Selecciona Edición
Entra en EL PAÍS
Conéctate ¿No estás registrado? Crea tu cuenta Suscríbete
Selecciona Edición
Tamaño letra

Aburrirse de ganar con el Barça

Después de un intenso coqueteo con la cardiopatía, el aficionado azulgrana vuelve a reconocer en sus carnes las ventajas de la vida tranquila

Messi, durante el partido contra el Sporting de Portugal.
Messi, durante el partido contra el Sporting de Portugal. Getty Images

Hay algo placentero en el aburrimiento, supongo. Sucede que, ante la perspectiva de una nueva jornada de Champions League, casi de un modo automático, el buen aficionado se predispone durante las horas previas al encuentro para el placer más ortodoxo e imaginable, una orgía de goles y destellos técnicos que nos catapulte lejos del sofá y distorsione nuestra habitual rutina de miércoles a base de pequeñas descargas eléctricas. Sin embargo, en noches vacías como la de ayer, dichas expectativas erótico-futbolísticas terminan relegadas al rincón del a priori mientras la realidad se empeña en demostrarnos que no todo es frenesí en el mundo del deporte televisado y que, en ocasiones, encuentra uno igual o mayor satisfacción dejándose abrazar por ese sopor cálido y vagamente familiar —además de gratuito— que nos reconforta y alimenta del mismo modo que la enésima filigrana suicida de Leo Messi.

Siempre he pensado que la verdadera amistad es aquella en la que dos personas pueden permanecer varias horas juntas sin necesidad de decirse una sola palabra, aburriéndose en buena compañía y disfrutando del silencio como si fuese la mayor de las confidencias. Con el fútbol sucede algo parecido, si bien la asistencia al estadio o el ambiente propio de los bares acostumbran a distorsionar una realidad que siempre ha estado ahí, esa militancia pasiva y agradecida que no solicita mayores estímulos que los colores reconocibles, un rival cualquiera y noventa minutos de nada con que acompañar una serie infinita de bostezos incontrolables.

Lo de este miércoles en Lisboa fue uno de esos momentos íntimos en los que se toma conciencia de la infinita dicha que supone adormecerse con tu equipo de fútbol. Especialmente los aficionados del Barça venimos de una época en que los partidos eran cualquier cosa menos aburridos, temporadas enteras en las que cada noche presentaba una excusa perfecta para la comedia, el drama o la ciencia ficción, en gran parte definidas por el estado anímico de Messi y el afán intervencionista de Luis Enrique, una persona que, recordemos, encuentra placer en atravesar desiertos en bicicleta. El equipo de Ernesto Valverde, por el contrario, aparenta siempre un cierto control de la situación, un saber estar casi burocrático, como si el nombre del asesino fuese lo primero que te muestra en cada capítulo y a las doce bajase la ventanilla para tomarse un café.

En lo que va de temporada, el Barça ha alternado exhibiciones propias de los mejores artesanos cruyffistas con otras más industriales, aceradas, como si bajo su nueva piel azulgrana siguiera luciendo Valverde los colores del Athletic y la nueva joya de Lezama tuviese acento rosarino. Su buen talante y docilidad parecen haber permeado a una plantilla que sale al campo con determinación pero sin alardes, más interesada en hacer las cosas bien que en arrancar grandes reacciones al público. Después de un intenso coqueteo con la cardiopatía, el aficionado del Barça vuelve a reconocer en sus carnes las ventajas de la vida tranquila, la buena alimentación, el dominio del balón y la certeza del feliz resultado: se empieza disfrutando de los partidos aburridos y termina uno aburriéndose de ganar, otra vez —parece— envueltos en nuestra eterna y maravillosa contradicción.

Más información