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Antología de gradas vacías

Aquel Barça-Las Palmas pudo cambiarse de fecha sin ningún problema. Pero alguien tenía sumo interés en que el mundo entero viera esa imagen de anormalidad

El Barça-las Palmas del 1 de octubre, jugado a puerta cerrada.
El Barça-las Palmas del 1 de octubre, jugado a puerta cerrada. REUTERS

Hace unas semanas supimos que el Celta había sido sancionado por no colocar a los espectadores en el estadio de Balaídos como Dios manda. El asunto tiene que ver con una norma aprobada por LaLiga, que así se hace llamar el organismo que vela por los intereses del fútbol profesional, norma que obliga a los clubes a llenar de paisanos aquella zona de la grada que más sale en televisión. El caso es que el Celta no cumplió la ley en dos partidos. El primero, contra la Real, se disputó el 19 de agosto a las 18.15 de la tarde. El tórrido calor que hacía en Vigo invitaba a apurar la tarde, pongamos, en la playa de Samil. Y no es extraño que los fieles que acudieron a Balaídos, casi 17.000, buscaran una sombra donde cobijarse. Así que los parroquianos que en esa tribuna televisiva debían permanecer huyeron, incapaces de aguantar el inclemente sol que les caía en la mollera. Y el Celta permitió el éxodo. Y en el pecado lleva el club la penitencia, obligado como está a pagar una multa cuya cuantía se desconoce pero que se antoja dolorosa. Uno piensa que el Celta debía haber actuado como aquel consejero del Gobierno de Madrid, que como solución al achicharramiento que los niños sufrían en los institutos por la falta de aire acondicionado propuso que hicieran unos simpáticos abanicos de papel. Por ahí debía haber ido también el club vigués, regalando a sus feligreses unos gorritos que sin duda habrían hecho más llevadera la insoportable canícula, solución que además garantizaría la supervivencia de los periódicos de papel.

En su afán por darle lustre a la marca España (a la futbolística, que la otra está algo desmejorada), LaLiga quiere que allende mares y océanos comprueben la estupenda salud de la que goza un balompié, el nuestro, en el que el público acude en masa a ver a sus héroes, tan barato como es comprar una entrada. Y por eso LaLiga, encargada de establecer día y hora para los partidos, coloca uno a las cuatro y cuarto de la tarde de un 30 de septiembre, con 32 grados en Sevilla, para dar tarea, quizá, a los servicios sanitarios, que no dieron abasto atendiendo a espectadores que sufrían mareos, lipotimias y otros males similares. Y por eso, por su anhelo de que el mundo vea llenos nuestros estadios, fija partidos entre semana a las diez de la noche, horario que hace feliz a multitud de aficionados que madrugan porque les encanta madrugar. Y no digamos a los niños.

Pero nunca hubo estadio más grande y más vacío que el Camp Nou el 1 de octubre. Ya se conoce la historia. Aquello del referéndum ilegal y la supuesta negativa de los organismos competentes a cambiar la fecha del partido. Conviene detenerse aquí porque, de tanto apagar la luz, servidor de ustedes no lo ve claro. La Federación, o lo que queda de ella, no tiene razón alguna para negarse a cambiar la fecha de un partido si el árbitro y los contendientes son avisados en tiempo y forma. Ese cambio depende de LaLiga. Y que el 1 de octubre estaba anunciado un referéndum en Cataluña es de dominio público desde el 6 de septiembre. Dos días después, Tebas declaraba lo siguiente: “No vamos a cambiar la fecha del Barça-Las Palmas”. Uno se pregunta si de haber sido otro el rival del Barça, el Madrid por ejemplo, hubiera sido tan tajante. Como se pregunta por qué el Barça jamás pidió oficialmente el cambio de fecha. Sea como sea, lo único cierto es que el partido se jugó y fue retransmitido por las televisiones de 172 países, lo que a uno le lleva a pensar, en su inocencia, que alguien deseaba mucho, muy mucho, que esa imagen de anormalidad, esa antología de gradas vacías, diera la vuelta al mundo.