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MUERE UNA LEYENDA ANÁLISIS i

Un piloto de película

Niki Lauda siempre fue un ganador más que un ‘ferrarista’ y no admitía que una escudería con tantos recursos no ganara el Mundial

Niki Lauda, con Michael Schumacher, en 1998. Ampliar foto
Niki Lauda, con Michael Schumacher, en 1998. EFE

Niki Lauda fue un piloto de película, no solo por ser el protagonista de Rush, el film del reconocido Ron Howard, sino por sus duelos milimétricos con James Hunt y Alain Prost, resueltos por un punto o medio punto; por sus carreras dramáticas, ninguna como la de Nürburgring, en la que ardió en llamas en su asiento hasta que le sacó Arturo Merzario; y también porque le hablaba al patrón con la misma dialéctica que el amo se dirigía a sus trabajadores de Maranello.

El día que se puso al volante de un bólido rojo, acabada la prueba, sentenció ante el mismo Enzo Ferrari: “No tiene usted nada más que un precioso montón de mierda”, las mismas palabras que utilizó para definir el coche que conducía Fernando Alonso en el Gran Premio de Alemania de 2014. Lauda siempre fue un ganador más que un ferrarista y no admitía, por tanto, que una escudería con tantos recursos no ganara el Mundial. Así se explica que fuera tricampeón, dos veces con Ferrari.

“Hay miles de jóvenes que saben rodar más rápido que yo, pero yo piloto un Ferrari”, proclamaba Lauda, convencido de que un equipo con corazón italiano precisaba de la cabeza de un norteño, tesis que se cumplió después con Michael Schumacher y se ha roto con Sebastian Vettel, cuando a juicio del austriaco “cualquier mono podría conducir hoy un Fórmula 1”. Lauda escupía cuando se trataba de poner el coche a punto en Fiorano.

Muy directo, no marcaba las diferencias necesariamente en la pista con duelos épicos como los que sostuvieron Ayrton Senna y Alain Prost, sino que se imponía por el esmero con el que se preparaba, pionero en el gimnasio y la nutrición, profesional por excelencia en un deporte que entonces admiraba a los aventureros, representados por su gran rival, el británico Hunt. “El motor no razona; el piloto sí”, argumentaba, elogiado por su inteligencia por expertos que cuidaron de su carrera como Joan Villadelprat.

Exigente y calculador, nunca fue un romántico ni tampoco un relaciones públicas a pesar de que sabía ganarse a la gente que necesitaba para su causa, la de ser el número uno. No fue casual que Ferrari ganara después de la llegada de Lauda ni tampoco que Mercedes domine hoy la fórmula 1 si se tiene en cuenta que era su presidente no ejecutivo, asesor de Toto Wolff y valedor de Lewis Hamilton. Lauda era un hombre de verdades como puños.

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