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De Bakú a Nueva York en jaque

El duelo Carlsen-Kariakin desde el 11 de noviembre difumina el recuerdo de la Olimpiada multiétnica

“No puedo visitar a mi madre, de 83 años, en Gaza porque la frontera está cerrada casi todos los días del año. Y cuando la abren corro el riesgo de no volver si la cierran conmigo adentro”, me explicaba Rajai Alsusi, presidente de la Federación Palestina de Ajedrez, residente en Sharjah (Emiratos Árabes Unidos), el último día en Bakú (Azerbaiyán). También me contó que algunos de sus mejores jugadores no pudieron ir a la Olimpiada con su selección, porque viven en Gaza.

La selección femenina de Palestina, a la derecha, frente a la de Guyana en la última ronda de la Olimpiada de Bakú, el pasado 12 de septiembre Ampliar foto
La selección femenina de Palestina, a la derecha, frente a la de Guyana en la última ronda de la Olimpiada de Bakú, el pasado 12 de septiembre

Aunque ese testimonio en concreto sea muy triste, tiene mucho que ver con el motivo por el que la Olimpiada, un torneo bienal, es mi favorito y –aunque he estado en 16- ya estoy deseando que llegue 2018 para ir a Batumi (Georgia). En las Olimpiadas conoces a gente y te enteras de cosas que serían casi imposibles en cualquier otro torneo. Estoy convencido de que si hubiera hablado con los de Siria o Sudán del Sur, por ejemplo, me habrían contado vivencias similares. Incluso en los Juegos Olímpicos –fui enviado especial en los de Sydney 2000- es mucho más difícil captar ese tipo de historias porque cada deporte tiene su sede, a veces muy alejada de las demás.

El testimonio de Alsuri me recuerda a los de los afganos cuando prácticamente todo su país estaba bajo las botas del descerebrado Gobierno talibán que –entre otras barbaridades mucho mayores- prohibió el ajedrez, agarrándose a la interpretación más radical del Corán. Nunca olvidaré esta frase: “Si te pillan jugando te pueden matar, encarcelar o torturar, sobre todo si eres mujer”. Y entre mis recuerdos más imborrables de las Olimpiadas siempre estará la llegada triunfal de los afganos, por tierra, con dos días de retraso, a la de Elistá (Rusia) 1996, tras sufrir múltiples penurias, saliendo clandestinamente de su país y atravesando montañas. Centenares de participantes (jugadores, periodistas y árbitros de todo el mundo, así como voluntarios rusos) nos pusimos a los lados de un pasillo para aplaudirlos durante largo rato mientras iban a sentarse ante sus tableros para la tercera ronda. Aún me emociono cuando lo escribo.

La selección de Afganistán, a la derecha, frente a Lesotho en la novena ronda de la Olimpiada. ampliar foto
La selección de Afganistán, a la derecha, frente a Lesotho en la novena ronda de la Olimpiada.

Una noche antes de conocer a Alsuri cené con el ruso Ilya Merenzon, residente en Nueva York, director de Agon, la empresa que organiza el Campeonato del Mundo desde que compró los derechos a la Federación Internacional (FIDE) por un dólar. Esa sorprendente transacción y varios detalles más hacen que la imagen de Agon esté rodeada de cierto misterio, oscuridad y dudosa limpieza. Sin embargo, Merenzon tiene un discurso coherente, y parece muy sincero cuando explica su apuesta para adaptar el ajedrez todo lo posible a la tecnología del siglo XXI y convertirlo en un espectáculo internacional.

Por ejemplo, le pregunté si la inclusión del presidente de la FIDE, Kirsán Iliumyínov, en la lista negra de EEUU por su cooperación con el Gobierno de Siria no ha perjudicado mucho a Agon a la hora de buscar patrocinadores en EEUU: “Sí, claro, es obvio que no nos ha ayudado. Pero los patrocinadores han terminado llegando por otro lado y aún nos quedan algunos por anunciar”. Dado que era una charla informal, sin grabadora, no quise preguntarle si es una casualidad que el dueño del primer patrocinador anunciado (la empresa rusa Phosagro, de Andréi Guriev) sea muy próximo a Putin, o que el segundo (AE Investors Capital) trabaje sobre todo en el mercado ruso, porque estoy convencido de que le estaría obligando a ocultarme la verdad.

Ilya Merenzon, presidente de Agon
Ilya Merenzon, presidente de Agon

Pero hay otro asunto al que llevo meses dando vueltas, y no me resisto: ¿Sigue Iliumyínov teniendo acciones de Agon? Si fuera así habría un gran riesgo de que el Departamento del Tesoro de EEUU cancelase el Mundial: “Nunca las tuvo. Es verdad que el primer propietario de Agon, Andrew Paulson, se las ofreció, y de hecho alguien filtró a la prensa ese borrador de contrato. Pero cuando Makrópulos [presidente adjunto de la FIDE] lo vio, se negó en redondo a esa operación, que fue cancelada. Más tarde, Paulson se retiró de la empresa, yo quedé al mando y puedo asegurar que Iliumyínov no tiene acciones. Uno de nuestros proyectos para 2017 es registrar Agon bajo la ley inglesa, que es una de las más transparentes del mundo en este sentido, para que todo quede absolutamente claro”.

También hablamos de la pelea de Agon con algunos portales de ajedrez a quienes ha demandado judicialmente bajo la acusación de piratear la retransmisión en directo de las jugadas del Torneo de Candidatos, el pasado marzo en Moscú. Y de la gran novedad del Mundial de Nueva York: retransmitir las partidas en 3D, de tal modo que los aficionados de cualquier lugar del mundo podrán ver a los jugadores casi tan bien como si estuvieran en Manhattan.

De Bakú a Nueva York en jaque

De todo ello, y mucho más, escribiré con detalle desde Nueva York entre el 11 de noviembre y el 1 de diciembre. Por supuesto, la prioridad será informar sobre las (esperemos) apasionantes partidas entre Magnus Carlsen y Serguéi Kariakin. Pero el duelo será una magnífica excusa para seguir hablando de los infinitos temas de interés conectados con el ajedrez. Eso sí, desde una perspectiva muy distinta si la comparamos con la de la Olimpiada, con 2.500 personas de unos 180 países. Ahora habrá básicamente dos, pero muy excepcionales.

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