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Nadal y Federer, el binomio perfecto

Lejos de generar división, el histórico pulso entre el español y el suizo subraya la esencia del deporte

Nadal consuela a Federer tras la final de 2009 en Australia.

En una sociedad de extremos, el deporte es depositario de lo mejor y lo peor del ser humano. Nada como un estadio de fútbol, una cancha de baloncesto, las faldas de algún gran puerto alpino o una pista de tenis para desentrañar las bondades y las sombras de una persona. En el fondo, por muy profesionalizado y mercantilizado que esté a estas alturas, el deporte no deja de ser un juego, y el dicho bien dice que en este y en la mesa se reconoce a la dama y al caballero.

A lo largo de la historia han sido muchas las rivalidades entre campeones. Sin ir más lejos, hoy (9.30, Eurosport y Discovery MAX) se reencuentran Rafael Nadal y Roger Federer en la final de Australia. Una mirada panorámica también recuerda los pulsos Ali-Frazier, Magic-Bird, Prost-Senna, Mercks-Ocaña, Di Stéfano-Kubala y muchos otros más. Y en el tenis quedarán para siempre los Connors-Lendl, Evert-Navratilova, Sampras-Agassi o las refriegas de John McEnroe con casi todo aquel que se le ponía delante.

Hay infinidad de dúos que dejaron huella, pero quizá ninguno tan ejemplarizante como el de Nadal y Federer, dos tenistas que han marcado una época y que hoy, seis años después de su último encuentro en la final de un grande, volverán a cruzarse en la estación definitiva de Melbourne. Ambos, el español y el suizo, son quizá el mejor ejemplo de cómo se puede competir al cien por cien desde el máximo respeto, con diferentes estilos. La puja entre ambos es la representación del binomio perfecto, de una cohabitación ideal, porque la afirmación de uno no supone la negación del otro. De hecho, se han retroalimentado con sus batallas y sus logros.

Es más, seguramente la grandeza de uno no se entendería sin la del otro. Federer, sin ese muchacho que se interpuso en su camino hace una década, no sería tan Federer como lo es ahora, del mismo modo que Nadal no sería tan Nadal si no se hubiese topado con el tótem helvético mientras iba derribando muros. El uno y el otro se necesitan. Se reconocen y en el fondo el gran ganador de todo esto no es otro que el deporte, porque los dos tenistas representan su esencia. Nadal y Federer han sabido competir, convivir, ganar y perder. Cuando el primero era aún un adolescente contemplaba al segundo como a un ídolo y el de Basilea no tienen problema alguno en reconocer ahora, a sus 35 años, que se mira en el espejo de Nadal por la capacidad de este para no rendirse nunca ante las lesiones y retornar.

La virtud de saber parar a tiempo

Federer y Nadal, durante la fundación de la academia del español en Manacor, el pasado 19 de octubre.
Federer y Nadal, durante la fundación de la academia del español en Manacor, el pasado 19 de octubre. AFP

Precisamente, confluyen hoy las dos figuras después de sortear grandes baches en los últimos tiempos. Contratiempos, además, desconocidos para los dos. En el caso de Nadal, a lo largo de 2015 le sobrevinieron al borde de la treintena la duda y el miedo, algo que nunca había experimentado; y en el de Federer, una sensación también novedosa y desagradable, puesto que el curso pasado una lesión de menisco le forzó a pasar por primera vez por el quirófano. Los dos han superado el trance y existe una similitud a la hora de afrontarlo, ya que ambos tuvieron la virtud de saber parar, de frenar y tomarse un tiempo para coger impulso y volver al primer plano competitivo.

La afirmación de uno no supone la negación del otro. Se retroalimentan. La grandeza de uno no se entendería sin la del otro

El año pasado, Nadal renunció a Wimbledon, el US Open y la Copa de Maestros debido a su muñeca, y Federer a la segunda mitad del año, incluidos los Juegos Olímpicos de Río. Después, poco a poco, se ha ido gestando lo que muchos perciben como una resurrección, cuando en realidad ninguno de ellos se fue. Los dos son deportistas imperecederos, porque ganen o pierda su huella va a quedar para siempre. Se recordarán sus gestas y sus duelos, los 31 grandes títulos que suman; ese God, it's killing me (“Dios, me está matando”) que soltó el suizo, entre lagrimones, cuando el español le batió en la final australiana de 2009.

Sin embargo, la historia (su historia) no ha acabado. Podrán ganar más o menos trofeos, rebasar la barrera de los 17 majors el uno y la de los 14 el otro, quién sabe. Lo único claro es que el legado de ambos irá mucho más allá de las victorias o las derrotas.

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