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Un oro contra corriente y una hija llamada Olimpia

Theresa Zabell y Patricia Guerra remontaron tras ser eliminadas injustamente en la primera regata del 470

Theresa Zabell y Patricia Guerra, en julio en Barcelona.
Theresa Zabell y Patricia Guerra, en julio en Barcelona.

En estos tiempos de videoarbitraje, choca recordar lo que sucedió con Theresa Zabell y Patricia Guerra en la primera regata de la clase 470 de vela en los Juegos de Barcelona. Las españolas fueron eliminadas en su debut por estar fuera de línea en la salida. Así lo apreció un juez, pero las regatistas estaban convencidas de lo contrario. Y consiguieron las imágenes de vídeo de Televisión Española que lo demostraban. La salida había sido legal... aunque de nada les sirvió. Los jueces no aceptaron la prueba al no ser imágenes oficiales de la organización y, después de estar hasta las dos de la madrugada protestando ante el jurado, Zabell y Guerra se acostaron con el peor resultado posible.

El cero en el arranque multiplicó el valor del oro que consiguieron después, hoy hace 25 años. “Nadie había superado eso nunca. Lo que hicimos Patri y yo fue histórico”, recuerda Zabell. “Fue una satisfacción tremenda. No era solo ganar el oro, sino ganarlo a pesar de eso, demostrarnos que podíamos superar las adversidades. Juegos en España, barco español, y eliminadas por una persona que lo apuntaba. Cuando vimos que no había salvación, nos dijimos: ‘Bueno, estamos vivas. Vamos a competir”. “Había que mantener la calma. Vivíamos para eso”, apunta Guerra.

Regresaron a la Villa Olímpica de madrugada. Las chicas de la vela compartían apartamento. Zabell dormía sola. Guerra, con Natalía Vía Dufresne. Claro que apenas conciliaron el sueño. Tantos esfuerzos para eso...

Zabell y Guerra navegaban juntas desde 1989. Un año antes, en los Juegos de Seúl 88, la vela femenina se había estrenado como disciplina olímpica. Zabell había sido campeona del mundo tres años antes, casi por su cuenta, cuando apenas contaba con apoyo oficial y no había presupuesto para que la mejor de España fuera a los campeonatos internacionales. “Para Seúl nos llamaron a las que competíamos en el 470. Solo podía ir una tripulación. Yo llevaba mucho camino recorrido, y gané la selección, pero la federación no me llevó a los Juegos”, recuerda Zabell. “No me preguntes por qué. Nunca me dieron explicaciones. A veces la federación tiene sus preferencias. Fue una decepción enorme. Dejé de navegar durante meses y me planteé retirarme. Luego pensé en los Juegos de Barcelona y me junté con Patricia”.

De ese encuentro brotó el oro. Hoy recuerdan el momento de la medalla, el atardecer de un día de mucho calor. “El podio estaba como encima del agua, en un pantalán. La bandera de España ondeando en medio de la calima era como una imagen de sueño”, dice Zabell.

Después de Barcelona, la pareja se separó. Guerra se marchó a vivir a Estados Unidos. Zabell se unió a Begoña Vía Dufresne y repitió oro en Atlanta 96. “Con la retrospectiva del tiempo, reflexionando sobre por qué he sido capaz de ganar dos oros en dos Juegos, creo que la razón por la que me hice tan fuerte fue por esa decepción de Seúl. Me hizo madurar mucho deportivamente y ser tremendamente fuerte y no dejar ningún fleco suelto, ir a por todas”, rememora Zabell, que no solo hizo una gran carrera sobre el agua. Fue diputada en el Parlamento Europeo con el Partido Popular y vicepresidenta del Comité Olímpico Español. Hoy trabaja con una empresa inglesa que organiza eventos deportivos, lleva la Fundación EcoMar y prepara una consultaría internacional para la Unesco sobre deporte y dopaje. Patricia Guerra colaboró en EE UU con un equipo de la Copa del América.

Ambas siguen navegando en la actualidad. Cuando este verano vuelven a encontrarse en Barcelona, a mediados de julio, reviven sus recuerdos sobre aquellas aguas que les vieron llorar primero de rabia y luego de felicidad hace 25 años. Guerra comparte hoy su pasión por el mar con sus tres hijos. Lo mismo que Zabell, que tiene dos. A la mayor, nacida después de Atlanta, la llamó Olimpia. “Me encanta ese nombre”, dice. “Es bonito y con mucho significado. Me daba un poco de miedo porque no deja de ser una mochila un poco pesada para una niña llamarse Olimpia y llevar Zabell de uno de sus apellidos. Me daba reparo. Pero nos animamos y ahora ella está encantada, no se lo cambiaría por nada del mundo. Ella ha ido aprendiendo lo que significa su nombre”. Una historia de oro sobre el mar.