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Magnus Carlsen, el odio a perder

Competidor feroz, el noruego disfruta revisando cómo ha logrado doblegar la resistencia de sus rivales

Magnus Carlsen, este jueves en Londres.
Magnus Carlsen, este jueves en Londres. AP

Estrellar su chaqueta con rabia contra el suelo o desairar a aficionados y periodistas tras una derrota. Magnus Carlsen ha hecho eso varias veces. Pero pierde muy pocas partidas, lo que explica el gran problema de su padre, Henrik: “Es muy difícil motivarlo. Le digo que, si bien más arriba del número uno no hay nada, por debajo hace mucho frío”. Si no fuera campeón, el noruego ganaría mucho menos dinero y dejaría de anunciar marcas de lujo, como Porsche o la ropa G-Star.

“Ser campeón del mundo se ha convertido en una parte de mi identidad, de modo que hablamos de algo muy serio. En realidad, lo que me importa no es el título, sino que lo tenga otro”, dice Carlsen en el último número de la revista Time. Lo que tiene mucho que ver con lo dijo a EL PAÍS hace dos años en Nueva York, al día siguiente de renovar el título con muchos apuros (en el desempate de partidas rápidas) frente al ruso Serguéi Kariakin: “Reconozco que mi principal problema es el control de mis emociones; debo trabajar seriamente en la preparación psicológica”.

Esa sorprendente sinceridad es habitual en Carlsen, un feroz competidor y ganador que no siente lástima por sus víctimas —lo ha dicho varias veces y que obtiene su mayor placer cuando visualiza cómo ha logrado doblegar la resistencia de su rival, a veces tras siete horas de suplicio. Un psiquiatra que conozca en detalle la vida de Carlsen quizá vincule ese placer con el acoso que el pequeño Magnus sufrió en el colegio cuando sus compañeros vieron que era raro y superdotado. Sus padres lo habían visto mucho antes, a los cuatro o cinco años; ninguna de sus biografías omite que a esa edad recitaba de memoria todos los países del mundo y los municipios de Noruega, o que resolvía rompecabezas muy complicados.

La adolescencia de Carlsen es similar a la de Caruana en cuanto a que ambos se aburrían en clase y en que viajar mucho fue una de las terapias. Pero con una diferencia muy importante: tras un año sabático cuando él tenía 13, dedicado a recorrer Europa jugando torneos y visitando sitios culturalmente interesantes, Magnus volvió al colegio y terminó la enseñanza secundaria, con un plan especial para grandes deportistas.

Mientras tanto, Carlsen fue dejando marcas de precocidad extrema: gran maestro a los 13 años, número uno por primera vez a los 18, campeón del mundo a los 22… lo que a su vez generó otra hazaña: convertir el ajedrez en un deporte muy popular en Noruega, donde era casi desconocido. Uno de muchos ejemplos: la dirección de uno de los bancos más importantes del país ordenó bloquear en todas las sucursales las páginas de Internet que retransmitían en directo sus partidas del Mundial contra Anand en Chennai (India), tras comprobar un alarmante bajón en la productividad de los empleados.

Todo indica que la decisión de ir al colegio hasta los 16 años es clave para que Carlsen no sea un enfermo mental evidente, como otro campeón tan genial como él, el estadounidense Bobby Fischer (1943-2008). El psiquiatra islandés Kari Stefansson, que trató mucho a Fischer en los últimos años de su vida, lo explica así: “Las personas normales pensamos casi siempre dentro de una caja, con unos límites. Los genios salen a menudo de esa caja, y entonces producen genialidades. Pero a veces no saben volver, y a eso lo llamamos locura”. Varios psiquiatras consultados por este periódico coinciden en que la escasa educación de Fischer contribuyó a que desarrollara enfermedades mentales. De momento, Carlsen siempre ha vuelto dentro de la caja, y no se ven riesgos de que deje de hacerlo.

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