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Marc Roca, el observado

El jugador de la sub-21 y el Espanyol es uno de los medios de su generación que más intriga a los grandes clubes europeos

Marc Roca, en un partido del Espanyol.
Marc Roca, en un partido del Espanyol.

“Somos un país de mediocentros”, decía Marc Roca, peinado como un bachiller y dibujando una sonrisa de satisfacción, embutido en el uniforme de la selección española, a punto de sentarse a comer junto a Carles Aleñà, Mikel Merino, Igor Zubeldia, Pablo Fornals y Carlos Soler, crème de la crème de la última camada de volantes nacionales, durante la concentración que la sub-21 de Luis de la Fuente completó esta semana en Marbella antes de disputar el Europeo de la categoría del próximo mes de junio.

La abundancia de mediocampistas en España invita a pensar en una implacable lógica formativa. Marc Roca, que este sábado enfrenta al Barcelona en el derbi de Liga del Camp Nou, advierte que saltó al escenario por casualidad.

“Llegó un entrenador al cadete A del Espanyol, a mitad de temporada”, recuerda, “yo estaba de lateral izquierdo y me dijo: ‘¡es que yo no te veo de lateral!’. Y yo le dije: ‘Es que yo no soy lateral. ¡Soy mediocentro!”.

“Lo tenía claro por mis hermanos”, explica. “Ellos son mediocentros, y muy buenos. Diestros. Jugaron en Tercera. Yo soy el único zurdo de mi casa… Y por casualidades de la vida, el compañero que estaba jugando de mediocentro en el cadete del Espanyol se lesionó, se resfrió, tuvo unos vómitos, no sé qué pasó con el otro… y el entrenador me metió en la segunda parte. Metí un gol y a partir de ahí todo fue para arriba”.

Su carrera marchó tan bien que durante los dos primeros meses de la actual temporada, Marc Roca se convirtió en el mediocentro Sub-21 más examinado por los grandes clubes europeos. No había un partido del Espanyol que no reuniese ojeadores del Arsenal, del Tottenham, del PSG, del Barça, el Madrid o del City —en busca del sucesor de Fernandinho—, todos pendientes de interpretar señales prodigiosas del flaco que repartía el juego. Hasta el Valladolid-Espanyol del 23 de octubre (1-1), el zurdo nacido en La Granada (Barcelona) en 1996 hizo un despliegue de valor tal que convirtió su cláusula de rescisión de 40 millones de euros en una aparente ganga.

Quería el balón siempre y de forma continua. Era un torbellino de movilidad pidiendo a sus compañeros que le pasaran la pelota. Incluso cuando le marcaban de cerca sabía escaparse con un control preciso —con la zurda o la diestra— que le servía para repartir el juego de forma rápida y asombrosamente infalible. Cuando sus colegas recibían sus envíos se colocaban en el escenario del lucimiento. “Mandaba el balón tenso, con el control ya hecho”, observó un técnico que informó de él a un club inglés.

“Lo que más placer me da es hacer jugar bien a mis compañeros dándoles el balón con ventaja”, admite Marc Roca.

Estaba en la cumbre de su expresión cuando el Espanyol, antes de Navidad, comenzó a desinflarse. En plena crisis de identidad del modelo, el jugador que más sufrió fue el abanderado de Rubi, el entrenador que implantó el 4-3-3 en Cornellá. Los pases que antes hacía con tiralíneas fueron progresivamente interceptados por adversarios. Los fallos le ofuscaron y le desconcentraron. La desconcentración alimentó el error. Tras un periodo de oscuridad, recuperó la lucidez a medida que el Espanyol se recobraba.

“Una de las cosas más difíciles de hacer es filtrar un balón entre dos mediocentros”, explica, “o entre un mediocentro y un extremo cuando están cerrados. Al final es intentar ver dónde puede ganar el espacio tu compañero. Para hacer un pase interior entre líneas es muy importante darle al balón fuerte y que pase. Porque si la pelota no pasa te montan un contraataque. A mí me gusta mucho hacerlo. Pero tienes que tener cuidado de no abusar de ello porque los equipos acaban estudiándote, te cierran y te pillan”.

En ocho meses los enviados de los grandes clubes aprendieron que Marc Roca reúne las más delicadas cualidades técnicas. Falta por saber si posee el carácter de los que se rebelan contra el destino. La línea inefable que separa a los buenos de los extraordinarios. Una línea que el Camp Nou ayuda a revelar en cada partido.

 

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