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Puigdemont, un país no es un rectángulo

Son los gobernantes los que dañan el escudo natural de sus pueblos

El Camp Nou este miércoles antes del Barcelona-PSG.
El Camp Nou este miércoles antes del Barcelona-PSG. Getty

El Camp Nou es la imagen perfecta de un rectángulo. Verde, marcado como para la historia de las líneas, alberga en su seno, cuando se pone en funcionamiento la maquinaria del fútbol, una conjunción bella o triste, según le vaya a los que juegan dentro. Eso es decisivo. Como si el tiempo se parara, el fútbol es lo que se juega. No es lo que se dice, ni lo que se grita; ni siquiera es el árbitro el fútbol. Hay una abstracción total, como la que supone, entre otras cosas, un triángulo, que es una ensoñación borgiana.

Lo que pasó anoche en el Camp Nou es producto del azar y del heroísmo a partes iguales; dependió de los futbolistas, y seguramente del entrenador, del Barça en este caso. Había en el aire la posibilidad de la ruina y el triunfo local compareció ante la historia como un milagro. Naturalmente, hasta los agoreros que supusieron la debacle, que incluso condujeron a Luis Enrique Martínez, a entregar el escudo de entrenador por aquella vergüenza irreparable de París, celebraron la victoria como si fuera suya.

Y hubo otros que no sólo creyeron que la victoria era suya sino que era propia de cómo es Cataluña, Vaya por Dios. A la política catalana sólo le faltaba ahora ser la protagonista también del esfuerzo de un alemán, un argentino, un uruguayo, un hombre de los países bálticos, varios argentinos, un turco, un portugués, un brasileño y varios catalanes. Lo que ha dicho el presidente Puigdemont sobre las virtudes catalanas como soporte de esta victoria no responde a razón alguna; él no lo pensó viendo el partido, seguramente lo pensó antes, por si acaso; lo debió haber deglutido sin encomendarse a nadie, sin fijarse en el verdadero sentido del fútbol, de su consecuencia, y lo lanzó como un eslogan más de la multitud de eslóganes que jalonan, a lo largo de la historia, al menos desde Franco, de la utilización del fútbol como tornillo patriótico.

El heroísmo del fútbol es un concentrado de esfuerzo e inteligencia; esos componentes luego se mezclan con el azar y con la fortuna. Un país no puede, por sí mismo, conducir a la victoria o a la derrota; son sus gobernantes, en otras instancias, los que dañan el escudo natural de sus pueblos, con sus bravatas o con sus decisiones torcidas por la pasión de los partidismos. Lo que se jugó en el rectángulo barcelonista, inaugurado en el remoto pasado por un suizo que terminó siendo un hombre triste, fue un partido de fútbol, un éxito impresionante de dieciocho futbolistas a cuyo entrenador desahució la directiva precisamente por no haber ganado lo que finalmente ganó.

Decir que el triunfo se debe a otros factores anímicos o patrióticos no es sólo una tontería: es un atrevimiento que se corresponde con el espíritu irracional que ventea las palabras políticas hoy en día (y desde hace tanto). Un rectángulo de fútbol no representa a un país; un país es representado por el respeto a sus ciudadanos, a sus necesidades, a su medio ambiente, a sus finanzas públicas, a sus leyes. El fútbol es otra cosa. No se sabe de ningún país que sea un rectángulo. Decía Pemán, pero eso era en otro tiempo, que la democracia se podía hacer en Grecia en un estadio, porque la gente se reunía, eran pocos y podían votar. Era una estupidez, pero Pemán no era Franco, aunque lo idolatró; lo de Puigdemont contemplando el rectángulo y convirtiéndolo en la esencia de un país no me ha da dado pena como barcelonista: me ha dado vergüenza.

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