Tour de Francia 2017 | Sexta etapa

Sin Sagan no hay sangre en el Tour

Sprint limpio y caballeroso en Troyes, donde Marcel Kittel conigue su segunda victoria

Kittel, Kristoff, Greipel, Bouhanni y Demare esprintan en la recta final de la sexta etapa.
Kittel, Kristoff, Greipel, Bouhanni y Demare esprintan en la recta final de la sexta etapa.JEFF PACHOUD / AFP

No estaba Sagan y el sprint resultó necesariamente soso, y también la etapa Ni cambios de humor, ni adrenalina ni locura más allá de la habitual Ni siquiera una sombrilla loca que decidió desamparar a sus usuarios en la cuneta, y víctimas del sol canicular, para volar sin sentido y caer en mitad del pelotón fue capaz de hacer sangre en el asfalto. Y en la recta final en la vieja Troyes, Arnaud Démare, autor de un par de peligrosas maniobras para ganar en Vittel a la sombra del paso imposible de Cavendish entre las vallas y el codo del campeón del mundo, pudo hacer similar adelantamiento al ciclista que tenía por delante: el tranquilo Boasson Hagen no se atrevió a cerrarle la puerta. No por eso ganó el francés que ha cambiado su maillot tricolor de campeón nacional por el verde de los puntos.

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Fue un sprint de caballeros sin malos gestos ni peleas, solo algunas acrobacias de lucimiento, que ganó el sentimental alemán Marcel Kittel, especialista en arrancadas cortas e imparables, sin lanzadores ni nada, como se lleva en este Tour. El peso de la llegada se desplazó a la izquierda, y Kittel, retrasado por la izquierda, se encontró por delante una avenida amplísima para remontar sin obstáculos y lograr su segunda victoria del Tour del 17, la 11ª en su carrera. Después se echó a llorar.

En Troyes, ya entrando en tierras de Champagne, donde el girasol, el maíz y la colza dejan su espacio al Pinot Noir,siempre planas, ganó en el año 2000 otro sprinter alemán, Erik Zabel, y en su anterior día Tour, un sprinter asturiano, Manuel Jorge Domínguez. Ninguno de los dos protagonizó una acción tan ciclista como la del ganador de 1960, el desconocido francés Pierre Beuffeuil, quien andaba descolgado después de una avería y no se enteró de que el pelotón se iba a parar en Colombey les Deux Églises para saludar al general De Gaulle, que estaba allí de vacaciones y se había quedado en la cuneta para ver pasar el Tour. Cuando alcanzó al pelotón y vio que estaba parado, Beuffeuil siguió adelante y llegó solo victorioso a Troyes. El director del Tour, Jacques Goddet, quiso que procesaran “alta traición” al ciclista que no respetó a su presidente, pero se echó atrás cuando le recordaron que Francia era una república y no una monarquía absoluta. Y por si acaso, tras recordar que no sabía nada de que De Gaulle estuviera ahí, Beuffeuil recordó que él siempre votaba a De Gaulle. En el 17 el Tour no paró en el pueblo, por el que pasó a toda velocidad disputando una meta volante. La dirección de la carrera sí que aprovechó para detenerse y meditar a la sombra de la cruz de Lorena, la de dos travesaños, el gigantesco monumento a la memoria de De Gaulle.

Beuffeuil pasó de perseguidor a perseguido en un esfuerzo individual y casi loco que decidió aplicando una vieja ley ciclista que valida la persistencia en el error: cuando uno se da cuenta de que no va hacia ningún sitio, decide seguir para evitar haber hecho tanto esfuerzo en vano. El suicidio es una razón que justifica el esfuerzo, como entendió el miércoles el BMC, protagonista en el camino de la Planche des Belles Filles de una acción que muchos no comprendieron. Pese a no ser el equipo del líder, los compañeros de Richie Porte asumieron en pleno la responsabilidad de perseguir y controlar la fuga. Llegado el momento, Porte no estuvo a la altura y ni atacó ni ganó la etapa. Directores de otros equipos, como Nicolas Portal, del Sky, o José Luis Arrieta, del Movistar, aplaudieron la acción, que demostraba que un equipo creía en su líder. “Y”, dice Portal, “cuando trabajas nunca sabes cuál va a ser el resultado, pero lo importante es trabajar para conseguirlo”. No lo vieron así algunos directores del propio BMC, que aseguraron que la decisión de poner el equipo a tirar fue de David Bailey, un británico, entrenador personal de Porte, y que si de ellos hubiera dependido, el BMC no habría aparecido ni en pintura.

“Así nos va. Solo vamos a quedar para conducir el coche”, dice uno de ellos. “Los entrenadores parece que son los únicos que saben qué tiene que hacer un ciclista, qué tiene que comer y cómo tiene que correr, y ya quieren decidir hasta la táctica del equipo. Están todos los días hablando de vatios y midiendo… Qué a gusto me quedaría si prohibieran los medidores de potencia”.

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