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ABUSOS SEXUALES EN EL DEPORTE

“La víctima siempre se siente culpable”

Tres generaciones que acusan de abusos al entrenador de atletismo Miguel Ángel Millán hablan por primera vez entre ellos de sus casos y de cómo cambiaron sus vidas

De izquierda a derecha, Francisco Toledo, Alonso Sánchez, Javi Gómez, Ginés Hidalgo, Antonio Peñalver y Ginés Ramírez.
De izquierda a derecha, Francisco Toledo, Alonso Sánchez, Javi Gómez, Ginés Hidalgo, Antonio Peñalver y Ginés Ramírez.

Atardece en Santa Cruz de Tenerife. E. y P. y su hermana, adolescentes alegres, pasean y disfrutan y hablan libres, sin peso en la conciencia, por la Plaza de España y los jardines de la Marina. E. y P. han denunciado por abusos sexuales a su entrenador de atletismo, a Miguel Ángel Millán, el hombre que llenó su adolescencia de sueños de gloria olímpica, y contra él han testificado en un juicio ya visto para sentencia y en el que la Fiscalía y la acusación particular le piden 18 y 21 años de cárcel, respectivamente. Desde la terraza de una cafetería, junto al parque, alrededor de una mesa, les observan los que sufrieron en manos de la misma persona y fueron callados hace 35 años y más. Son seis hombres ya hechos y derechos, padres de familia, rondando los 50 todos, que han llegado desde Alhama de Murcia para testificar, para denunciar, lo que en su momento callaron ellos, callaron sus padres, callaron las autoridades. Intentan, hablando en grupo, descargarse del peso del silencio. Como una sesión de terapia.

Quieren que se sepan sus nombres y sus apellidos como cuando eran o querían ser atletas entrenados y atormentados por Millán, y alguno tocó de verdad la gloria olímpica. Son Francisco Toledo, Ginés Ramírez, Alonso Sánchez, Ginés Hidalgo, aún, desde 1992, plusmarquista nacional sub-18 de decatlón con pesos y vallas absolutos desde agosto del 92, Javier Gómez Cala y Antonio Peñalver, el subcampeón olímpico. Llevaban años sin verse ni hablarse. Nunca se habían contado uno a otro que habían sufrido lo mismo. En el tribunal, los abogados de Millán les han preguntado suspicaces si no se habrán puesto de acuerdo para declarar lo mismo... “Qué de acuerdo, qué de acuerdo”, responden, “como si alguien me tuviera que decir por lo que pasamos...”.

Elisa, la madre, de E., la mujer que batalló y no paró hasta lograr que sus denuncias fueran tenidas en cuenta, les acompaña, les agradece su ayuda, relata su experiencia. Mira a su hijo y sus amigos y sonríe con cierta tristeza. “Lo importante es que no te quiten esa alegría casi infantil”, dice. También está Dani, que aún no ha cumplido los 30 y fue atleta de Millán y también cuenta que sufrió abusos en Tenerife hace más de 10 años, y habla de la dificultad no solo de denunciar, lo que intentó cuando surgió el caso de Gloria Viseras, la gimnasta que denunció a Jesús Carballo, sino de que crean a quien denuncia, de la soledad de la víctima.

Son tres generaciones

Peñalver y Elisa, la madre de E.
Peñalver y Elisa, la madre de E.

Antonio Peñalver. Desgraciadamente esto ha servido para que personas que llevábamos 27 años absolutamente aislados unos de otros, por el secreto, por la culpa, por la vergüenza, retomemos nuestra relación para ayudarnos unos a otros a superar lo que ocurrió en aquellos años de infancia y las secuelas que ha tenido en cada uno de nosotros durante los últimos 25-30 años. Hemos retomado una relación de amigos que en muchos casos, el mío por ejemplo, había sido imposible. Yo he sido incapaz de mantener una relación de amistad sana con nadie por muchos traumas, por muchas historias

Francisco Toledo. Es doloroso tener que volver a revivir una cosa que intermitentemente ha estado siempre en nuestras vidas y ahora con una intensidad muy fuerte. Para mí no ha sido nada fácil, pero si tienes un poco de empatía con los demás…. No quise dejar a otras víctimas solas, igual que nos pasó a nosotros.

Ginés Ramírez. Tenemos que terminar un trabajo que no hicimos en su día, que es lo que nos pesaba más. Quizás este juicio debería haber sido hace 30 años o 35 en Murcia y no habría otra gente implicada.

