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EL JUEGO INFINITO OPINIÓN i

Cómo curar a Dembélé

Conozco más casos de fracaso por inadaptación social que futbolística, y me resulta curioso que a un jugador con problemas de comportamiento se lo castigue impidiéndole jugar

Dembélé, a su llegada a la concentración de Francia el 12 de noviembre.
Dembélé, a su llegada a la concentración de Francia el 12 de noviembre. AFP

Sí, claro. El fútbol no tiene piedad con los mediocres y no le da opción a los enchufados. Una competencia justa, donde los capaces triunfan y los demás se quedan en un camino en el que encontraron sacrificio, fatalidades, a veces injusticias. Superar obstáculos es parte obvia de todo reto y se logra con talento e ilusión. Llegar a profesional es complicado, con millones de postulantes que salen como espermatozoides en busca de una oportunidad. Siendo aún niños tienen que enfrentarse a la lógica adulta de los padres, que meten una presión insoportable. Y a procesos de selección que empiezan de nuevo cada temporada y que ponen en combustión a compañeros que rivalizan por un puesto, entrenadores que exigen, rivales que pegan, aficiones que insultan. Por esa razón, cuando oigo decir a alguien que no es jugador porque “mi padre me obligó a estudiar”, contesto: “Sí, claro”.

El remedio equivocado. En efecto, la carrera del futbolista está llena de amenazas. De hecho, hay promesas que se hacen veteranos sin cumplir lo que prometían. Sobran razones. Porque el talento era más aparente que real, porque la personalidad no respalda a la calidad, porque las lesiones demoran la explosión… O por dificultades de encaje en un nuevo entorno que provoca distracciones. Si nos atenemos a las informaciones, Dembélé entra de lleno en la última hipótesis. Conviene tomarlo en serio porque conozco más casos de fracaso por inadaptación social que futbolística. Dicho esto, me resulta curioso que a un jugador con problemas de comportamiento se lo castigue impidiéndole jugar. Más curioso aún que la opinión pública respalde la medida. Intentar recuperar a un futbolista con problemas impidiéndole jugar, me parece incomprensible. Instrúyanlo para que cambie sus hábitos de vida porque aún está en edad de aprender. ¿Pero cómo se puede curar a nadie quitándole la pasión de su vida?

Fútbol clásico. El River-Boca tiene a los argentinos como un gato en una bolsa. Una locura que está fermentando desde hace quince días y que esta noche termina. Se compite nada menos que por el poder. Europa y Sudamérica lo hicieron a cara de perro durante décadas. Hoy, Europa es la meca y consagra como unidad de medida la delicadeza técnica de LaLiga, el brillo e intensidad de la Premier, el espectáculo civilizado de la Bundesliga… A Sudamérica le queda la dignidad del pariente pobre. Pero no confundamos superioridad económica con superioridad moral. Europa mira la Final como si se tratara de un fútbol primitivo, rabioso en las tribunas y precario en el campo. Error. Fútbol de antes, pero no menor. Siguen siendo cientos los jugadores que llegan para fortalecer el fútbol europeo con talento, oficio y personalidad gracias a una cultura que expira amor al juego. Un respeto. Hoy Movistar no da Parque Jurásico, sino fútbol de verdad.

¿Qué será del fútbol? Mi admirado Pablo Aimar me puso en alerta cuando declaró algo inquietante: “La mía es la última generación que verá los partidos enteros”. Las ideas nuevas siempre parecen exageradas, pero la frase me dejó pensando porque es coherente con una época que nos pide velocidad en todo: en alcanzar el triunfo, en leer las noticias, en ver los partidos. Luego me enteré de que la NBA ya ofrece como opción de compra el último cuarto de los partidos de baloncesto. ¿Para qué perder tiempo con los otros tres? Finalmente, Aurelio de Laurentiis, presidente del Nápoles, le apretó el acelerador a la inquietud de Aimar, al proponer dos mitades de media hora con un descanso de dos o tres minutos “para que no se aburran los jóvenes”. Ya que está, que le pregunte a los jóvenes el nombre del nuevo juego, porque “fútbol” no es.

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