Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra

Dumoulin gana el Giro en la contrarreloj final

El ciclista de Maastricht, primer holandés que se impone en la historia de la corsa rosa. Nairo acaba segundo por solo 31s

Nairo, Dumoulin, y Nibali, de izquierda a derecha, el podio final del Giro 2017. Ampliar foto
Nairo, Dumoulin, y Nibali, de izquierda a derecha, el podio final del Giro 2017. AP

Nairo Quintana se quedó a poco más de 200m de empedrado junto al Duomo de Milán para ganar su segundo Giro de Italia en su segundo intento. En la contrarreloj final (30 kilómetros llanísimos entre Monza y Milán) el holandés Tom Dumoulin le aventajó en 1m 24s, 31s más de los que necesitaba para convertirse, a los 26 años, en el primer holandés que gana la corsa rosa,justo el año que cumplía su centésima edición. Nairo quedó segundo. Tercero, a 40s de Dumoulin, terminó el ídolo local, el siciliano Vincenzo Nibali.

La victoria en la etapa final de uno de los Giros más igualados de la historia fue para otro holandés, el rodador del Lotto Jos van Emden, que, rodando a más de 53 por hora, aventajó en 15s a su compatriota Dumoulin. Solo otros dos holandeses en la historia han sido capaces de ganar una gran ronda por etapas. Jan Janssen ganó la Vuelta del 67 y el Tour del 68 (en una increíble contrarreloj final) y Joop Zoetemelk ganó la Vuelta del 79 y el Tour del 80.

Llegado a las calles de Milán, alborotadas y atestadas de aficionados, y trazadas dos curvas malas por tanto corazón como le salía por la boca, Nairo Quintana pudo emitir un suspiro de alivio. Había perdido el Giro, y no por tanto como temía, pero había salvado la segunda plaza del podio, un objetivo del que dudaba aún mientras calentaba todo de rosa vestido en el rodillo instalado en los boxes del circuito de Monza. Tenía por delante 30 kilómetros contrarreloj muy llanos y 53s de ventaja ante Tom Dumoulin, el mejor corredor del Giro. Un holandés gigantesco, una fábrica de vatios en sus pulmones, que le había apabullado tanto en la anterior contrarreloj, donde perdió casi tres minutos, como le había sorprendido en las montañas de toda Italia, en las que unos días había resistido y otros atacado, en Oropa, y vencido.

Si Nairo, pese a todo, y pese a la falta de fortaleza demostrada, aún marchaba primero en la carrera era porque Dumoulin, tan talentoso, tan tranquilo, había cometido unos cuantos errores que habían dado vida y esperanza a sus rivales. Ni Nairo Quintana afrontó el Giro tan fuerte como él y su equipo pensaban ni los rivales fueron tan débiles como quisieron creer. Dumoulin un día se había empachado y los intestinos se le rebelaron en el peor momento, entre dos ascensiones al padre Stelvio; otro día se había distraído, y su equipo, tan caótico, le había dejado atrás en el fragor de la batalla. Nairo casi no se lo podía creer. Estaba líder el último domingo. No solo había podido con el extraviado Dumoulin, sino que ni siquiera le habían adelantado escaladores como Nibali o el francés Thibaut Pinot o el tártaro Ilnur Zakarin, que habían mostrado estar al menos tan fuertes como él en la montaña. Estaban todos en menos de 80s, pero estaban detrás.

El Nairo del Giro no era el de la Tirreno-Adriático y su Terminillo o el de la Vuelta a Valencia o hasta el de la Vuelta a Asturias y el Acebo, carreras en las que había atacado y triunfado en todos sus finales en alto. No era el Nairo al que todos habían elegido como favorito sin duda. El nairo de Monza antes de la última contrarreloj de un Giro muy duro solo podía concluir que estaba allí así gracias a su equipo, el Movistar, gracias al trabajo de sus compañeros, gracias a la dirección en carrera de José Luis Arrieta. El jefe había sido capaz de hacer correr a los ocho équipiers de Nairo guiados por Andrey Amador, de tal manera que sus movimientos sirvieran lo mismo para lanzar a su capitán al ataque si este estaba en disposición ofensiva (lo que raramente ocurrió) como para protegerle a la defensiva.

Lucha de debilidades

“El ciclismo de verdad, pese a lo que muchos crean, no tiene nada que ver con la play station”,dice Eusebio Unzue, el responsable máximo del Movistar, quien sabe que la táctica sirve sencillamente para que los corredores de uno escondan sus debilidades y, a la vez, exploten las debilidades del rival.

Los fuertes, los muy fuertes, ganan sin necesidad de más táctica que la de la supervivencia si llegan mal dadas, y sin equipo. Los fuertes, como Dumoulin, pueden a veces jugar al ciclismo como lo hacen a la play station. El holandés inició su carrera como especialista contrarreloj, pero cuando empezó a perder peso, y comprobando que no perdía potencia, le cogió gusto a las montañas, que escalaba con clase y buena pedalada. Terminó quinto una Vuelta que habría ganado si no se despista el penúltimo día; purgó el error en 2016, un año duro, y volvió nuevo en el 17, más delgado, más fuerte.

En los boxes de Monza, Dumoulin solo tenía que hacer cuentas. Calcular cuántas pedaladas tendría que dar a su Giant de 7,8 kilos armada con un plato enorme, de 58 dientes; dividir cada impulso para confrontarlo con los más de 400 vatios que aún, cansado como estaba, casi en las últimas, podía generar. Las cuentas le salieron. A Nairo también. El equipo le pedía 360 vatios para salvar su segunda plaza, su tercer podio consecutivo en una grande, el sexto en las nueve grandes que ha disputado (y ya ha ganado un Giro y una Vuelta). Donde no llegaban sus piernas llegó su corazón.

Por 9s pudo con Nibali, su rival más cercano, en el que más pensaba antes de empezar un Giro que le descubrió, a él y al mundo, a Dumoulin, su rival del futuro. Uno de su generación. Uno nacido en 1990, como él.

Confortado así en la derrota, y su optimismo habitual dañado, tendrá ya tiempo en Mónaco, mientras prepara el Tour, su sueño, para enfrentarse a la gran duda: ¿de verdad este Giro me ayudará a ganar el Tour? ¿Con lo que demostrado, podré ganarlo?