Ginés Hidalgo. ¿Qué menos que darles nuestro apoyo y que nos sirva, no solo a nosotros, que sí que nos puede servir, sino a otros chavales que podrían pasar por la misma situación con este depredador sexual y a otros chavales con otro, y que les sirva para que no les pase y si les pasa para que den la cara?

A.P. Yo he seguido toda la vida en el atletismo, salvo un periodo intermedio dedicado a la política [fue director general de Deportes de la Comunidad Autónoma de Murcia], primero como deportista, y ahora, desde hace tres años, como entrenador, y el problema es que sigo viviéndolo, sigo viviéndolo y recordándome cada vez que lo veía, pero pensando que esto no podía volver a pasar, que estaba la cosa controlada. Y, aunque siempre estaba ahí la duda, la hostia fue muy grande cuando me llamaron de Tenerife...

Alonso Sánchez. Yo no tenía dudas de que seguiría pasando en cualquier sitio. Después de lo que pasó en Alhama, yo no sé si centenares de casos porque lo hemos hablado y evidentemente son muchísimos más los casos, y de generaciones anteriores, ¿cómo vas a pensar que una persona así, que además sale indemne de Alhama, de pronto se ha reintegrado en la sociedad? Yo tenía la certeza de que seguiría.

Javier Gómez. Yo he tenido sentimiento de rabia, pero no, como sería lógico, contra Miguel Ángel, sino, contra mí cuando supe que esto había vuelto a pasar aquí, contra mí y contra nosotros... Lo mejor de este caso es haber conocido a Elisa, la persona clave de esta historia, yo me siento un mindundi comparado con ella. Ni yo particularmente ni todos juntos fuimos capaces de hacer lo que hizo esta mujer sola. Y esto es lo que yo llevo bastante mal. Siento rabia hacia mí, siendo víctima y conocedor de los casos, por no haber sido capaz de hacer nada comparado con la madre de E. Ella sola ha hecho lo que no fue capaz de hacer un pueblo entero. Y esto es lo que yo llevo entre muy mal y peor.

Millán, durante el juicio.
Millán, durante el juicio.

A. P. En los años 90 yo no fui capaz ni de comprender qué estaba pasando...

F.T. Eso nos pasó a todos.

A.P. Yo solo fui mucho después, cuando ya tenía 30 años por lo menos, más o menos consciente de la gravedad de los hechos y de que además era un delito que merecía un castigo. En ese momento intenté hacer algo, pero no vi el camino... No de ma vergüenza decirlo, no era consciente, bien por la época, bien por el daño, por el shock que me produjo, no sé... Simplemente sé que había unas personas mayores, responsables, supuestamente, que estaban gestionando aquello. No sé más...

G.H. El sentimiento es de rabia, rabia-culpabilidad hacia uno mismo, por eso, por no saber reaccionar en su momento ni luego. Pero también esa rabia va contra las personas que entonces, en aquel momento, tenían conocimiento de ciertas cosas y a pesar de eso han seguido manteniéndole y dándole la posibilidad de estar cerca de atletas y de niños.

Dani. Antes del juicio tampoco hemos compartido demasiado las experiencias ni hemos hablado entre nosotros de lo que le ha pasado a cada uno. Y el juicio se ha convertido en una experiencia emocionalmente muy fuerte a nivel individual y colectivo, en una catarsis. Es el segundo capítulo de una pesadilla muy gorda que empezó con el sobreseimiento del caso en pleno siglo XXI, en 2016 [la primera denuncia de Elisa y Eduardo, en junio de 2016, fue archivada por la juez, que no veía indicios suficientes para investigar a Millán]. La manera en que se trató la denuncia y que se le diera carpetazo a un caso que se ha demostrado, se está demostrando, que es absolutamente masivo, invasivo, agresivo y no sé qué calificativo ponerle, el hecho de que las personas afectadas le hayan allanado el camino es muy destacable. Se le dio carpetazo y esta persona seguía entrenado a los chavales. Me parece un escándalo. La sociedad en los años 80 lo veía normal y no lo denunciaba, ni decía nada. Era la España de los 80, sí, pero sigue pasando en los años 2000...

F. T. Si yo aún me lo pienso a la hora de sacarme una foto... Tengo 50 años y, en el fondo, a mí me da un poco de palo salir así en EL PAÍS... Y tengo 50 años, 50. Hoy esto todavía sigue siendo algo chungo.

Millán, calvo y con bigote, a mediados de los ochenta con los niños que entrenaba en Alhama.
Millán, calvo y con bigote, a mediados de los ochenta con los niños que entrenaba en Alhama.

