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Eusebio Unzue clama contra las etapas de pavés en el Tour

El director del Movistar lamenta la peligrosidad de las clásicas de adoquines y lucha para que la 'grande boucle' no vuelva a introducirlo después de este año

Matteo Trentin, Sebastian langeveld, en primer plano, observa cómo la médica atiende a Matteo Trentin. Ampliar foto
Matteo Trentin, Sebastian langeveld, en primer plano, observa cómo la médica atiende a Matteo Trentin. Getty Images

Los corredores del Tour del Movistar disfrutaban ayer del sol insólito del norte de Francia en un hotel de Cambrai, la gris. En un hospital no muy lejano, le habían hecho las primeras curas a su compañero Nelson Oliveira, que se cayó el domingo en el pavés de la París-Roubaix y se rompió, bien rota, la clavícula. Y también la mirada casi se le rompe porque le atendieron tan tarde, ya caída la noche, que hasta fue espectador de las maniobras desesperadas e inútiles de los médicos urgentistas para intentar salvar la vida al joven ciclista belga Michael Goolaerts, a quien se le había parado el corazón en un tramo de adoquines del llamado infierno del norte. Con ellos pasaron también por el hospital otras víctimas del pavés, ciclistas buenos y duros, como el suizo Stefan Küng, que se rompió la mandíbula, o el rápido italiano Matteo Trentin, con la caja torácica fracturada. Y sobre las mismas piedras duras e inmisericordes Valverde, Landa, Nairo, Marc Soler y todos los que lo corran se jugarán el Tour y el cuerpo el 15 de julio, en la etapa que Eusebio Unzue, su director, maldice.

En abril, tres meses antes, están por ahí para recorrer en bicicleta los 15 tramos (21,7 kilómetros: más que nunca, casi el doble que lo habitual) de pavés de la etapa del Tour, que acabará, como la clásica decimonónica, en Roubaix. Al menos no les llueve, lo que tampoco les consuela, porque, fatalistas como tienen que ser, saben que sol en abril suele corresponderse con lluvia y peligro multiplicado sobre el granito resbaladizo y el barro en julio, y que uno de ellos caerá y no podrá levantarse. “Si llueve en esta etapa en el Tour, habrá que considerarlo un castigo divino, un acto de crueldad”, dice, apocalíptico, Eusebio Unzue, el responsable máximo del Movistar. “Así podrá el mundo contemplar la miserable grandeza de nuestra miseria. ¿Qué pinta una etapa así en el Tour?”.

Unzue no teme llevar la contraria a la corriente mayoritaria que considera al pavés la sublimación máxima del ciclismo, y a los ciclistas que se enfrentan a él y lo sufren y lo derrotan los héroes del siglo. “Hay que hacer un recuento de las bajas que producen las clásicas del norte y hacerlo valer”, dice el director navarro, para quien todo el año ciclista pasa por el Tour, quien piensa que el organizador de la grande boucle (y también organizador de la París-Roubaix) mide más las audiencias que la seguridad de los ciclistas, que valora más el drama y su posibilidad que la proeza deportiva. “Soy el más interesado en generar espectáculo, pero también quiero evitar lo máximo posible el riesgo para los corredores. Y el pavés lo multiplica”.

Unzue envía al Movistar a la guerra del pavés por obligación: el equipo es del WorldTour y tiene por narices que participar en unas carreras determinadas, y cada una de ellas le cuesta un ciclista herido, al menos. “¡Ojalá nos dieran permiso para no ir!”, proclama Unzue, quien a sus corredores no les dice las vísperas de Roubaix o Flandes que tienen que ganar como sea, sino todo lo contrario: corre con cuidado, sé precavido, no te caigas, por favor, volver entero es el éxito. Y a su joven joya, Marc Soler, que tenía curiosidad por la Roubaix, solo le dijo: “Métete en la fuga y hasta que aguantes, así será más difícil que te caigas”. Y Soler le obedeció y, además, recibió clases particulares a rueda del checo Stybar, uno de los mejores maestros.

También tuvo Unzue ciclistas como Flecha, o tiene a Erviti, corredores como Pedro Horrillo o, ahora, Iván García Cortina, para quienes la razón última de su pedaleo, son las clásicas del pavés, la pasión que les levanta de la cama, la mayor gloria con la que pueden soñar. Y aficionados que no entenderían el ciclismo sin Flandes o Roubaix, sus raíces históricas, las que le unen al sudor y el dolor, su esencia de deporte proletario, épico. “Pero esas carreras son otra cultura, no la nuestra, son la cultura centroeuropea y alemana”, dice Unzue. “Y los nuestros son ciclistas sobrepasados por la leyenda del pavés. Se ha dado tal dimensión a la París-Roubaix, por ejemplo, al morbo del a ver qué pasa, que hay ciclistas que se lo juegan todo por ella”.

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