastian Coe, brillante atleta y un presidente incapaz de entender la desgraciada deriva de su deporte.

Los Mundiales exponen su estado de salud a una audiencia ávida de consumo, pero selectiva en sus gustos. Cuando se estrenaron los primeros Mundiales (Helsinki 1983), alimentaron un interés desbordante y la codicia de la IAAF, que decidió organizarlos cada dos años a partir de 1991. Ganó el dinero al producto. Desde entonces, con leves excepciones, los Mundiales han descendido en prestigio y popularidad. Interesan cada vez menos.

A Qatar le sobran los petrodólares, pero no tiene ni tradición, ni población, ni apetito por el atletismo. Todos los recursos destinados a enfriar las temperaturas del golfo Pérsico no han impedido el tristísimo desenlace de la maratón femenina, abandonada por la mitad de las participantes. Fuera del estadio, el calor es insoportable para atletas y espectadores. A finales de septiembre, en medio de la apoteosis futbolera y derrotado por la inteligente competencia del Mundial de rugby, los Mundiales de Doha estaban destinados al fracaso y a la invisibilidad.

Huérfano de espectadores, el estadio asiste al esfuerzo anónimo de los mejores atletas del mundo. En estas condiciones, cualquier hazaña pasa inadvertida, lo que menos necesita el atletismo después de Bolt. Como suele suceder en las crisis más agudas, la evidencia del fracaso se descubre desde dentro. La noticia de portada fue protagonizada el domingo por un atleta fuera del ámbito del Mundial. Kenenisa Bekele, 37 años, el fondista más completo de la historia, se quedó a dos segundos del récord mundial del keniano Elyud Kipchoge. En Berlín, no en el vacío Doha.

 

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