A.P. Hubo el error de personas que lo hicieron mal, y lo volvieron a hacer mal con el conocimiento de lo sucedido. Primero camuflan algo, luego das la oportunidad de que otros vuelvan a vivir lo mismo.

J.G. Y no solo en la parte deportiva. Este tío era maestro, y llega un momento en que alguien en Educación firma un traslado, y envían a la zorra a otro gallinero. Alguien tomó esa decisión.

G.H. Era un maestro notorio gracias al mito de la olimpiada. Se convierte en una figura fuera de lo normal que accede a esferas fuera de lo normal. Por supuesto que hubo alguien que dio una orden.

F.T. Yo tenía 24 años y viví esto... Y lo pienso ahora y me digo que si yo hubiera sido uno de esos tipos... No tuvo que ser fácil. Menos de tres meses antes, Antonio y Miguel Ángel estaban en el balcón del ayuntamiento aclamados por todo el mundo. Eran los reyes del mambo, Supermán, eran todo. Y nada, después alguien tiene que pensar, jopé, ¿hemos sido Alhama la envidia de todo el mundo y vamos ahora a convertirla en una pocilga? Y de alguna forma entiendo que no tuvo que ser fácil. Pero también es verdad que las decisiones de la gente potente se toman en condiciones complicadas. Lo fácil lo habríamos decidido todos.

A.P. Les importábamos una mierda. Yo fui un accidente, yo fui un accidente. Lo normal era que los episodios estos o bien psicológicamente o físicamente te hubieran hecho tanto daño que te marcharas de allí y dejaras el atletismo. Lo que pasa es que yo, por alguna razón, por lo que sea, aguanté, y de pronto me convertí en un valor importante... [Peñalver sufrió los abusos cuando tenía 14 y 15 años, pero siguió entrenando con Millán] Al cabo de un año o año y medio de no hacerme caso y sin hablarnos, me dijo, venga, vamos a entrenar. ¿Por qué? Porque... fíjate, pensaría, el tonto este que sigue aquí después de todo lo que le he hecho, parece que no se le da mal... Y encima me convertí en su medio de vida y en su gloria. Consiguió conmigo un contrato de un montón de pasta, que siempre negó... Se pasaba la vida de rositas por ahí y nosotros entrenando solos a costa del contrato que había conseguido conmigo. Y cuando consiguió el contrato ese, volvimos a la misma historia, al trato inhumano, pero una vez más el tontico de Antonio aguantó carros y carretas, así de sencillo.

A.S. Hay mucha responsabilidad por parte de las autoridades, que no actuaron bien, pero también hay que mirarnos a nosotros... La víctima es la que más complicado lo tiene. Hablar le cuesta mucho. Y hay otra cosa, los padres. Entonces, no quiso denunciar ninguno. Hay un componente emocional de dolor personal y familiar y de no querer hacer daño a los hijos porque vivimos en un núcleo pequeño, que todos nos conocemos, y una sociedad muy rancia en la que cualquier cosa que tenga que ver con el sexo es tabú. Imagínate que a tu hijo, además, le ha tocado un hombre. Todo eso también hay que tenerlo en cuenta.

G.R. Pero, sabes lo qué pasa, yo, que tenía 24 años entonces [en diciembre del 92, cuando todo estalló], no puedo culpar a mi padre, que no denunció... ¿con 24 años? Yo, por los motivos que sea, si hubiera ido a la policía y digo esto y esto, da igual lo que haga el alcalde, lo que haga Odriozola, lo que haga nadie. Allí se habría producido algo, por lo menos, pero no lo hicimos.

A.P. Yo, con 24 años, a estos efectos, seguía siendo el niño de 14 años que no era capaz de mover un dedo sin pensar, ¿esto estará bien?

G.R. Ahí voy yo, voy a que su manipulación duraba desde los 13 años nuestros hasta los veintitantos.

G.H. Nuestros padres tenían una mentalidad retrógrada en ese aspecto, y no querían que su hijo saliera en ninguna parte por lo que le suponía al hijo, lo que le suponía a él y le suponía a la familia, y el qué dirán...

