EUROLIGA | MACCABI, 85 - BASKONIA, 84

El Baskonia pierde el reloj y el partido ante el Maccabi

Un error absurdo en la última jugada le priva de una inmerecida victoria en Tel Aviv

Sito Alonso da órdenes a los jugadores del Baskonia.
Sito Alonso da órdenes a los jugadores del Baskonia.ADRIAN RUIZ DE HIERRO / EFE

No es la primera vez que el Baskonia se guía por un reloj de arena. Se pone a mirar como caen los granos y se le va el tiempo. Así lega a la paradoja, es decir, a perder un partido que pudo ganar y que debió perder. Un punto abajo en el marcador, nueve segundos por jugar, balón en su poder, el Maccabi frotándose los ojos como un niño al que le han perdido su regalo. Tiempo para pensar, tiempo para decidir, incluso tiempo para corregir. Todo se fía a Larkin, el puntillero, y sus compañeros que se convierten en estatuas de sal, en la santa compaña. Larkin yerra la penetración, le frenan y tiene que pasar, mal, como mal menor, y nadie lo espera. Y Hanga que no sabe qué hacer con el balón y lo pasa hacia atrás, atribulado, y el otro que no sabe qué hacer con el balón... Y el reloj de arena que se queda sin granos y suena el bocinazo que le despierta de un sueño posible en el que nunca creyó. Porque siempre fue consciente de que era un sueño. Y pierde el partido (85-84). Y la vida europea, tan feliz hace tan poco, es ahora un hogar con los electrodomésticos averiados.

Maccabi, 85 - Baskonia, 84

Maccabi Fox Tel Aviv (22+24+23+16): Mekel (10), Goudelock (21), Landesberg (18), Miller (11), Iverson (4) -cinco titular-, Rudd (5), Ohayon (6), Alexander (2), Seeley (2), Devin Smith (6) y Pnini (-).

Baskonia (18+21+16+29): Larkin (15), Beaubois (16), Hanga (11), Tillie (6), Voitgmann (13) -cinco inicial-, Blazic (-), Budinger (-), Luz (2), Bargnani (17), Laprovittola (4) y Diop (-).

Árbitros: Belosevic, Ilija (Serbia), Lottermoser, Robert (Alemania) y Majkic, Mario (Eslovenia). Sin eliminados.

Partido correspondiente a la vigésimo segunda jornada de la Euroliga disputado en el Menora Mivtachim Arena de Tel Aviv ante 8.250 espectadores.

El partido puede resumirse en un nombre propio: Sylven Landesberg. El neoyorquino tiene su crédito, pero no es un anotador. En cierto modo resume la muerte y la resurrección del Maccabi, tan vulgar para ser apalizado por el Baskonia y el Galatasaray, de forma cruenta, y tan artístico para vencer a Olympiacos y Fenerbahce. En resumen, un equipo de solistas que se comporta como si juntas a cinco guitarristas a discutir en un concierto quién es el mejor. Pues bien, Landesberg venía promediando tres puntos por partido en la Euroliga, ante el Baskonia anotó 18. No fue el máximo anotador. Goudelock fue más determinante, pero su progresión explicaba a la perfección la regresión del Baskonia. Porque el Baskonia sin alma no tiene cuerpo. Las estadísticas, tan perfectas en el baloncesto, a veces se comportan como las encuestas electorales. El Maccabi solo había ganado 2 partidos de los últimos 11 disputados. O sea, era un equipo en desbandada, el paseo perfecto para un Baskonia que es un valle con las riberas cada vez más hundidas y los montes más altos.

Pero sucede que el Maccabi lo hizo casi todo bien. Cuando un equipo anota fácil y el otro sufre para encontrar un mendrugo de pan, gana el que anota fácil porque antes quita el hambre. Unas veces Landesberg, otras Goudelock (siempre en los momentos decisivos), otras Miller, tan eficaz en sus gestos técnicos como cómico en sus gestos físicos, otras Mekel, el base tan silencioso como estruendoso. A cambio, el Baskonia falló en todo, en el rebote, en la anotación, en el tiro exterior. Nunca fue por delante en el marcador. Prescindió demasiado de Larkin, de Beaubois, de Barnagni, el sostén del equipo cuando el sufrimiento era su seña de identidad.

Y, sin embargo, el partido le dio un billete para que cogiera el último tren en el primer vagón. No se sabe por qué, pero de pronto se vio posible ganador, el Maccabi tembló, Larkin, que se torció el tobillo, que se golpeó la cabeza contra una protección, anotó los triples decisivos y el reloj de arena le dio nueve para que calculase su éxito y cometiera una injusticia. Fue legal y confesó su delito: no llegó ni a tirar, enredado entre la arena el reloj como un niño embadurnado de crema. La fiesta de Vitoria no llegó a Tel Aviv. Estaba muy lejos.

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