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El clan de Salamanca que resucitó a Cazorla

El fisioterapeuta que ha obrado la milagrosa recuperación del futbolista asturiano relata a EL PAÍS el duro proceso afrontado

Juan Carlos Herranz, el fisioterapeuta de Cazorla. / Vídeo: Cazorla vuelve al Villareal tras dos años parados por lesiones el pasado 10 de agosto. Vídeo: Atlas

A principios de 2017, un médico inglés se rindió ante la lesión del pie derecho de Santi Cazorla, aún en el Arsenal, con un pronóstico que parecía dirigido a un veterano de guerra: si vuelves a caminar por el jardín con tu hijo, date por satisfecho. Algo más de un año después, el pasado 9 de agosto, el mago Yunke hizo aparecer al futbolista en una urna repleta de humo sobre la hierba del Estadio de la Cerámica. Después de los discursos por su presentación como jugador del Villarreal, hizo entrar a su hijo, Enzo, que le lanzó una pelota. Cazorla (Lugo de Llanera, Asturias, 33 años) la elevó con un control, dio unos toquecitos, la envió hacia arriba de espuela y la recogió con las manos sin apenas mirarla.

La escena recordó a otra sobre la que Juan Carlos Herranz, el fisioterapeuta que le ha recuperado el último año, bromeaba hace un par de semanas en un grupo de WhastApp con el futbolista y el preparador físico Arturo Martínez. Herranz (Salamanca, 44 años) envió una fotografía de Cazorla en la pretemporada del Villarreal: “Eso no parece que sea tu hijo ni el jardín de tu casa”, escribió. Era casi un desahogo, después de meses trabajando para recuperar a un lisiado, aparente exfutbolista. Después de una decena de operaciones, Cazorla decidió recuperarse en Salamanca con Herranz, a quien conocía desde 2008 cuando empezó a tratarlo en la selección española que ganó la Eurocopa. El carrusel de visitas al quirófano comenzó el 7 de diciembre de 2016, cuando un médico sueco le abrió para arreglar un tendón que se le había enredado en una bursa. Herranz lo esperaba en Salamanca el 2 de enero para empezar a trabajar y devolverlo al juego un par de meses después. Pero no llegó.

Se sucedieron complicaciones con la herida y regresos al quirófano en Londres, hasta que se rindieron y Cazorla se fue a Vitoria a buscar al doctor Mikel Sánchez. Allí le encontraron varias bacterias que se había comido ocho centímetros del tendón de Aquiles. Los antibióticos acabaron con las bacterias y Sánchez le reconstruyó el tendón con tejido semitendinoso extraído del muslo. Y se lo envió a Herranz. Llegó a su clínica, en un barrio obrero de Salamanca, el 10 de julio de 2017: “Entró cojeando. Era un cojo. Estaba todo de pena. Tenía el pie que no sabía por dónde empezar, cómo hacer”, recuerda Herranz. Sin embargo, se propusieron ir más allá del jardín: “Nuestro objetivo era que volviera a jugar -dice Herranz-. Yo sabía que iba a jodido, pero nunca me puse en la tesitura de que no fuera a jugar. Si no, no habría aceptado tratarlo. Aunque el primer objetivo era que quedara lo mejor posible para su vida. Le dije que iríamos por etapas: que el tobillo se fuera desinflamando, que caminara, corriera, saltara… Pero para él todo lo que no fuera jugar era una derrota”.

Cazorla se dedicó a su pie de manera sacerdotal. Dejó a su familia en Londres y se trasladó a un hotel cerca de la plaza Mayor de Salamanca. Solía empezar a trabajar a las diez de la mañana. Iba a pilates con Sara, o a la piscina con Isabel, después a tratarse en la clínica con Herranz, a quien ayudaba Diego Alonso, también fisio. Luego, comida, siesta, trabajo físico, y de vuelta a la clínica, de la que algunas noches salían más tarde de las once. “Muchas veces hemos cenado aquí en la camilla”, cuenta Herranz. En la camilla también vieron muchos partidos de la Champions y del Mundial de Rusia.

En agosto del año pasado se pegó sus primeras carreras por el césped del Helmántico. No mucho después le dejaron un balón en aquel estadio vacío, donde ha peloteado mucho con Ruth García, jugadora del Levante. “Se lo metimos como golosina, primero pases en corto -dice Herranz-. Estaba feliz. En cuanto veía un balón se tiraba a por él”. Eran las rendijas de luz que atisbaba entre el dolor que sentía y el que le provocaba Herranz durante las horas y horas de tratamiento manual. “Es un tipo muy duro para aguantar el dolor. Cualquier otro futbolista no habría conseguido lo que ha conseguido él”, dice el fiisoterapeuta, que no se dedicó solo a removerle los tejidos. Con la familia del futbolista a más de 1.200 kilómetros, Herranz le construyó una, y casi hasta le alojó en su casa: “Me la estaban reformando; si no, habría vivido conmigo”, dice. Le prestó hasta sus amigos, Tate, Nano y Diego: “Salía con ellos mientras yo me quedaba trabajando. Hacían rutas de tres horas en bici y ellos me decían: nos lleva reventados… Subían al pico Cervero y los sacaba a todos de rueda. Luego se tomaban unas cervecitas, le sacaban un poco de jamón en casa…”, dice Herranz.

Disfrutaba con esas pequeñas competiciones, y también por la calle. La gente le paraba: “Cómo te pareces a Cazorla”. Y él bromeaba: “Me lo han dicho muchas veces… No, es que soy Cazorla”. No siempre le creían: “Venga ya, qué vas a ser tú Cazorla, qué va a hacer Cazorla aquí”.

Pero también atravesaron momentos terribles. El 27 de noviembre de 2017, tres semanas después de contar en Marca sus desdichas, cuando ya atisbaba la orilla, Cazorla llamó a Herranz desde Vitoria, adonde había ido para un tratamiento: “Me he vuelto a romper”, le contó. Mikel Sánchez le operó de nuevo para reconectar la parte inferior del injerto. “Y volver a empezar otra vez”, recuerda Herranz; “entre todos intentamos animarle. Pero él siempre fue muy positivo y dijo venga, que es la última. Muchas veces me tenía que dar ánimo él a mí en lugar de yo a él”.

La incertidumbre los sobrevolaba de manera constante. En otra ocasión, el problema fueron unas botas nuevas, que le provocaron heridas profundas y detuvieron el proceso. “Siempre estábamos esperando a ver cuándo nos venía la leche”, dice el fisioterapeuta. Pero el 6 de julio Cazorla se trató por última vez en Salamanca, se despidió del clan que lo había arropado y viajó a Vila-real para la pretemporada. Y un mes después salió de un truco de Yunke como último fichaje, dispuesto a debutar el 18 de agosto en casa contra la Real Sociedad.

En la grada estará Juan Carlos Herranz, con los nervios de una madre, aunque sabe que el tendón está perfectamente: “Cada vez que le da a la pelota parece que le estoy dando yo. En algún balón dividido al que ha entrado con fuerza, hasta he cerrado los ojos”.

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