La historia de Elisa

Elisa. Yo pensaba que E. tenía una adolescencia un poco difícil. Estaba cerrado, no le gustaba salir mucho... pero nunca lo relacioné en absoluto con nada que tuviera lo más mínimo que ver con abusos sexuales, sinceramente. Una noche, cuatro años después de sufrirlos, E. me dijo, “mamá, no sé si tendrás estómago para escuchar lo que te voy a decir…” Me lo contó seis meses después de que se lo contara a unos compañeros. “¿Te acuerdas de Miguel?” ¿Miguel? “Miguel, mi entrenador...”. Y en ese momento... No hizo falta que me dijera más, Se me encendieron un montón de luces, las conexiones neuronales. Sabía que no era nada bueno, el comienzo de un proceso de noches sin dormir, sentimiento de culpa, ganas de venganza, pero de venganza primitiva... Pensé en cosas terribles, sí, pero ya una vez racionalizada esa parte, me dije, vamos a ser prácticos y a tomarnos esto como un trabajo serio. Y si él ha sido lo suficientemente inteligente para desarrollarlo por la parte mala, vamos a ser lo suficientemente inteligentes para hacerlo por la parte buena, a ver si se puede... Pero nos está costando... Ha habido también mucha gente apoyando, colaborando...

D. Pero después de sobreseer el caso... Al caso se dio carpetazo.

E. Cuando la archivaron, y vi el escrito del fiscal, “visto”, yo decía, pero... Porque en ese momento no éramos conscientes. Ya se sabía que podía haber más. El caso del otro chico, P., que finalmente denunció aquí parecía que podía ser, pero no teníamos la certeza de ninguno. Pero yo sé que pensé, ¿porque no hay ningún otro caso no vamos a tener derecho a justicia? Es que si no siempre llevas las de perder. ¿Es que un caso aislado no merece ser juzgado, analizado? Pero no era un caso aislado, de todas maneras. Se empezó a mover toda la maquinaria y a establecerse las conexiones. Me siento un poco en representación de todas las madres y todos los padres que no pudieron hacer nada por las circunstancias. Estoy con mi hijo y estoy con todos.

J.G. Todos tenemos palabras de elogio hacia ti, y si mi madre viviese agradecería mucho, y pensaría que tendría que haber sido ella, seguro. Igual no tuvo el valor, no tuvo el apoyo, lo que sea. Te estaría eternamente agradecida.

A.P. Antes el marido tomaba las decisiones, pero las madres habrían sido más decididas. En un pueblo, la sociedad sigue siendo machista hoy en día, o sea que hace 30 años todavía más. Lo más importante fue el momento en el que ocurrió, a pocos meses de la gloria del 92. Cómo vas a ser tú el que llene de escupitajos al mito del pueblo. Y el miedo a ser señalados. Mi padre todavía pensaba este fin de semana que, jolín, qué iba a salir aquí. Los padres no denunciaron por miedo a hacerles daño a sus hijos por el contexto social. A los pocos padres que quisieron denunciar les convencieron de que no hicieran nada. ¿Hubo alguna de las personas que se enteraron que nos animaran a denunciar? ¿Quién? Al revés. Nos decían, lo tenéis todo perdido, nadie os hará caso, no denunciéis, os vais a hacer más daño...

E. Lo primero que me dijeron cuando presenté la primera denuncia, la que archivaron, fue que Millán no tenía ningún antecedente. Fue como si dijeran, empezamos mal, el acusado no tiene antecedentes y tiene casi 70 años... Después de denunciar y de ver que se materializara, y a raíz de la prisión provisional también, a E. se le pasaron todos los problemas digestivos que tenía (le habían hecho pruebas de intolerancia a la lactosa, colonoscopias). Lo de la prisión provisional es sobre todo muy importante. Mi hijo antes me decía que iba caminando por la calle y solo pensar que lo tenía que ver... Solo con ver a alguien medio parecido se cruzaba de acera de la fuerza tan grande que ejercía sobre él, el miedo que le producía. Y además está convencido de que denunciar es lo que había que hacer. Y cuando tienes esa convicción tu cuerpo reacciona. Yo confié de manera total en Millán durante el tiempo que entrenó a E., pero después de que me lo dijo mi hijo, no tuve la menor duda, y le agradezco esa lucidez. Guardó el secreto meses. No tienes estómago, ay, mi madre. Y fue todo poquito a poco. Cuando tengas ganas de hablar, tú me dices... ¿Tienes ganas? Mamá... Somos pesadas las madres, sí, lo sé, pero es lo que toca. Tú, cuando tengas ganas de hablar... ¿Y tienes ganas ahora?

