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Bendita clavícula, Egan

Los primeros pasos en el ciclismo del ganador del Tour de Francia, un superdotado que se sobrepuso a multitud de dificultades

Egan, con la medalla de oro de los Panamericanos, a los 18 años.

Muchos nacen para ser profesionales. Pocos para ser leyenda. El destino enmarca el rumbo de los elegidos con momentos puntuales que en la mayoría de ocasiones suenan a tragedia, pero en realidad son solo la muestra de una fortaleza hecha para los auténticos campeones. Ver a Egan de amarillo en el Tour de Francia, la carrera más anhelada e importante del ciclismo mundial, es la recompensa a miles de kilómetros trasegados, a esfuerzos descomunales de sus padres por darle lo mejor trabajando sin descanso, pero sobre todo, a la tozudez tan suya y tan propia de los que no se conforman con ser sino que quieren llegar a ser.

Egan nació para el ciclismo sobreponiéndose al no de don Germán, su padre, quien había sido ciclista y de alguna manera, no quería que su primogénito sufriera lo que se sufre a diario sobre la bicicleta. Pero el niño con gen de campeón ganó la partida y su amor por los pedales lo llevó a contradecir una decisión que hoy es el acierto más grande de su vida.

Su primer contacto fue la montaña con Fabio Rodríguez, Pablo Mazuera y Sergio Avellaneda, testigos de su crecimiento de base como un biker intratable, de técnica y resistencia únicas, con capacidad de ganar competencias por 3, 4 y 5 minutos. Pero en realidad lo que valía no eran las diferencias en carrera, su meta nunca fue coleccionar trofeos o medallas, que son la consecuencia de brillar en un evento. En su cabeza el triunfo fue una circunstancia, la cosecha de aprendizaje para ser el mejor.

En el MTB adquirió la técnica y el convencimiento para dedicarse por completo al ciclismo, pero no a una especialidad. A Egan solo le bastó una ocasión para dejar las trochas y revalidar su idilio con el asfalto. Después de ganar su segunda medalla mundial de MTB en Vallnord, Andorra (en 2014 fue subcampeón en Noruega), el mánager italiano Paolo Alberati consiguió que el colombiano compitiera en el Piccolo Fiandre (Pequeño Flandes), clásica juvenil italiana en la que compiten ciclistas que se preparan para afrontar el mundial de carretera. Y allí, sin más compañía que sus prodigiosas extremidades, se alzó con una victoria pasmosa que despejó muchas dudas.

Egan había empezado su romance con la ruta ganando, una costumbre arraigada a su ser y a su personalidad, porque los campeones no se distinguen por edad, se conocen por sus condiciones y especialmente por su mentalidad. En Colombia, el cundinamarqués solo corrió una Vuelta Nacional del Futuro en 2013 con el equipo Carpas Pineda Mezuena. Terminó 22 en la general a 3:14 minutos de Javier Ignacio Montoya (hoy en Beltrami Hopplá de Italia) campeón del evento. No existen más registros ruteros en el país, pues su historia estaba destinada a los grandes escenarios de Europa, donde empezó a vivir lo que su padre nunca quiso para él: caídas y duras lesiones.

Paradójicamente, los golpes y los momentos de zozobra han sido el anuncio de los grandes triunfos de Bernal. En 2015, en el último panamericano juvenil de MTB que disputó en Colombia, en la pista de Cota (Cundinamarca), Egan se colgó el oro recuperándose en menos de 20 días de una lesión de clavícula que a punto estuvo de impedirle una conquista por la que había trabajado arduamente. Con Androni Sidermec, en su primer año, una caída en un descenso lo privó de cantar su primera victoria profesional en la Coppi e Bartali. Sin embargo, luego vino la conquista del Tour de Bihor, en Rumania.

Y aunque se hable de suerte, el ciclismo, que da y quita en su justa medida, lo ha premiado después de sobreponerse a la fatalidad provocada por los golpes. Es como si el destino quisiera poner a prueba su temple. Como si lo retara a pararse o a rendirse. A decir no más o a volver con más ganas. La primera nunca fue una opción, claro está. Ama tanto la bici que asume sus caídas como el trámite del obrero que se machuca martillando una puntilla. Parece simple, un gaje del oficio que llaman. Pero para seguir después de sufrir se necesita una enorme fuerza de voluntad, una dosis de espíritu masoquista y un círculo íntimo de calidad como el que tiene con sus padres, su novia Xiomara, a quien conoce desde los 14 años; sus amigos Pablo Mazuera, Diego Vásquez y Brandon Rivera; y su hermano Ronald, con quien llora y se persigna cada vez que un triunfo se concreta o se avecina.

En mayo de 2018, una caída en el circuito de Montjuïc, en la definición de la Vuelta a Cataluña lo envió al quirófano para operarse la clavícula y la escápula. Seis días más tarde se paró y empezó a montar en los rodillos. En agosto de mismo año, España volvió a ser el epicentro de un drama, esta vez en la Clásica de San Sebastián, donde tras un choque con Mikel Landa sufrió un trauma facial, fractura nasal, múltiples laceraciones y una lesión maxilar que le produjo pérdida de dientes. Al mes siguiente aspiró a ser uno de los convocados al mundial de ruta en Austria.

Dadas las circunstancias, podría decirse que cada golpe es un nuevo renacer. Y a la luz de los resultados así ha sido. En solo cuatro temporadas como profesional, dos de ellas con la estructura del Team Ineos (antes Sky), el joven portento acumula nueve títulos (sin contar la colección de camisetas como mejor joven): Tour de Bihor, Sibiu Cycling Tour, Tour de Saboya, Tour de L’Avenir, Campeón Nacional de CRI, Colombia Oro y Paz, Tour de California (su primer título World Tour), París Niza y Vuelta a Suiza.

El doble dígito, el 10, el número cerrado, el que simboliza a los cracks del deporte, será el Tour de Francia, la carrera que lo vio nacer entre los especialistas de tres semanas, y que en su debut también lo vio caer en el pavés camino de Roubaix. Poco le importó, se recuperó y contribuyó al título de Thomas y al rescate de Froome. Trabajó como buen gregario para ser un sólido líder. Y tal como en su debut con la Selección Colombia en el Tour de L’Avenir 2016, el primer año fue aprendizaje, el siguiente victoria volando en Los Alpes, escenario de sus grandes gestas.

Nunca vi a un ciclista más enamorado con el entorno alpino, tanto que antes de labrar su victoria en el Tour de L’Avenir 2017, construyó su liderato durante un entrenamiento en el día de descanso. Subió el puerto Les Saissies en medio de la lluvia imaginando la situación de carrera, mientras sus compañeros reconocían el final sin hacer mayores esfuerzos. Esa es la diferencia de los distintos, siempre van un paso por delante.

Así gestó y ganó su primer amarillo, un color con el que tiene una conexión más que especial. California, París Niza y Vuelta Suiza son amarillas. El Giro es rosa y Egan se fracturó. Se paró, se recuperó y la secuencia cromática no se interrumpió. Bendita clavícula.

Eder Garcés es el responsable de comunicación de la Federación Colombiana de Ciclismo y ha seguido de cerca todos los pasos de Egan Bernal en el ciclismo.

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