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La vieja Juve supersónica espera al Madrid

El inminente campeón de Italia alcanza su novena final de Champions reproduciendo la gestión patriarcal y el modelo deportivo que le asegura éxitos desde hace un siglo

Higuaín, Dybala y Marchisio en un entrenamiento. Ampliar foto
Higuaín, Dybala y Marchisio en un entrenamiento. AP

Paulo Dybala, Paulino, no estaba solo cuando el martes salió de la cancha con ese cutis de querubín y esa mirada transparente, y habló sin despegar los dientes: “Nuestro objetivo no es estar en la final de Cardiff; nuestro objetivo es ganar la Champions desde que nos fuimos a la pretemporada en Melbourne”.

Sucede en las grandes empresas humanas. Los que aparecen son el reflejo de un mundo desaparecido pero presente. Dybala no es solo Dybala. Es Renato Cesarini, Omar Sívori, Michel Platini y Zinedine Zidane, el último eslabón de una saga secular de futbolistas brillantes que solo son la parte más visible del armazón imperecedero de la Juventus. Replican un modo de actuar muy vinculado a principios industriales de organización. Son instrumentos de una epopeya infatigable. Así los educan los mayores. Para que digan y hagan cosas como las que hace Dybala, tan claro, convencido e impasible en el campo como fuera de él.

“A Paulino lo conocimos en el viaje a Berlín”, dice Marchisio, el ocho de Italia. “Le dijimos: ‘prepárate que en un mes empezamos porque tenemos que volver a jugar una final”.

Marchisio, de 31 años, es uno de los siete supervivientes de la plantilla que disputó la final de 2015, perdida frente al Barcelona en Berlín. Los otros seis son Buffon (39), Chiellini (32), Bonucci (30), Lichtsteiner (33) y Sturaro (24). Componen el núcleo duro del vestuario que regresará a otra final de Champions, el próximo 3 de junio. Son los veteranos, encargados de inculcar el códice de derechos y —fundamentalmente— deberes a los nuevos.

“El primer año”, recuerda Marchisio, “Paulino tuvo un poco de dificultad. No era titular pero poco a poco ha empezado a mostrar su talento. Le sucede como a este equipo. En dos años ha hecho un proceso de crecimiento muy importante. Especialmente en el aspecto mental. Ahora somos mucho más fuertes que el año pasado y que en 2015”.

Desde que Andrea Agnelli asumió la presidencia en abril de 2010 el crecimiento de la Juventus ha sido exponencial. Hijo de Umberto, presidente entre 1956 y 1961, ocupa la última ramificación de la genealogía más poderosa e ilustre de la Italia de posguerra. La Juve es la casa de sus ancestros y la dirige con naturalidad. Primero, para construir un nuevo campo, el Juventus Stadium, luego para trazar un programa de crecimiento que le permitió cimentar un equipo capaz de competir con los clubes económicamente más fuertes del mundo. El United, el Barça, el Madrid y el Bayern han superado los 600 millones de euros de ingresos anuales. La Juve no alcanza los 400. Su valor reside en una administración extremadamente eficaz.

Beppe Marotta, responsable del área deportiva contratado en 2010, es autor de los movimientos más inteligentes que se han hecho en el mercado del fútbol esta década. Por ejemplo, adquirió a Bonucci, Vidal, Pogba, Tévez, Morata, Alves y Khedira por 60 millones. Luego compró a Dybala por 40 y a Higuaín por 90, y vendió a Pogba por 120 y a Vidal por 40. Jamás falló cuando hizo un movimiento estratégico. Cada maniobra ha servido a Massimiliano Allegri, el entrenador, para armar un equipo en base al viejo modelo asentado en la actividad defensiva. Los herederos culturales del catenaccio no son revolucionarios pero han evolucionado.

Gestión del balón

Respecto a 2015 la Juve ha sustituido a Tévez por Dybala, a Morata por Higuaín, y —el verdadero salto cualitativo— a Lichtsteiner por Alves. Pjanic y Khedira no poseen mejor pie que Pogba y Vidal. Sin embargo, como dice Marchisio, lo compensan con disciplina y sangre fría.

“Donde más ha crecido el equipo es en la gestión del balón”, observa Allegri, quizás apuntando a Alves, y, siempre, con un lenguaje críptico. “Precisamente en esto es en lo que hay que trabajar más ahora. Sobre todo en ciertos momentos del partido”.

Con retoques en la presión y en una elaboración más refinada, la actual Juve se parece mucho a la antigua. La colectivización de la defensa y un reparto de tareas simplificador al máximo son ley ahora y siempre. Por este camino hasta los jugadores más limitados como Khedira parecen virtuosos. Los talentosos actúan menos de lo que lo harían en otros contextos, pero el conjunto se eleva.

Andrea Agnelli entró al club al cabo de la temporada 2009-10, cuando la Juventus acabó séptimo en Liga y se fue de la Champions tercera de grupo por detrás del Girondins y el Bayern.

Siete años más tarde, la maquinaria funciona a pleno rendimiento. Dentro de tres semanas se medirá al Real Madrid en Cardiff en la novena final de Champìons de su historia.

La defensa más impermeable de Europa, con mucha diferencia

Leonardo Bonucci, principal autoridad de la zaga juventina, habla de transformaciones que solo conducen a la misma regla de hierro: “El cambio de esquema táctico al 3-5-1 nos ha hecho conscientes de que teníamos muchas posibilidades de ganar la Champions siempre y cuando todos nos implicásemos en defensa”.

La Juventus cambia para que nada cambie. Por debajo de la alfombra voluptuosa de dybalas y pipitas, bulle la maquinaria de toda la vida. Antes fueron Favero, Scierea y Bonini; ahora son Chiellini, Bonucci y Khedira. El principio es defender. Lo dicen las estadísticas. La Juventus es el equipo que menos goles encaja de la Champions con muchísima diferencia: apenas tres en 11 partidos. A gran distancia de sus competidores directos. El Atlético sumaba ocho tantos en contra en 10 partidos hasta ayer. El Madrid, 15.

El oficio defensivo es evidente. Las posibilidades ofensivas, también. La Juventus ha alcanzado la final metiendo 21 goles en 11 partidos, una cifra notable, aunque comparativamente modesta en oposición al Madrid (31), y el Dortmund (28) y el Bayern (27) con dos partidos menos.

Anteponer la funcionalidad a otros valores ha sido la premisa del club. Manejar la pelota siempre entrañó el riesgo de la complejidad en una sociedad convencida de que la senda más rápida hacia el éxito es la sencillez. Algunos de sus jugadores más creativos se quejan de que apenas intervienen. Arrigo Sacchi, padre del fútbol italiano moderno, llama la atención periódicamente: “Me gusta la Juve; pero la historia dice que para triunfar en Europa es conveniente tener más y mejor la pelota. Hay que ser un padrone".

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