F.T. Yo tengo tres hijos. La mayor vive fuera de España, en un internado de niñas, y quiero pensar que no pasa nada. El pequeño, que tiene 13 años y hace baloncesto y atletismo, ahora cuando ha pasado esto me he sentado a hablar con él. Le he hablado y le he contado lo que nos pasó, lo que me pasó, le he intentado poner en antecedentes, porque con 13 años ya es consciente de lo que puede pasar, cosa que nadie hizo con nosotros. Yo hablé con mi hijo Pepe un día que hacíamos una caminata por allí y pasamos por Fuente Blanca [la casa de campo a la que iban a dormir en colchonetas cuando iban de excursión los fines de semana a Sierra Espuña y donde Millán abusaba de ellos]. Mira, Pepe, te voy a contar una cosa que me pasó en esa casa... Se lo adorné un poco. Sí, se lo conté. El objetivo es que estuviera prevenido.

A.S. Esto es lo que tendría que ser pero no es. Fijaos el trabajo que ha costado que se le hiciera caso a un chico que denunciaba... Se ha avanzado algo pero la verdad es que no tanto. ¿Quién va a su padre y le dice, mira, me está pasando esto? Con el sentido de culpa que es algo universal y que se mantiene en el tiempo. La víctima cree que es culpable y te hacen sentir que eres culpable. Da igual que sea violencia de género o abusos sexuales de cualquier tipo...

G. H. Yo le dije a mi padre lo que había pasado, por qué yo había dejado de ir a la Sierra a las excursiones de Millán, porque mi padre se enfadaba conmigo, ya no subes a la sierra y te vas de fiesta... y cómo iba a decirle a mi padre no subo a la sierra porque este hijo de puta me toca la picha..., y me quedaba a entrenar solo en Alhama. Y cuando me siento delante de mi padre y se lo explico, bueno, mi padre cogió una azada y su intención era, porque yo vivo a 100 metros de su casa, era ir a abrirle la cabeza. Le convenzo de que no y me voy a hablar con ese señor, y él me pidió disculpas por activa y por pasiva, llorando, él y su mujer, los dos, llorando y pidiendo perdón, y, claro, cuando a mí se me ocurre decirles que se lo había dicho a mi padre, el llanto se le cortó de raíz, y quería que fuera mi padre a hablar con él. ¿Pero cómo va a venir mi padre a hablar contigo? Si viene aquí mi padre, te mata... Mi padre estaba jugando a la petanca un poquito más allá y nada más que mirando a ver si salía yo de la casa de este señor, del hijo de puta... Y yo estaba de allí y cuando salí fui directo a buscar a mi padre a los bolos. Papá, que quiere hablar contigo... Mi padre entró en su casa queriendo matarlo y salió de allí llorando conmigo, y con él y con su mujer... Salimos los cuatro llorando. Tenía 15 años.

F.T. No he conocido a nadie con esa capacidad de manipulación. Lo que pasa es que esa habilidad la utilizó solo para esto.

La historia de Dani

D. Millán me conoció en Zaragoza, donde fui a ver a mi amigo Ruymán a una competición, y me fichó. Empezó a entrenarme a distancia por email un tiempo y por messenger, y consiguió que yo viniera aquí. Llegó a venir a casa de mi madre, en la península, y me acuerdo como si fuera ahora mismo. Se sentó en el sofá y largó. Porque el potencial que tiene tu hijo es tremendo, y porque tal y tal... Y consiguió que me viniera a Tenerife, y me sorprendió que mis padres dijeran que no al principio, porque mis padres nunca habían estado mucho conmigo por circunstancias de la vida. Pero convenció a mi madre, y cuando salió de casa es como si yo tuviera ya los billetes de avión comprados, y yo me vine aquí. Venirme aquí con un grupo de amigos, entre ellos mi mejor amigo, Ruymán, a una experiencia bonita y a hacer deporte y a estudiar, y todo era jauja, a acabar prácticamente no queriendo casi ni vivir por el agobio y la soledad que sientes cuando estás a 3.000 kilómetros de tu casa y te das cuenta de que tú ni eras bueno en atletismo ni hostias. Era todo un capricho de un depredador. Y yo acabé totalmente aislado, sin autoestima, perdido. Y solo con los años aprendes a entender que todo eso me afectaba en todo, en relaciones personales, en decisiones, en yo no sé por qué elegí la carrera que elegí, yo no sé por qué... Muchas, muchas, muchas cosas, hasta el punto de no haber visto o hablado en 10 años con mucha, mucha gente.

Y todos corean: "Eso podríamos firmarlo todos. Es un monstruo, un monstruo".

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