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Los Mundiales más extraños y perturbadores de la historia

Los campeonatos de Londres, cita de la que se recordará la carrera solitaria de Makwala, arruinaron las despedidas de Usain Bolt, Mo Farah y Ruth Beitia, además del desafío de doble oro de Van Niekerk

Bolt se despide del atletismo en Londres.

Según transcurrían los días y el agosto de Londres pasaba del frío y la humedad otoñales a la tibieza primaveral, los Mundiales cobraban cada vez más vida autónoma, independiente, hasta convertirse en una suerte de monstruo mitológico cuya voluntad solo se expresaba para frustrar la de aquellos atletas que durante años habían impuesto la suya.

Quizás solo así, con una razón extraterrenal, puedan explicarse los adioses tristes al atletismo y a las pistas de gente como Usain Bolt, Mo Farah y Ruth Beitia. O las penas de Wayde van Niekerk, Allyson Felix, la reina Kendra Harrison, toda la Jamaica veloz y la keniana que se olvida de saltar la ría. O las malas marcas conseguidas en una pista que en los Juegos Olímpicos, hace solo cinco años, parecía mágica. El único récord mundial batido, el que borra el vacío ominoso, lo consiguió la portuguesa Inês Henriques en los nuevos 50 kilómetros marcha.

O, en menos palabras, los Mundiales más extraños de la historia.

El monstruo nació, quizás, el primer sábado, cuando Bolt descubrió que el tiempo, quizás el mismo ser devorador en realidad, le había alcanzado tras una década de engañarlo a toda velocidad. Aquello, la final de 100m, constituyó una burla a la historia representada en el atleta que la cambió. Desde allí, muy fuerte, creció y se multiplicó, adoptando cada día una cara, un rostro, la persona de un atleta sorprendente. Y los aficionados, emocionados por la aparición de figuras inesperadas, aplaudían.

Un día fue Justin Gatlin, el atleta menos querido, y más abucheado, que acabó con la fábula de los 100m de Bolt. Un dopado rehabilitado recuperaba un título logrado en 2007 por primera vez, que el jamaicano había secuestrado una década. Otro día fue Ramil Guliyev, un velocista azerbaiyano, turco y malencarado, un blanco que impidió que Van Niekerk ganara los 200m y un asiento entre los más grandes.

La burla de Edris

También asumió los rasgos del fondista etíope Muktar Edris, que ejecutó burlón un Mobot (el gesto de la victoria que popularizó Mo Farah con las manos completando el arco de sus brazos sobre su cabeza), justamente en el momento de derrotar al ídolo británico, invicto desde 2009, en su último 5.000m. Y de la anónima velocista norteamericana Phillys Francis, que terminó más rápido que Felix los 400m. O de la rubia norteamericana Emma Coburn, ganadora de los 3.000m obstáculos, tras el despiste de la favorita Beatrice Chepkoech. Y de la renacida australiana Sally Pearson, que volvió a hundir en la miseria a la plusmarquista mundial de los 100m vallas, Kendra Harrison…

Pero la apariencia con la que más a gusto se sintió el monstruo, o eso pareció, fue con la fiera mirada y el corazón roto de Isaac Makwala, el elemento perturbador que aceleró el torbellino de fenómenos extraordinarios. El primero fue la acción desestabilizadora del conocido norovirus causante de la gastroenteritis por la que todo ocurrió. Makwala se perdió por él el 400m, su prueba favorita, y su ausencia la sufrió también Van Niekerk, que no encontró a nadie que le empujara hacia el récord que buscaba. Y peleó y ganó a la misma IAAF, que le seguía vetando, la batalla por correr el 200m. Su victoria fue la carrera más recordada de todo el Mundial, su serie solitaria, contra el cronómetro, bajo la lluvia heladora y jaleado por un estadio hasta los topes. Su pelea fue tan dura que se quedó sin fuerzas para la final, a la que, desestabilizado por tanto movimiento y polémicas, también llegó mal Van Niekerk, su vecino de Suráfrica.

Londres tuvo cara generosa cuando permitió el triunfo del francés Pierre Ambroise Bosse —amante de las cervezas, de jugarse el dinero en los casinos y de dormir mucho— en los 800m con una carrera de valor, ataque e intuición, lejana de lo que podía esperarse en los tiempos que corren y en ausencia del rey David Rudisha, el jefe de la distancia. O cuando dio la victoria en los 400m vallas al fenómeno noruego Karsten Warholm, que devolvió el favor regalando una imitación del Grito de Munch.

Fue mezquino el monstruo con Ruth Beitia, que había arriesgado la moral y sus últimas fuerzas para la que quería que fuera una despedida inolvidable de los Mundiales; y malvado, de nuevo con Bolt, a quien castigó con una pedrada en los isquios, un rayo fulminante para aquel que desafió a la velocidad de los relámpagos, que le derribó en su última recta cuando corría a más de 36 kilómetros por hora, perdiendo su batalla contra el tiempo.

 

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